miércoles, 28 de abril de 2010

Dos destacados adelantados para la época: John Maynard Keynes y Ernst Friedrich Schumacher


El desierto y la página en blanco son dos espacios clave en la escritura de Edmond Jabès, donde el perceptible silencio y el indeleble vocablo asumen un lugar central muy preponderante. En efecto, el desierto, símbolo del lugar donde puede ser escuchada y recibida la Palabra en un estado puro y reflexivo, y la página en blanco, lugar donde esa Palabra puede ser congelada y posteriormente leída y asimilada.

IDEAS PRELIMINARES

Es absolutamente evidente que el actual sistema financiero internacional no da para más, por los desequilibrios e injusticias que induce, por los efectos nefastos que tiene para algunos países y para ciertos grupos poblacionales, y también por cierto en el aspecto diseño, por las notorias asimetrías que plantea, que son reveladoras de fallas precisamente en la propia arquitectura del sistema.

En este artículo nos enfocaremos en las propuestas oportunamente concebidas por dos grandes de la economía, John Keynes y Ernst Schumacher, y particularmente de este último que sin duda es menos conocido, y que por cierto daba una importancia especial al sistema educativo.

Si en realidad queremos proponer un muy buen plan de recambio para la arquitectura económica internacional, por cierto debemos primero que nada estudiar en profundidad y detalle las propuestas y los escritos de los grandes pensadores de la economía.

A pesar del paso del tiempo, ellos aún pueden darnos lecciones, ellos aún pueden ser una guía así como motivo de inspiración.


LA PROPUESTA DE ERNST SCHUMACHER

Un muy interesante estudio concerniente un eventual sistema multilateral de pagos aplicable cuando terminase la Segunda Guerra Mundial, fue elaborado en 1942 por Ernst Friedrich Schumacher para la Universidad de Oxford.

En realidad, más que una propuesta concreta para el ordenamiento del comercio y de los intercambios en la posguerra, el documento elaborado se orienta a teorizar sobre la viabilidad funcional de un mecanismo como el aludido, con el objetivo trascendente que se revelara conveniente para todos los países fuere cual fuere su particular estadio de desarrollo, porque por encima de todo dicho mecanismo se orientaría en su esquema general a impulsar un comercio internacional equilibrado y racional, evitando las consecuencias perjudiciales de un sistema muy basado en intercambios y acuerdos bilaterales, y conviviendo además con eventuales importantes desequilibrios.


La posibilidad de funcionamiento de un sistema centralizado de pagos era evidente en aquella época, ya que Alemania había establecido un mecanismo de compensaciones (de “clearing”) centralizado en Berlín, a través del cual se compensaban de un modo bastante armonioso las deudas y los créditos de los distintos países participantes.

El “clearing” berlinés sólo tenía un inconveniente; estaba basado en una política de imposición, ya que el mecanismo había sido implantado a la fuerza por una Alemania muy poderosa a países más débiles.

Entonces, perfectamente era válido cuestionarse si un mecanismo de este tipo podría ser adoptado por un grupo de países que libremente decidieran o no adherirse al mismo.

Obviamente Schumacher responde afirmativamente a ese planteamiento, y explica cuál podría ser el posible funcionamiento operativo de un tal sistema.

El economista alemán finalmente propone establecer un Fondo Nacional de Clearing en cada país para que se encargara de la operativa detallada, y una Oficina Internacional de Compensaciones como simple fideicomisario de los débitos y créditos que no puedan ser compensados en un período dado.

Los importadores ingresarían en cada Oficina Nacional de Compensación el contravalor de las importaciones a realizar en dinero corriente, y los exportadores recibirían el contravalor de las exportaciones en una primera instancia en forma de un documento. Todas estas operaciones serían valuadas en moneda nacional, no existiendo allí por tanto movimiento alguno de divisas extranjeras.

Las equivalencias entre distintas monedas se llevarían a cabo a los tipos de cambio previamente establecidos, a semejanza de lo que ocurre en el “clearing” bilateral, pero englobando ahora a todos los países miembros, siendo el resultado unos saldos netos acreedores o deudores.

Obviamente, cuando un país equilibrara bien sus créditos y débitos, al Fondo Nacional de Clearing correspondiente no se le plantearían problemas de especie alguna, pues esa caja recibiría de los importadores de bienes y servicios, los ingresos necesarios para hacer frente a los pagos a hacer a los exportadores. Pero naturalmente, en el momento que exista un desequilibrio importante y permanente, surgiría el problema. Si el país exportara más de lo que importara, la liquidez de la caja del Fondo Nacional de Clearing sería excesiva, y si ocurriera la inversa faltaría dinero que habría de ser cubierto de alguna forma, con emisión, con endeudamiento, etcétera.


