Mostrando entradas con la etiqueta Criminalística. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Criminalística. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de marzo de 2016

Antiguos crímenes emblemáticos que superaron la prueba del tiempo, y que aún nos enseñan algo y nos advierten

LOS LLAMADOS CRÍMENES DEL ASESINO DEL TORSO DEL TÁMESIS: UN ENIGMA VICTORIANO

¿Pudo un asesino en serie, aún más sádico que Jack el Destripador, coexistir con él y cometer sus atroces hazañas en similar tiempo y lugar?

Si así hubiese ocurrido, vale preguntarse porqué aquél pasó tan inadvertido y "sin pena ni gloria" en la historia del delito. No cabría descartar, a priori, que algunas de las presuntas víctimas de homicidio no fuesen más que piezas anatómicas birladas de salas de disección clínica, y arrojadas en el río Támesis y en otros puntos de la geografía británica por inescrupulosos guasones.

Tampoco correspondería obviar que en la mayoría de las encuestas judiciales, celebradas a raíz de esos abominables hallazgos, el jurado no emitió un veredicto de  "asesinato premeditado". Ello fue así dado que los médicos forenses no fueron capaces de establecer con convicción que se trataba de crímenes. Formuladas estas salvedades, nos referiremos a esos cuerpos desmembrados, cuyas inquietantes apariciones dieron origen a la hipótesis del "Descuartizador del Támesis" o del "Asesino de torsos del Támesis".

La sombra de ese presunto victimario se proyectó con ominosa fuerza por primera vez en mayo de 1887, en el pueblo del valle del río Támesis, localidad de Rainham. Dos trabajadores portuarios extrajeron de las aguas un paquete que guardaba el torso de una mujer. Estaba ausente la cabeza y una porción superior del pecho. Durante los meses de mayo y junio de ese año, partes de ese mismo cuerpo emergieron en distintas zonas de Londres.

Los médicos forenses consideraron que las mutilaciones denotaban algún grado de conocimiento anatómico, pero que el cadáver no había sido disecado para fines clínicos. En suma, avalaron la teoría de un homicidio. Los galenos no pudieron discernir la razón de la muerte ni acreditaron que un acto violento hubiese tenido lugar, por lo que el jurado convocado para la encuesta judicial no tuvo más remedio que regresar trayendo a la sala un ambiguo veredicto de "Found Dead" ("Encontrado Muerto").

La segunda eventual víctima de la serie de despojos humanos esparcidos en el río Támesis y sus aledaños fue advertida en setiembre de 1888, cuando cursaba su apogeo la cacería del exterminador de prostitutas de Whitechapel. El día 11 de aquel mes, un brazo femenino fue avistado flotando en el río en la región de Pimlico. A su vez, el 28 de setiembre de ese mismo año, otro brazo se encontró a la vera de la carretera de Lambeth.

Finalmente, el 2 de octubre de 1888 se descubrió el torso de una mujer al cual le faltaba la cabeza. Ese fragmento se ubicó en los terrenos de la obra de construcción del Nuevo Scotland Yard, y al suceso la prensa lo apodó el "Misterio de Whitehall", en honor al nombre de la calle donde se emplazaba dicho edificio.

Se llamó para estudiar los restos cadavéricos a varios forenses, entre ellos al doctor Thomas Bond (cf. Thomas Bond (autor del primer perfil criminal ; Doctor THOMAS BOND, un forense en la historia de Jack el Destripador ; THOMAS BOND, el forense del Destripador). Este profesional evaluó que, de tratarse de un crimen, el matador había justificado ostentar algún grado de conocimiento médico. En general, los cirujanos no pudieron dar con evidencia que dilucidase de qué forma había perecido la infortunada difunta.

El también forense Charles Alfred Hibbert (o Hebbert), ayudante de Bond, opinó que el brazo rescatado en el río pertenecía a aquel torso por la limpieza del corte asestado para separarlo del tronco y por el diámetro de las amputaciones que exhibía el cuerpo en dónde le fueron arrancados los miembros. Tras examinar los brazos, apuntó que: "Pensé que el brazo fue cortado por una persona que, si bien no era necesariamente un anatomista, sin duda sabía lo que estaba haciendo, pues conocía dónde estaban las articulaciones y daba muestras de que practicaba este tipo de cortes con bastante regularidad ".

La encuesta judicial subsiguiente se llevó a cabo el 8 de octubre bajo la presidencia del juez John Troutbeck, de Westminster.

Se convocó al estrado a Frederick Wildborn, primera persona en percatarse de los restos en el sótano del edificio. El testigo declaró que residía en el 17 de la Avenida Mansell, en Clapham Junction, y trabajaba de carpintero para la empresa 'Grover and Sons' en la obra de construcción de la Nueva Scotland Yard. Manifestó que a las 6 en punto de la mañana del 1º de octubre se dirigió a las bóvedas para recuperar herramientas que allí guardaba, y vio lo que le pareció un abrigo raído tirado en una esquina.

Ese sector estaba muy oscuro incluso en el medio del día, y no pudo dar con sus herramientas. Por la noche, a las 5.30, volvió a descender al escabroso reducto y notó que el paquete continuaba en el mismo sitio, aunque no despedía mal olor. Esta vez decidió avisar a otros dos obreros, quienes destrabaron las ligaduras del cordel que rodeaba aquel envoltorio de ajados periódicos. Ante la mirada atónita de los tres hombres emergió el repugnante contenido.

Se infiere a partir de éste, y de otros testimonios, que el individuo que transportó el torso hacia dónde fuera hallado necesariamente lo hizo sirviéndose de luz artificial, dadas las penumbras del lugar. El perímetro estaba protegido mediante vallas que dificultaban el acceso. Quedó claro que el bromista –si fuese un cuerpo robado de una sala de disección- o el criminal –si se tratara de un homicidio- corrió un enorme riesgo de ser visto y atrapado.

