miércoles, 14 de abril de 2010

Grandes problemáticas de nuestro tiempo, Parte I: Las armas químicas a través de la historia

INTRODUCCIÓN

Las armas químicas adquirieron notoriedad reciente a raíz de su empleo por las fuerzas iraquíes para contener una ofensiva iraní en la guerra que ambos países libraron entre 1980 y 1988. Pero este episodio no hizo más que actualizar un problema que es más antiguo de lo que generalmente se cree.

Estas líneas no son más que una breve introducción y un recordatorio de un problema sumamente complejo y por cierto multidisciplinario. El objetivo que pretendemos alcanzar y que nos anima, es el de generar un material que sea accesible y extremadamente claro para el común de la gente.

Por razones de tipo práctico, dividiremos nuestras reflexiones en tres partes: (I) Las armas químicas a través de la historia; (II) Una visión general de los agentes químicos de guerra; y (III) Evolución de los instrumentos jurídicos de desarme.


LAS ARMAS QUÍMICAS A TRAVÉS DE LA HISTORIA, UNA VISIÓN GENERAL

Ya en el año 600 a.C., el legislador de Atenas Solón, ordenó contaminar las aguas del río Pleistenes, para provocar violentas diarreas a los defensores de Kirrha y forzar así su rendición. Durante la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), los espartanos emplearon productos arsenicales y dióxido de azufre en el sitio de Platea.

Dentro del mismo esquema de armas no convencionales, puede inscribirse la victoria naval de Aníbal en la batalla de Eurymedón sobre el rey Eumenes de Pergamon, donde se lanzó sobre los navíos recipientes de arcilla conteniendo serpientes venenosas.

También los romanos deben figurar en esta breve enumeración, ya que en el 187 a.C., sus efectivos fueron rechazados por humos tóxicos dispersados por los habitantes de la sitiada ciudad de Ambrasia y, a su vez, las legiones romanas emplearon humos tóxicos en España en el siglo I a.C., ocasionando al enemigo ceguera y problemas pulmonares.

Mucho tiempo después, en 673 d.C., los griegos de Bizancio emplearon el "fuego griego" en el sitio de Constantinopla. Se dice que fue inventado por Calinicus (o Calínico) de Heliópolis, que constituye el antecesor del lanzallamas; este medio permaneció en uso hasta el siglo XVI.

Y ya en la Edad Media los episodios se repiten. En 1155 el káiser Federico Barbarrosa conquistó la ciudad de Tortona (Italia), envenenando el suministro de agua de la misma. La ciudad de Acre fue destruida con "fuego griego" en 1289. Y hacia mediados del siglo XVII, fueron manufacturadas bombas incendiarias siguiendo diseños de Leonardo da Vinci, Gottfried Leibnitz, y Johann Rudolf Glauber.

En 1672 el obispo de Münster empleó productos arsenicales contra la ciudad de Gröningen, y en 1701 Carlos XII de Suecia utilizó una cortina de humo especialmente manufacturada ("niebla artificial"), para forzar el cruce del río Duma contra los rusos.

Por su parte Napoleón Bonaparte intentó provocar fiebre en los habitantes de Mantua durante su campaña italiana, a fines del siglo XVIII.

En 1812, el capitán británico Thomas Cochrane concibió la idea de emplear armas químicas en la Guerra Napoleónica, pero un comité encabezado por el duque de York la desechó por considerarla excesivamente novedosa. Sin embargo, el mismo Cochrane en 1846, presentó una nueva idea que involucraba el uso de recipientes conteniendo productos arsenicales mezclados con un líquido autoinflamable, pero el comité, encabezado ahora por el duque de Wellington, nuevamente se pronunció en forma negativa, esta vez porque "no estaba de acuerdo con los sentimientos y principios de la guerra civilizada".

Hacia 1822 fue sintetizado lo que podría denominarse primer arma química moderna: el "gas de mostaza". Se trataba de un agente vesicante cuya aplicación con fines bélicos se apreció de inmediato, pero la tecnología de la época no permitió producir ni almacenar el producto con mínimas condiciones de seguridad, en las cantidades requeridas para la acción militar.

Por otra parte, en la época desde hacía tiempo se sabía que gases como el cloro, el dióxido de azufre, y el cianuro de hidrógeno, perfectamente podrían ser empleados con fines bélicos, aunque en ese entonces existían limitaciones tecnológicas para su producción y almacenamiento, en gran escala y en condiciones adecuadas de seguriudad.

En agosto de 1914 y durante la Primera Guerra Mundial, tropas francesas utilizaron sulfato de orto-dianisidina, un agente lacrimógeno, contra efectivos alemanes. Los resultados no fueron significativos, pero los alemanes tomaron nota del hecho, y el 22 de abril de 1915, desencadenaron la primera ofensica en gran escala con armas químicas. En dicha oportunidad fuerzas alemanas liberaron sobre posiciones aliadas en la localidad belga de Ypres, más de 150 toneladas de cloro, con resultados devastadores.

Desde entonces, varios agentes químicos fueron usados ampliamente durante todo el conflicto y, únicamente como consecuencia de los efectos agudos de esos productos, la Primera Guerra Mundial cobró más de 100.000 vidas, y dejó más de un millón de afectados, cuyas secuelas se prolongaron por años.

Las crisis que precedieron al estallido de la Segunda Guerra Mundial, presenciaron el empleo de agentes químicos contra poblaciones civiles desprotegidas en Extremo Oriente y en Abisinia.

En la década de 1930, el conglomerado alemán IG Farbenindustrie, realizaba investigaciones en busca de nuevos insecticidas. Un grupo de químicos encabezados por Gerhard Schrader, centró su atención en unos compuestos organofosforados que parecían promisorios, pero sin embargo, su elevadísima toxicidad, no hacía posible el empleo como insecticidas. Así nació el primer “gas nervioso”, el tabún, en 1937.


Luego siguieron el sarín, así como el somán y sus derivados. Las autoridades nazis de la época inmediatamente apreciaron sus aplicaciones militares, y se construyó una planta piloto en Münster-Lager, y luego otra de gran capacidad en Dühernfurt o Dyhernfurth (actualmente Brzeg Dolny), cerca de Breslau (ahora territorio polaco).

Los nazis tuvieron el monopolio de los gases nerviosos durante la Segunda Guerra Mundial, pero nunca los emplearon, al parecer porque no estaban en condiciones de implementar medidas defensivas adecuadas, frente a una eventual réplica aliada.

Los nazis estimaban, erróneamente, que los aliados poseían capacidad de respuesta química, pero las investigaciones, si bien existían, aún no permitían alcanzar el punto de concreción.


En la década de 1950 se desarrolló el VX y las armas binarias, más seguras de almacenar, y que permitían eludir las cláusulas del Protocolo de Ginebra, único instrumento jurídico disponible por entonces.

Los agentes neurotóxicos fueron utilizados en muy raras ocasiones, entre las que pueden mencionarse, el empleo de tabún por parte del gobierno de Irak contra la población kurda del propio país, y los atentados terroristas con sarín perpetrados en Matsumoto y Tokyo en 1994 y 1995 respectivamente.


Durante la Guerra Fría fue denunciado el empleo de agentes químicos en diversas partes de Asia tales como Yemen, Vietnam, Laos, Camboya, y Afganistán. La Primera Guerra del Golfo (1980-1988) sólo fue la última expresión de un fenómeno que comenzó hace 2600 años.

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