Schumacher no propone ningún mecanismo basado en el principio de dilación de los pagos, tal vez por temor a que así se acumularan tensiones que en algún momento pudieran hacer eclosión. Por otra parte, las dilaciones en los pagos reducen el incentivo de los exportadores y/o les obligan a buscar financiación por distintas vías, lo que bien puede tener consecuencias negativas en el comercio a nivel global. Solamente podría ser válido atender de alguna forma un desequilibrio temporal de corto plazo, debido a meros retrasos coyunturales entre ingresos y desembolsos.

Excesivas dilaciones en los pagos, obviamente no alientan el comercio y los intercambios sino todo lo contrario. Claro, en principio podría estar previsto el mecanismo del retardo de los pagos como mero procedimiento a aplicar en un momento de excepción, pero no para que tenga real incidencia regular. La adopción de un efectivo procedimiento de esta naturaleza dentro de un mecanismo internacional de pagos, hubiera sido un retroceso, especialmente en los tiempos de posguerra, momento que era de esperar gran necesidad de un comercio importante, junto a insuficiencia de créditos entre otras cosas por insuficiencia de ahorros.

En definitiva, el sistema propuesto por E F Schumacher hace recaer la financiación del crédito internacional en los distintos Bancos Centrales Nacionales. Y el autor de la propuesta se muestra totalmente ortodoxo en esta materia; la financiación que ha de soportar un determinado país, se realizará principalmente a través de la emisión de Deuda Pública, con lo que en definitiva la misma recae sobre los fondos de ahorro de los residentes, y/o sobre fondos externos ociosos de ahorro o de otro tipo. Por otra parte, un eventual excedente acumulado en el correspondiente fondo nacional, debería aplicarse principalmente a la amortización de títulos de deuda que pudieran existir en el mercado, o eventualmente dejando estos recursos como reserva, así planteando una política bastante conservadora.

El funcionamiento de este sistema multilateral bajo el punto de vista externo, se implementaría en forma sumamente sencilla, pues los países deberían de aceptar cualquier tipo de compensación verificada con saldos acreedores y deudores. Simples deudas o créditos bilaterales no darían lugar a saldos liquidables. Este tipo de liquidaciones sólo se producirían en la medida en que existiera un déficit o superávit neto en el total del comercio entre los países ligados por este sistema.


Aunque el sistema de compensación multilateral que acaba de ser presentado funcionara de una forma casi automática y muy regulada, el autor opinaba que sería necesario crear un mecanismo internacional que le diera al proceso su forma legal apropiada. Ese era el rol a cumplir que se asignaba a la Oficina Internacional del Clearing, de la que serían deudores todos los países con déficit. De esta forma, con este inteligente encare, se suavizaban los aspectos bilaterales que podrían eventualmente dar lugar a enojosos enfrentamientos y molestas presiones.

Según la concepción de Ernst Friedrich Schumacher, el funcionamiento de la citada Oficina Internacional de Compensaciones no exigiría la creación de una concreta moneda internacional (o mecanismo equivalente). Simplemente existirían países acreedores cuyo crédito global sería de la misma cuantía que las deudas sumadas de los países deudores. El sistema en su esencia funcionaría así sobre una base multilateral, y ningún país tendría preferencia especial por exportar o importar a otro determinado, ya que, caso de alcanzar una posición final positiva, se constituiría en copropietario de un derecho frente a todos los deudores. Las deudas de país a país serían así sustituidas por la deuda global de todos los deudores frente a todos los acreedores. Y el punto de conexión entre ambos grupos sería la referida Oficina Internacional de Clearing.

Todo el mecanismo anteriormente descrito descansa sobre la existencia de crédito internacional. Éste debía ser concedido por unos países a otros y, necesariamente, había que poner ciertos límites a su utilización para que no pudiera llegarse a coyunturas inconvenientes. En este sentido, Schumacher teoriza sobre dos soluciones alternativas: (a) Fijar la cantidad máxima de crédito que pueda dar cada país, o bien (b) Poner un determinado tope a la posición deudora de cada nación. Obviamente, la operativa resultante en uno u otro caso sería distinta, y los efectos muy variables según situaciones puntuales que eventualmente pudieran plantearse. Después de ciertos análisis, E F Schumacher se inclina por la fijación de un límite de endeudamiento para cada país, argumentando que un sistema de esta naturaleza plantearía probablemente menos dificultades para el comercio internacional, a la vez que no impediría que países muy ricos e innovadores pudieran construir un exceso de crédito precisamente basado en sus riquezas naturales y en el trabajo de su gente.