Al cabo del sumario el jurado, obviando los indicios de que estaban frente a un asesinato, de nuevo pronunció un veredicto de "Found Dead". Aunque en 1888 Jack el Destripador era la indiscutida "estrella criminal" -pues en apenas diez semanas de reinado había estremecido al Londres victoriano- al final de ese año el interés por sus fechorías principiaba a disminuir. Para junio de 1889 casi siete meses habían transcurrido sin un ataque que pudiera serle endilgado, y se alentaba la esperanza de que su sanguinario ciclo hubiese concluido.

Pero, en cuanto a los trozos de cuerpos diseminados en torno al Támesis, la siniestra retahíla recrudeció. En la mañana del 4 de junio, parte de un torso femenino se capturó de las aguas sobre la ribera de la localidad de Horselydown. Ese mismo día, en horas de la tarde, una pierna izquierda apareció debajo del puente Albert, en Chelsea. En la ulterior semana varios pedazos más de ese organismo fueron recobrados en las cercanías del río.

El influyente periódico Times de Londres, en su edición del 11 de junio de 1889, reprodujo un fúnebre resumen consignando que: "los restos humanos encontrados hasta ahora son los siguientes: Martes, pierna izquierda y muslo en Battersea, parte inferior del abdomen en Horselydown; jueves, el hígado cerca de Nine Elms, la parte superior del cuerpo en Battersea-Park, el cuello y los hombros en Battersea; viernes, el pie derecho y parte de esa pierna en Wandsworth, la pierna y el pie izquierdos en Limehouse, sábado, el brazo izquierdo y la mano en Bankside, las nalgas y la pelvis  en Battersea, en el muslo derecho en el Chelsea Embankment; y ayer, el brazo derecho y la mano en Bankside ".

Todos esos hallazgos originaron un sumario judicial que tuvo su inicio el 17 de junio del citado año. Según declaración de los profesionales forenses: "la división de las partes humanas demostró habilidad y método. Sin embargo, no se nota la destreza anatómica de un cirujano, sino más bien la sapiencia práctica de un carnicero o un desollador. Hay una gran similitud en la manera que se cortaron estos restos con los que fueron hallados en Rainham y en el nuevo edificio de la policía metropolitana en Whitehall".

Por su lado, el 5 de julio el Times de Londres abundó que: "es opinión de los médicos actuantes que las mujeres habían fallecido sólo 48 horas antes de que sus organismos fuesen troceados, y que los cadáveres resultaron diseccionados por una persona que debe haber tenido algún conocimiento sobre las articulaciones del cuerpo humano".

También esta vez, los cirujanos fueron incapaces de determinar la causa de la muerte. No obstante, ahora el jurado arribó a un veredicto de "asesinato cometido con premeditación contra alguna persona o personas desconocidas".

Al igual que aconteciera en las restantes emergencias, no se pudo ubicar la testa de la presunta asesinada; pero ahora su identidad fue establecida. Gracias a cicatrices de los brazos se identificó a la fallecida como Elizabeth Jackson, una prostituta que ejercía su oficio en Chelsea. Se trataba de una ramera muy pobre que carecía de hogar y a menudo dormía en el parque de Battersea. Había adoptado el hábito de colarse entre las roturas de las rejas circundantes cuando en la noche cerraban las puertas de aquel lugar público.

El perpetrador dejó una gran parte del torso en un sitio apartado del parque, lejos del acceso de la mayoría de los viandantes, y fue el jardinero quien se topó con esos despojos. Otra extremidad del cuerpo se localizó a corta distancia del anterior hallazgo, e iba envuelto en ropa vieja que portaba impreso el nombre "L. E. Fisher".

En la autopsia se constató que el útero estaba extirpado. El doctor Thomas Bond fue del parecer de que podría tratarse de un aborto mal practicado, con consecuencias fatales. El posterior fraccionamiento y dispersión de trozos del cadáver habría resultado, de acuerdo con esta conjetura, la infame tarea de un malogrado obstetra intentando ocultar las huellas de su delito.

Sea como fuere, conocer la identidad de la occisa, aunque resultó trascendente, no sirvió a la pesquisa policial pues en definitiva el caso quedó sin solucionar.

El 17 de julio de 1889 se perpetró en el este londinense el homicidio de la prostituta Alice McKenzie, del cual se sospechó que pudo ser faena del Destripador. La prensa se encargó de dar pábulo al temor de que el mutilador del East End irrumpía de nuevo. Todos los médicos intervinientes -excepto el doctor Thomas Bond- coincidieron en que aquel crimen no pertenecía al nefasto psicópata. Pero quien sí parecía haber retornado a sus andadas vesánicas era el "Descuartizador del Támesis" o el "Asesino del Torso de Támesis".

El 10 de septiembre, el agente de la policía metropolitana William Pennett cumplía su ronda a lo largo de la calle Pinchin, en Whitechapel, cuando dio con el torso de una mujer bajo un arco de ferrocarril. De igual manera que ocurrió con el caso de Alice McKenzie, este tétrico episodio produjo una frenética actividad en la policía del distrito. Pocos minutos después de descubrirse el cadáver el Comisionado de la Policía Metropolitana y numerosos detectives que habían participado en la investigación del caso Ripper se hicieron presente en la escena del presunto delito.

Oficialmente, los pesquisas incluyeron este eventual crimen en la categoría de los llamados "Asesinatos de Whitechapel" o "Muertes de Whitechapel", atento al distrito dónde apareció aquel cuerpo desmembrado.  Pero, más allá de la localización geográfica, ponderando el modus operandi empleado y otros factores, este hallazgo cabría catalogarlo dentro de la saga atribuible al homicida de torsos del río, quien aquí habría mutado de hábitat a la hora de agredir. Alternativamente, se manejó que los restos constituían material de estudio anatómico desechado por estudiantes de medicina. Pero aún los investigadores que creían estar frente a un asesinato aceptaron, siguiendo la opinión forense, que no era una faena de Jack, dada la disimilitud entre las mutilaciones que aquél infligía con la amputación que presentaba ese cadáver.

El especialista Michael Gordon propuso la teoría de que Jack the Ripper y quien por esas mismas fechas desmembraba cuerpos y los tiraba en las inmediaciones del Támesis, conformaron una misma persona y, además, también se atrevió a identificar al culpable que se ocultaba tras estos aberrantes procederes, y a quien sindicó como autor fue a Severin Klosowski alias GeorgeChapman, sin dar mayor importancia a la edad de este postulado sospechoso, ya que en efecto, el recién citado nació en 1865, y era apenas un niño de ocho años cuando comenzaron a verificarse los macabros hallazgos corporales de partes desmembradas de cuerpos humanos en la capital inglesa.

No obstante y en 1887, este sospechoso cifraba veintidós años, y podría sí haber sido un precoz desmembrador de mujeres así como un furibundo asesino de prostitutas. Que el citado supo asesinar féminas ya lo sabemos; pues acreditadamente ultimó a varias mediante envenenamiento. En apoyo de su teoría, el referido estudioso destacó que su sospechoso estuvo en Inglaterra durante los crímenes del Destripador y que habría regresado, luego de una estadía en el exterior, justo en el intervalo cuando ocurrieron las siniestras apariciones de cuerpos desmembrados en las cercanías del principal río británico.

Los misteriosos y sórdidos descubrimientos verificados en torno al Támesis contaron con un posible antecedente entre los años 1873 y 1874. El 5 de setiembre de 1873, una patrulla de la policía del río, próxima a la localidad de Battersea, recogió fuera del agua un fragmento del tronco de una mujer. Poco más tarde, se fueron recolectando otras partes del mismo cadáver, a saber: un pecho derecho en Nine Elms, una cabeza en Limehouse, el antebrazo izquierdo en Battersea, la pelvis en Woolwich; y así sucesivamente, hasta que se armó un cuerpo casi completo. Al igual que sucediera con el caso de Rainham en 1887, al cabo de ese mes se reportó casi a diario en los periódicos sobre las partes del cuerpo que se iban recuperando.

Nuestro tan nombrado doctor Thomas Bond, a la sazón Cirujano Jefe de la Policía Metropolitana, emprendió un encomiable y lóbrego trabajo y fue reconstruyendo el cadáver cosiendo una a una las piezas. Recomponer el rostro de la finada significó un enorme desafío, pues la nariz y la barbilla estaban desolladas, y a la cabeza le había sido arrancado el cuero cabelludo. La piel de la cara de la víctima fue equipada de la manera más natural posible en esas horribles circunstancias.

A pesar de que este pionero intento de reconstrucción forense se llevó a cabo con sumo "ingenio y habilidad"  -conforme a expresiones de los periódicos- el cuerpo sólo podría ser reconocido por aquellos que estaban más: "íntimamente familiarizados con las características físicas de la persona fallecida". La policía rechazó a muchos sujetos que se acercaron para saciar su morbo de contemplar el cuerpo destrozado. Entre éstos estaban "los comerciantes de horrores" que trataron de obtener un esbozo de los restos. Pero la policía obró con celo profesional, y únicamente a quienes se consideró con legítimas razones para ver los restos les fue exhibida una fotografía de los mismos.

Comentando aquellas lesiones, la revista médica The Lancet informó que: "Contrariamente a la opinión popular, el cuerpo no había sido troceado, pero era cierto que las articulaciones se han abierto con habilidad, y los huesos resultaron perfectamente desarticulados, incluso en las articulaciones complicadas del tobillo y el codo. A su vez, en la articulación de la cadera y del hombro los huesos fueron toscamente aserrados".

Dado que esta vez devenía notorio que había atrás una mano criminal, un veredicto de "asesinato con premeditación contra alguna persona o personas desconocidas" fue alcanzado por el jurado en la encuesta judicial. El gobierno ofreció una recompensa de doscientas libras, y un perdón gratuito para cualquier cómplice que denunciara al ejecutor. Pese a ello, jamás se supo la identidad de la víctima, no se practicaron aprehensiones, y el asunto quedó a fojas cero. En el mes de junio del siguiente año de 1874 el organismo descuartizado de una fémina se extrajo de las aguas del Támesis, en la región de Putney.

El rotativo News of the World del 14 de junio destacó que el cadáver carecía de cabeza y de extremidades, salvo una pierna, y que el torso fue trasladado a la morgue de Fulham. En ese ámbito, el cirujano forense E.C. Barnes manifestó que el cuerpo había sido dividido por su columna vertebral, y que se utilizó cal a fin de agilitar su descomposición antes de ser vertido en el agua. A despecho de parecer que se trataba de un homicidio, el jurado dictó un veredicto abierto.

Tal cual ocurriera en el incidente similar del año anterior, nunca se supo a quien pertenecían los fragmentos humanos, ni se capturó a sospechoso alguno.

Aunque lo supra relacionado es lo único que goza de apoyo documental respecto a estas secuencias de muertes con desmembramiento, cabe anotar que el ensayista Michael Gordon en su libro "The Thames Torso Murders of Victorian London" (2002), págs. 14-16, introdujo la posibilidad de que en noviembre del año 1886 se consumase el descuartizamiento de una prostituta en el pueblo francés de Montrouge, que podría haber constituido faena del mismo matador. La información en la cual se basó proviene, empero, de una fuente escasamente confiable, a saber: "las crónicas del crimen", atribuidas al Dr. Thomas Dutton,presunto experto forense británico citado por el escritor Donald McCormick, creador a su vez de "La identidad de Jack el Destripador" (1959).