Muy posiblemente Schumacher se dio perfecta cuenta de las limitaciones del sistema que estaba proponiendo. Sus efectos no habrían de ser por cierto maravillosos e impolutos, pero los inconvenientes introducidos por una prevalencia del bilateralismo en el comercio internacional así como de un eventual exagerado proteccionismo, opacaban por cierto las posibles falencias de los mecanismos alternativos. El sistema que se proponía requeriría por cierto aceptación política y acuerdos internacionales, pero las conveniencias que eventualmente podrían lograrse en el mediano y largo plazo, al menos impulsaban a calmada y prudentemente experimentar con este nuevo sistema.

Claro, si los países deudores tuvieran un peso excesivo, por cierto competirían entre sí respecto de los créditos que otros países estarían dispuestos a otorgar, y al revés, si los países deudores tuvieran un peso bastante marginal, los países con excedentes competirían con avidez por este botín, en cuyo caso parecería más sabio limitar de alguna manera los créditos que cada nación pudiera otorgar.

Pero el fallo fundamental de la propuesta de Ernst Friedrich Schumacher en su contexto histórico, seguramente radicaba en que no se tomaban en cuenta las posibilidades reales de las estructuras productivas de cada región y de cada nación. La guerra obviamente estaba destruyendo en forma diferenciada, afectando en desigual manera tanto a beligerantes como a países neutrales, y por otra parte era también previsible que los más involucrados con el conflicto salieran en la partida con posiciones muy deudoras.

Sin duda el sistema propuesto por Schumacher no debe ser juzgado por su posible acomodo a su realidad histórica, sino por su diseño teórico, del que deberíamos aprovecharnos en este inicio del siglo XXI, momento en el que la informática y las redes digitales de transmisión de datos dan por cierto nuevas e interesantes posibilidades.

Ernst F Schumacher establece cómo eventualmente podría funcionar un sistema de “clearing” multilateral, mediante un esquema de funcionamiento muy normalizado y simple, muy desligado del oro y de los metales y de los precios de las materias primas, y además abriendo las puertas a que los intereses por deudas no beneficiaran directamente a los circunstanciales otorgantes de créditos derivados de los intercambios internacionales.


REFORMA DEL ACTUAL SISTEMA ECONÓMICO-FINANCIERO MUNDIAL

Con toda evidencia el actual sistema financiero internacional funciona mal, y deberá ser repensado y reformado a la brevedad posible. La cuestión, la gran interrogante, es cómo llevar adelante esta propuesta vistos algunos inconvenientes de tipo técnico, a la vez de las muchas reticencias políticas que seguramente plantearán los países que hoy día se benefician del actual sistema, que no son otros que los actuales países centrales.

Bien, el mensaje que de alguna manera deseamos transmitir aquí, es el de volver las miradas hacia los grandes pensadores del siglo XX y hacia las propuestas que ellos hicieron; estamos particularmente aludiendo a John Maynard Keynes y a Ernst Friedrich Schumacher, y naturalmente también a James Tobin.

Con toda certeza, las propuestas de estos grandes economistas deberán ser consideradas solamente como el núcleo básico del sistema, ya que los cambios producidos en las situaciones de los países y en los desarrollos tecnológicos, hacen necesarios y aconsejables algunos ajustes. Por otra parte, al núcleo básico naturalmente podrán añadirse aditamentos de diversa especie, para hacer más eficiente el conjunto y más adaptado a las necesidades productivas y sociales de nuestra época.


¿Y en estilo telegráfico, cuál sería nuestra propuesta concreta?

Obviamente, en el mediano y largo plazo no será posible sostener el grado de consumo promedio de los países más desarrollados del planeta, y mucho menos extender estos beneficios a otras regiones y a otros grupos poblacionales.

No es posible asegurar sin límite altas tasas de crecimiento económico en un planeta finito, y además con una población humana en crecimiento y sin adecuada implantación de un sistema de planificación familiar a nivel global, y además teniendo en cuenta los grandes desequilibrios que se presentan, o sea existencia de grupos poblacionales unos que tienen gran consumo per cápita y otros en situación de pobreza o de indigencia, a la par que también se observan grandes diferencias en el propio crecimiento demográfico. En este contexto no es posible asegurar mínimamente racionalidad y equidad social, sin un cambio sustantivo en nuestro sistema internacional de intercambios, sin una reforma profunda del sistema financiero internacional y del comercio internacional.


¿Qué podemos hacer, qué debemos hacer, cuáles deberán ser nuestros grandes objetivos?