De hecho, el enteléquico Dutton, en sus nunca editadas memorias, habría acusado a un "feldcher" (o sea, ayudante de cirujano) de origen ruso (o polaco) de haber estado residiendo desde 1885 a 1888 en Francia, y constituir el posible responsable de ese no registrado homicidio. Esta equívoca información la utiliza Gordon a fin de apuntalar su tesis de que el susodicho debió ser Severin Klosowski alias George Chapman; es decir: el candidato que este teórico postula a la identidad tanto de Jack el Destripador cuanto de "The Killer Thames Torso".

Dicha versión fue adoptada por la novelista Sarah Pinborough, quien en su thriller sobre el caso del Descuartizador del Támesis, editado en habla hispana bajo el rótulo de "El segundo asesino" (2013), comienza su narración recreando ese eventual crimen acaecido en Francia. El problema consiste en que los ripperólogos Stewart Evans y Keith Skinner en su libro "Jack el Destripador: Cartas desde el infierno", publicado en español en el año 2003, demostraron que Donald McCormick se inventó la existencia del médico Thomas Dutton para poder respaldar así, con pretendidas pruebas, sus hipótesis sobre la identidad de Jack the Ripper. Por ende, todo cuanto a este personaje fabricado se vincula deviene, como es obvio, falso y ficticio.

Galería de imágenes

Recreación contemporánea e ilustrativa sobre un hipotético asesino serial que además de matar, se ensaña y descuartiza los cadáveres que va generando


Proyecto de portada de una futura novela de terror del autor Gabriel Antonio Pombo



NOTA: El autor Gabriel Antonio Pombo se reserva todos los derechos (en especial los morales) respecto del texto y de las imágenes publicadas en el presente artículo, aunque si admite la reproducción total o parcial del texto citando fuente y autor. Una mayor apertura en cuanto al uso y en cuanto a la eventual modificación se admite respecto de las imágenes usadas en esta entrada, con la amplitud que suele aplicarse respecto del manejo de los archivos utilizados en artículos de Wikipedia o en entradas de WikiCommons o de cualquier otro proyecto wiki de la Fundación Wikimedia, dados los fines culturales y de difusión abierta de los citados proyectos digitales, y en particular admitiendo la licencia Creative Commons Atribución Compartir igual 3.0 o equivalente.

Enlaces externos recomendados

Título - El asesino del torso del Támesis: Un enigma victoriano
Sitio digital - AB & MP: Investigaciones paranormales
Enlace - http://abmp-investigaciones.blogspot.com.uy/2016/03/el-asesino-del-tamesis.html

jueves, 26 de marzo de 2015

Jack, el asesino psicópata


Tiempo ya ha pasado desde el sangriento año 1888 en Londres, y la leyenda sobre ese asesino serial continúa en la atención ciudadana y literaria

    El hombre que años después se convertiría en sospechoso de haber sido Jack el Destripador sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal cuando tañeron las campanadas de la cárcel de Sing Sing. Su hora final había sonado. Muy pronto los guardianes vendrían a buscarlo para conducirlo al patíbulo. Aunque alemán de nacimiento, y de fe católica, nunca había respetado los mandamientos cristianos, ni mucho menos, observado las palabras de las sagradas escrituras.

   Pero aquella alborada, mientras fenecía su última noche sobre la tierra, la había pasado en constricción, recibiendo el auxilio espiritual de dos sacerdotes. Humilde, se había arrodillado y vaciado su alma desahogándose ante los servidores del Señor. ¿Qué enormidades les había confesado? Los religiosos ahora tendrían que cargar para siempre con sus terribles confidencias en acatamiento del secreto de confesión. ¿O tal vez, ni siquiera ante éstos el reo había abierto en verdad su alma?

    Ya era bastante la culpa conocida por todos con la cual cargaba: el asesinato espantoso de una pobre viuda. Muerte a cuchillo, sin piedad. Ahora la justicia norteamericana que lo había atrapado no tendría conmiseración para con él. Los guardias ya lo sacaban a rastras de su celda rumbo a la cámara del horror. Se sentó en la silla eléctrica sin oponer resistencia. Se quitó los lentes entregándoselos a su sacerdote confesor preferido y le pidió que los guardase para que fueran enterrados con él.

    El padre Bruder se mantuvo bien cerca suyo mientras lo amarraban con las correas. Los asistentes pudieron ver muy claras las lágrimas en los ojos del siervo de Dios. El condenado le besó la mano. Luego, esbozando una forzada sonrisa cómplice, hizo un gesto amistoso hacia el verdugo: “Yo también he estado en el lugar en que tú estás ahora” parecía decirle.

   Y es que, después de todo, también él había sido verdugo de sus semejantes, y sin siquiera concederles un juicio previo justo, ni la menor posibilidad de defensa.

    Wardem Sage, el ejecutor pagado por el Estado, le agradeció el saludo y se puso presto a su tarea. Le ajustó los electrodos a la base del cráneo y en la pantorrilla de la pierna derecha. El médico de la prisión, doctor Irvine, se aproximó también. Chequeó de un vistazo la situación y dio media vuelta dirigiéndose a Mr. Davis, el carcelero encargado de aplicar la corriente eléctrica.

    Con un ademán adusto le indicó que procediera. El funcionario bajó la manivela y el primer impacto eléctrico atravesó por el cuerpo del ajusticiado. La corriente escaló a mil ochocientos veinte voltios. Eran las 11 y 16 minutos de la mañana del lunes 27 de abril de 1896. Tras treinta segundos, el voltaje descendió hasta los trescientos voltios. El circuito se apagó e, instantes después, volvió a encenderse atizando un segundo relámpago de otros mil ochocientos veinte voltios.

   Eran las 11 y 17 minutos. El penado estaba muerto. Calcinado y humeante en las zonas donde sufrió las descargas. Su rostro azulado delataba, sin dejar lugar a dudas, que la vida se le había escapado definitivamente. Pero debía seguirse con el rito fúnebre. Los forenses Irvine y Gibbs, hurgaron bajo la camisa del reo y palparon su pecho examinándolo con sus espectrómetros, tras lo cual con parcos movimientos de sus cabezas confirmaron el deceso.

   La menguada asistencia soltó la respiración trabajosamente contenida. A las 11 y 18 minutos, Carl Ferdinand Feigenbaum, el asesino psicópata, fue declarado clínicamente  muerto.

    La historia oficial, por su parte, registra la comisión de un único asesinato de segura autoría de este delincuente el cual –atento a su saña y gravedad– bastó para condenarlo a muerte.

    La viuda Juliana Hoffman contaba con cincuenta y seis años el 1º de setiembre de 1894, fecha en cuya madrugada moriría degollada. Por entonces vivía junto con su llamativamente joven hijo, de sólo dieciséis años, en una habitación precaria sita en la calle Sexta Oriente de la ciudad de Nueva York, en el segundo piso de un vetusto edificio en cuya planta baja se emplazaba un almacén.

   Una segunda muy modesta habitación de la cual eran inquilinos se la habían subarrendado a un alemán de cincuenta y cuatro años. El miércoles 29 de agosto dicho sujeto había acudido a la casa en respuesta al anuncio colocado en un periódico barrial donde se ofrecía en alquiler la pieza con muebles.

    –Es justo lo que andaba buscando. Me quedo con ella –anunció aquél, mientras le daba la espalda inspeccionando el cuarto–. Segundos más tarde, como si repentinamente hubiese recordado algo, volviéndose hacia ella añadió:

    –Eso en caso de que usted esté conforme con que yo sea su inquilino, por supuesto.

    – ¿Porqué no habría de estarlo? Usted parece ser un buen hombre. Y también le ha caído simpático a mi hijo cuando vino hoy por la mañana y yo no me encontraba. Si dispone del dinero que pido como adelanto la pieza es suya– repuso la interpelada.

    Aquella era una mujer de mediana estatura, ataviada para la ocasión lo más decorosamente que sus exiguos ingresos le permitían. Lucía su larga cabellera negra atada con un rodete, y en ella las canas que principiaban a aparecer enmarcaban una cara casi sin arrugas. Era un rostro más agraciado del que cabría esperar considerando su edad y las muchas fatigas que la vida le impusiera. También destacaba su cuello, el cual parecía más blanco, terso y esbelto que el resto de su cuerpo.

    Y ese cuello –más exactamente la garganta– cautivó la atención de su interlocutor, quien enfocó allí, durante un fugaz instante, una intensa y extraña mirada.

    –Gracias señora. Estoy contento por haberme puesto de acuerdo con usted tan rápidamente– afirmó el otro con tono deferente, al tiempo que extendía su diestra para que ella se la estrechara en gesto de aprobación. Aunque la palma era áspera, su mano poseía una delicadeza contrastante con la tosquedad de sus demás rasgos.

    El tipo con el cual Juliana acababa de cerrar el trato se había presentado como marinero sin ocupación actual. Dio la excusa de que al día siguiente comenzaría a trabajar de florista en una tienda local y que, merced a ese salario, podría hacer frente al pago del precio pactado, consistente en un dólar por semana más ocho centavos diarios a cambio del desayuno. No obstante, se apresuró a informar que traía consigo los dos dólares requeridos a fin de señar la habitación.

    Próximo a las 22 horas del viernes 31 de agosto de 1894 el flamante subarrendatario permanecía en su pieza, y con una oreja aplicada contra la pared divisoria aguardó, expectante, que se hiciera silencio del otro lado. En la habitación contigua, y sin recelar de las intenciones de su taimado huésped, dormía la señora en su cama instalada al costado de una de las ventanas, en tanto su hijo reposaba en un largo sillón. Ese improvisado lecho se ubicaba en el extremo opuesto y sobre el mismo se cernía una cerrada penumbra.

    A causa de la oscuridad fue que el inquilino, tras abrir furtivamente la puerta, no se percató que una segunda persona estaba dentro. Las dos noches anteriores había visto al chico escabullirse para penetrar en el apartamento de la criada del edificio, y dio por seguro que también esta vez aquél pernoctaría allí. Pero la sirvienta tenía marido, un viajante de comercio que precisamente retornó a su hogar ese día.

    El joven durmiente representó el único testigo ocular del homicidio. Se levantó sobresaltado a mitad de la noche al oír los gritos proferidos por su madre y vio al intruso reclinado sobre la cama de la mujer, la cual dificultosamente pugnaba por ponerse en pie y repeler la agresión. El atacante esgrimía un cuchillo en su mano derecha y ya había inferido una incisión en el cuello de la señora. Esa acometida no fue mortal, y seguramente la ejecutó el ofensor cuando su víctima permanecía dormida.

    El muchacho acudió en defensa de su progenitora y pateó al criminal, mientras éste permanecía de espaldas, haciéndolo trastabillar, intervención que le permitió a la agredida reincorporarse e intentar el escape.

    Feigenbaum dio media vuelta encarándose con el jovencito y lo amenazó blandiendo en alto el cuchillo sangrante, gesto que hizo a éste huir hacia la ventana, treparse a la cornisa y comenzar a gritar en dirección a la calle en demanda de socorro. Sus patéticos alaridos de ¡crimen!,¡policía! alertaron a vecinos y transeúntes, quienes empezaron a congregarse en el pórtico de ingreso del edificio.

     Empero, Juliana Hoffman se hallaba mal herida, y el agresor capitalizó su debilidad para seguir ofendiéndola encarnizadamente. Le hizo perder el equilibrio y se montó sobre ella inmovilizándola, luego de lo cual rasgó su garganta hasta herir la vena yugular con un profundo tajo propinado de izquierda a derecha en la base del cuello, frente a la impotente mirada de su hijo que continuaba encaramado sobre la cornisa reclamando desesperadamente auxilio.