Obviamente es indispensable impulsar algún tipo de regulación de la población a nivel mundial, a nivel global. Además, será muy necesario que en alguna medida se equilibren los consumos per cápita de los distintos grupos poblacionales, así como equilibrar también los intercambios globales según las distintas regiones geográficas y según los distintos países. Se deberán llevar adelante tanto convenientes cambios paradigmáticos y conceptuales que guíen convenientemente las políticas económicas y el accionar de los agentes económicos, así como importantes reformas estructurales e institucionales.


¿Cómo podremos concretar estos anhelos sobre bases firmes y con procedimientos realistas?

Lo que en principio más resalta de nuestra particular propuesta, es la combinación armoniosa de buenas ideas antes ya expresadas y promovidas por pensadores e instituciones de bien público.

Por un lado la implantación de una verdadera moneda internacional similar al bancor propuesto por Lord John Maynard Keynes.

Por otro lado la sustitución a nivel de la economía internacional, del interés compensatorio por una tasa de regulación aplicada tanto a saldos deudores como acreedores, siguiendo así los pasos de lo oportunamente sugerido por Lord John Maynard Keynes y por James Tobin, y en alguna medida admitido indirectamente también por Ernst Friedrich Schumacher.

Por otro lado cambiar la naturaleza y la base del dinero, tendiendo al uso de moneda escritural, sin base material, y con facilidades para el seguimiento de largas cadenas de pago, idea ésta que se deriva del proyecto social de Agustí Chalaux de Subirá y de su propuesta de moneda telemática.

Por otro lado impulsar los objetivos de consumo y de una nueva relación de equilibrio con la naturaleza, según el enfoque sugerido y propulsado por el Movimiento Decrecimiento.

Por otro lado promover importantes reformas estructurales en el ordenamiento jurídico, de manera de facilitar la concreción de pruebas, de forma de agilitar resoluciones, y de forma de implantar un más estricto sistema de premios y castigos con respaldo judicial (incluyendo los de índole económica).

Agilitar y renovar también de una manera novedosa, toda la base operativa de nuestras relaciones de intercambio, pasando a usar contratos digitales, concretando cumplimientos contractuales y fiscales en forma por demás ágil, muy automatizada, y en buena medida compulsiva, y defendiendo a la sociedad de una manera efectiva y práctica, de desvíos tales como el narcotráfico, el contrabando, la especulación, las ilegalidades y los sobornos, el tráfico de influencias y las contrataciones complacientes, las estafas, los robos y los copamientos, las irregularidades e injusticias en el ámbito de la seguridad social, etcétera, etcétera.

Por otro lado y según el avance de las reformas y las situaciones de coyuntura, adicionalmente ir implementando mejoras sustantivas en el ordenamiento socio-comercial, tales como (a) la ya citada contratación digital, (b) también el cumplimiento automatizado o semi-automatizado de obligaciones contractuales y de obligaciones fiscales (liquidación tributaria automática y recaudación muy automatizada y en buena medida compulsiva, así como pagos contractuales automatizados y compulsivos), (c) la administración digital semi-automatizada en el ámbito empresario y de las organizaciones, y aún en el ámbito familiar, (d) el mejoramiento sustantivo en la transparencia en cuanto al manejo y a la asignación de recursos, (e) el combate frontal a los ilícitos por medio sustantivo de un esclarecimiento de los manejos monetarios, etcétera.

Y por último y no menos importante, aplicar una muy profunda reforma del sistema bancario, de manera tal que esta institucionalidad pueda funcionar con mucho menos personal y con un uso intensivo de las tecnologías de la información y de la comunicación (TICs), y por cierto, armonizando su accionar con la apropiación por parte de los Estados tanto de la emisión monetaria como de la creación del dinero bancario.

¿Cómo viabilizar una propuesta de este tipo, en un mundo tan dividido y tan complejo, y con posiciones políticas tan discordantes y aparentemente irreconciliables?

En mérito a ser realistas, debemos esperar que una propuesta como la recién esbozada sea rechazada de plano por EEUU así como muy posiblemente también al menos por algunos gobiernos europeos, por lo que no hay otra que comenzar el cambio de sistema en base a un reducido número de países, dejando abierta la puerta a la ampliación progresiva de este grupo inicial. En nuestra opinión personal, las grandes ventajas y eficiencias que se derivan de la propuesta recién presentada, con el correr del tiempo, provocará que el nuevo sistema progresivamente se amplíe, se generalice, y termine en los hechos por ser sustancialmente mundial.


LAS TEORÍAS ECONÓMICAS A VUELO DE PÁJARO


32/B Teorías Económicas


32/C Teoría Económica de John Maynard Keynes


No es posible asegurar mínimamente racionalidad y equidad social, sin un cambio sustantivo en nuestro sistema internacional de intercambios, sin una reforma profunda del sistema financiero internacional y del comercio internacional.

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