    La ayuda llegó pronto pues, además de vecinos y curiosos, dos agentes de la comisaría local hicieron acto de presencia y persiguieron al prófugo mientras éste procuraba evadirse atravesando un corredor aledaño, con sus manos y su camisa manchadas de sangre.

    El delincuente comprendió que no podía salir por la entrada principal del edificio, que estaba atestada de gente, y optó por trepar al techo, quitándose el calzado para hacer mejor equilibrio. Desde allí se lanzó rumbo a un corredor que daba a la calle Sexta; pero su maniobra fue percibida y los policías lo interceptaron, reduciéndolo al cabo de una corta refriega. Lo trasladaron mediante la fuerza a la habitación del crimen, donde fue identificado por testigos que habían acudido en defensa de la moribunda.

    El detenido no se amilanó frente a las acusaciones. Por el contrario, de inmediato improvisó una coartada que –aunque increíble– mantuvo tercamente a lo largo de su ulterior enjuiciamiento penal. Pretextó a sus aprehensores que el asesino era un conocido suyo de apellido Weibel al cual por caridad había permitido pernoctar en su cuarto, puesto que el individuo le aseguró que no tenía donde quedarse.

    El pérfido acompañante esperó a que Carl se durmiese y se deslizó hacia la habitación de Mrs. Hoffman con el propósito de robarle. Al ser sorprendido por la señora comenzó a apuñalarla provocando sus agónicos gritos. Los ruidos lo despertaron y –según pretendió– se trabó valientemente en combate con el ladrón, aunque con escasa fortuna porque aquél era más robusto y lo dejó inconsciente de un duro golpe.

    Una vez repuesto, y al percibir el tremendo alboroto suscitado, creyó que lo irían a confundir con el homicida y entró en pánico. Por eso fue que escaló hasta el techo, y desde allí saltó con destino al corredor donde los policías lo aprehendieron. Justificó las secuelas hemáticas que impregnaban sus manos y su camisa como fruto del forcejeo con el tal Weibel, quien quedara ensangrentado a raíz de su salvaje ataque contra la mujer.

    En el escenario del atentado se hallaron evidencias materiales que incriminaban al presunto florista. Por ejemplo, en la habitación que rentaba se ubicó una vaina de tela azul para guardar cuchillos y una piedra de las que se usaban a fin de afilar herramientas cortantes.

    Pero, claro está, lo más lapidario a los efectos de condenarlo fueron los numerosos y armónicos testimonios oculares ofrecidos en su contra, así como el hecho de haber sido apresado en plena fuga con las manos y ropas ensangrentadas y, sobre todo, el dramático testimonio rendido entre sollozos por el adolescente hijo de la víctima.

    La razón del homicidio aducida por la acusación fiscal consistió en el hurto, pues Juliana Hoffman guardaba en su armario una modesta suma dentro de un libro de oraciones, y ese importe no se recuperó. No obstante, si el móvil fincaba en robar no se explica por qué motivo el supuesto caco portaba un recio cuchillo si –conforme se destacó en el proceso– el hombre sabía dónde se ocultaba ese dinero y el armario no estaba cerrado con llave.     Asimismo, si nada más quería hurtar no se justificaba que penetrara a la habitación sabiendo que allí se encontraba la señora, cuando hubiera resultado más seguro aguardar a que aquella se retirase y después entrar a cometer el latrocinio.

    Y lo que torna aún menos plausible la hipótesis del robo como explicación de ese crimen es la tan sañuda vesanía de la cual hizo gala el ultimador. En realidad, todo apunta a que se trató del clásico asesinato perpetrado por placer, o motivado en la compulsión de “matar por matar” que obsesiona a un victimario en cadena.

    A términos de la última centuria la idea de que podían operarse crímenes carentes de las razones tradicionales, como el lucro, la codicia, el odio o la venganza no gozaba de crédito, dado el estado incipiente por el cual atravesaba entonces la criminología.

    Durante su enjuiciamiento el homicida fue patrocinado por dos letrados que actuaron de oficio. Uno de ellos fue William Sandford Lawton, quien era socio de un bufete de abogados de Nueva York. Luego de fallecido en la silla eléctrica su patrocinado, Lawton concluyó que no tenía ya razones legales para seguir atado por su voto de confidencialidad y optó por hacer públicas unas declaraciones que le había formulado su asistido, así como por dar sus opiniones personales respecto de determinado escabroso tema.

    Ese asunto consistía en que el curial estaba persuadido de que su malogrado cliente no era otro más que el, ya por esas fechas célebre y tétrico, desmembrador de prostitutas de Whitechapel, Inglaterra.

    En el curso de los dos años que mediaron entre la detención del matador de Mrs. Hoffman y su ejecución, defensor y defendido sostuvieron muchas conversaciones y llegaron a construir una cordial relación. Debido a ello, el preso le habría confiado a Lawton que periódicamente se veía poseído por una enfermedad pasional totalmente absorbente que se apoderaba de él en forma irrefrenable, al extremo tal de que sólo podía satisfacer su ardiente amor hacia las mujeres matando y mutilando a una de éstas.

    En declaraciones a la prensa norteamericana, el abogado manifestó que el impacto ocasionado por esa confidencia fue tan poderoso que no supo qué camino debía tomar, y que enseguida le vino a la mente el recuerdo de las carnicerías consumadas por Jack el Destripador en Londres. Señaló que comenzó a indagar los movimientos del convicto, y se enteró que este hombre se hallaba presente en Wisconsin cuando se produjeron unos crímenes de mujeres en aquel estado.

    Otro de sus asertos residió en que al insinuarle a su asistido acerca de su posible participación en los homicidios del East End aquél se puso repentinamente muy serio, y le respondió: “El Señor es el responsable de mis actos y sólo ante él puedo confesarme”.

    Lawton insistió en que el tono empleado por su patrocinado implicó una clara confesión de culpa que lo dejó conmocionado, y lo determinó a cotejar las fechas de las mutilaciones victorianas con las actividades del penado. Dijo que, tras chequear esas fechas, le preguntó a aquél si había visitado Londres durante tales emergencias, a lo cual su representado contestó en todos los casos que sí, y luego cayó en un profundo y sepulcral silencio. Igualmente, se habría interrogado al germano si disponía de conocimientos técnicos sobre cirugía y disección. En esta ocasión, según su abogado, el requerido: “Fingió una ignorancia que no era natural”.

    Esta actitud del reo indujo a Lawton a sostener:

    «El hombre era un diablo. El motivo de sus crímenes era un espantoso deseo de mutilar. Me juego mi reputación profesional que si la policía rastrea sus movimientos en los últimos años ello los conducirá a Inglaterra, Londres y Whitechapel. Ha estado viajando como marinero por toda Europa y estuvo en el tiempo de los crímenes en aquel país. A primera vista parecía un simplón, casi un imbécil, pero en realidad era un sujeto muy listo. Tenía medios propios como quedó demostrado por un testamento que hizo antes de morir, aunque siempre expresó que vivía en la mayor pobreza».

    También el fiscal de la causa, Vernon M. Davis, concordó con el parecer vertido por el defensor, agregando por su parte: “Si se probara que Feigenbaum fue Jack el Destripador ello no me sorprendería tanto, pues siempre lo consideré un tipo astuto, rodeado de mucho misterio, y nunca se supo bien sobre su verdadera vida”.

    De su astucia y su afán por despistar dio debida cuenta su comportamiento al cabo del juicio. Por ejemplo, declaró que era oriundo de Karsruhe, Alemania, aserto que fue contradicho por un testigo, quien aseguró que el reo le había comentado ser originario de una ciudad llamada Capitolheim. El encausado alegó haber hecho su arribo a los Estados Unidos en febrero de 1890. Esta información no fue ratificada y sólo se supo, con relativa certeza, que estuvo en este país luego de 1891.

    De acuerdo depuso otro testificante, el recluso le afirmó que era casado. También este dato queda en duda, puesto que no sólo no proporcionó detalles relativos a la existencia de su esposa sino que, al ser arrestado, se identificó frente a la policía como de estado civil soltero. Aseveró que su ocupación era de jardinero y que igual labor cumplía en Alemania. Trató en todo momento de ocultar que su actividad básica era la de marino mercante, aunque ciertas declaraciones suyas indirectamente avalan que esa resultaba su profesión. También escondió pormenores de su arribo y estancia en Norteamérica.

    Se limitó a contar que tras desembarcar en tierra estadounidense había residido en Orange County, California. Más tarde, ante preguntas directas que le formularon en la corte, admitió haber residido sucesivamente en las ciudades de Port Austin, Michigan, Sioux Falls, Dakota del Sur y Sioux Falls, Oregón.

    No quedó claro si esas interrogantes le fueron planteadas porque le habían sido requisados documentos donde se mencionaban dichas ciudades -lo cual hacía presumir que residió en ellas- o a los efectos de comprobar si estaba conectado con crímenes o ataques contra mujeres que hubieran sucedido en estos lugares. En general, se mostró reacio a informar donde estuvo afincado o qué clase de trabajos realizó.

    Lo más seguro fue que no entró al país de manera oficial, dado que en la Oficina de Migraciones no se ubicaron constancias del ingreso de ningún Carl Feigenbaum por aquellos días.

    Durante la investigación le fue detectada, dentro de la habitación que rentaba a su víctima, una caja conteniendo documentos varios. Entre éstos destacaba un manojo de cartas remitidas por una mujer de nombre Magdalena. El condenado pretendió que se trataba de epístolas que le mandaba una señora desde Europa para que él después las hiciera llegar a manos de un marino conocido suyo de nombre Anton Zahn, quien al tiempo de las remisiones carecía de domicilio fijo. Pero lo más factible es que las misivas fueran dirigidas a él mismo; extremo que indujo a pensar que ese debía ser su nombre verdadero y que Feigenbaum era un apellido falso.

    Sobre cuál conformaba su familia, al principio aseguró que vivía sólo en Estados Unidos y que tenía dos hermanos en Alemania, aun cuando luego se desdijo de esto último. Más adelante, se supo que tenía una hermana llamada Magdalena Strohband, y debió reconocer que las cartas se le habían enviado a él y no al pretendido Anton Zahn.

    Se especuló también que el sujeto podría haber escamoteado esos papeles con el fin de apropiarse de identidades ajenas.

    Por cuanto venimos relevando, aquel hombre era un mentiroso compulsivo y un manipulador nato, tal cual quedó patentizado por sus actitudes durante el proceso. Tales facetas pautan su personalidad definiéndolo como un psicópata criminal, en tanto esos rasgos devienen inherentes a este tipo de transgresores. En efecto, según señala el gran criminólogo Robert Ressler:

      «…Entre los criterios básicos para reconocer el comportamiento de un psicópata se encuentran la negación, la mentira continua y el intento permanente de manipulación. Es típico de la forma en que una personalidad psicopática lo niega absolutamente todo… el asesino trata de matizar para dar a cada detalle un giro que lo favorezca. Muchos asesinos en serie niegan su responsabilidad, creyendo que mientras sigan mintiendo podrán seguir con vida… »

    Aunque fue su abogado quien sugirió inicialmente la posibilidad de que este individuo hubiera sido Jack el Destripador, esta sospecha se diluyó con rapidez. Su otro letrado defensor no suscribió el mismo parecer lo cual –adicionado al hecho de que William Lawton falleció en 1897 tras suicidarse por causas desconocidas, dando cabida a pensar que era inestable– conllevó a que los periodistas y la gente pronto se olvidasen de Carl Feigenbaum.

viernes, 11 de julio de 2014

Historias de criminales seriales: Bela Kiss, el amante perverso


    ¿Cuántos son los maridos de tiempos antiguos o modernos que tras descubrir la infidelidad de su cónyuge toman venganza matando a terceras personas? Esto parecería que es llevar la ausencia de motivaciones lógicas a extremos demasiado absurdos.

    Pero toda regla tiene su excepción.

    Una de las muy escasas anécdotas que adquirieron truculenta resonancia en donde se adujo que el despecho de un esposo burlado fue la razón de una saga homicida se verificó en tierras de Hungría a principios del pasado siglo en el poblado de Czinkota, próximo a la capital Budapest, y tuvo por protagonista a un hojalatero de mediana edad llamado Bela Kiss.

    Dicho sujeto –de acuerdo se ha pretendido- fue un asesino enamorado a quien la ira producida por la infidelidad condujo al desquicio y lo transformó en un implacable segador de vidas. Además de matar a otras mujeres, este hombre no perdonó a su adúltera esposa, la cual se sumó a la lista de cadáveres femeninos que el cruel victimario fue dejando a su paso.

    Bela Kiss poseía una empresa metalúrgica que prosperó en el pequeño pueblo. Al afincarse en el mismo trajo consigo a su flamante esposa María, varios años menor que él. Muy rápidamente se ganó el aprecio de los habitantes por su carácter atento y servicial. En la amplia casa que arrendó empleó a dos criados que trabajaban durante el día y pernoctaban en sus propios domicilios por expreso pedido de su patrono.

    El comerciante solía pasar las tardes fuera de su hogar enfrascado en sus negocios, ausencias que eran aprovechadas por María quien recibía las visitas y atenciones de un apuesto artista itinerante de nombre Paul Bihari. Tanto los servidores como los vecinos detectaron la infidelidad –la muchacha al parecer era muy descuidada y dejaba las ventanas abiertas cuando practicaba sexo con su amante- y compadecidos por la situación decidieron poner al tanto al pobre esposo.

    Un grupo de notables del pueblo se dirigió hacia la mansión arrendada para comunicarle la triste noticia al marido engañado. Para su sorpresa, aquél los atendió con semblante sombrío. Invitó a los visitantes a sentarse en la sala de estar y les leyó una carta que su mujer le habría dejado. En ella la infiel le comunicaba su intención de abandonarlo para siempre y le pedía que no fuera a buscarla. Tras la lectura el anfitrión se derrumbó y prorrumpió en un llanto que dejó turbados a los visitantes, los cuales se pusieron a la tarea de darle ánimo.

    Bela Kiss pareció reponerse pronto de su desgracia. Contrató a una viuda de apellido Kalman como ama de llaves en sustitución de los anteriores criados. Con el dinero acumulado fabricó unos depósitos cilíndricos de gran porte que guardaba en su sótano. También comenzó a recibir visitas de jóvenes mujeres, en su mayoría atractivas. Las chicas pasaban la tarde recorriendo los jardines en compañía del maduro y caballeroso galán quien luego les mostraba las habitaciones y demás dependencias de la finca. En el momento oportuno, el ama de llaves servía el té, tras lo cual su patrono le solicitaba que se retirase y volviera días más tarde.

    Para desconsuelo de la viuda –la cual deseaba sinceramente que su amable empleador consiguiera al fin una nueva esposa- al retornar comprobaba que ninguna de aquellas jovencitas se había quedado a vivir con él.

    Estaba cercana la Primera Guerra Mundial, y el Condestable de Czinkota –cargo equivalente al de un Alcalde- se apersonó un día hasta el domicilio de Bela Kiss con quien había trabado amistad. Al aproximarse la inminente conflagración iban a ser necesarias ingentes cantidades de gasolina, y se rumoreaba que el hojalatero acumulaba muchos litros de aquel combustible dentro de unos barriles ocultos en su sótano.

    Con generosidad su amigo ofreció entregarle esos bidones con su valioso líquido para ser utilizados en beneficio de los pobladores cuando las circunstancias así lo exigieran. Acto seguido, destapó uno de los recipientes, y el jerarca pudo observar que rebozaba de gasolina. Antes de marcharse el Condestable agradeció efusivamente el gesto altruista y el sentido de previsión del cual Bela hiciera gala.

    Mientras el hombre proseguía con sus románticas citas, en los periódicos de Budapest se daba cuenta de la extraña desaparición de una serie de mujeres. La policía sospechó de un tal Hoffman aunque no pudieron echarle el guante.

    Al estallar la guerra fueron mermando los viajes que el comerciante emprendía a la capital, y las visitas femeninas que recibía. Promediando el año 1916, agotado ya el cupo para la conscripción de los ciudadanos más jóvenes, el ejército húngaro se vio forzado a enrolar a los más maduros y convocó a Kiss para alistarse.

    El hojalatero trató de eludir la leva pretextando que sufría del corazón, pero una revisión médica comprobó que mentía y lo reclutaron. A los pocos meses al poblado llegó la infausta noticia de que uno de sus más queridos y prominentes habitantes había perecido en el campo de batalla.

    El Condestable recordó la promesa de su amigo sobre poder disponer de la gasolina que guardaba en su casa. La situación era crítica y no había tiempo que perder. El principal del pueblo se encaminó hacia la mansión del presunto occiso acompañado por unos soldados y le pidió al ama de llaves que le franquease el ingreso. Los toneles pesaban extraordinariamente. Tanto era así que fue precisa la fuerza de dos milicianos para cargar a uno sólo de ellos. El jerarca local buscó una herramienta e hizo palanca para abrir la hermética tapa. Miró hacia dentro y le fue evidente que no contenía líquido alguno.

    ¿Por qué estaba tan pesado el tonel entonces? Observó con mayor detenimiento auxiliándose con la lumbre de una linterna. Entonces, mientras luchaba por controlar a su revuelto estómago, lo supo.

    Estaba viendo el desnudo cuerpo de una mujer relativamente bien conservado en alcohol. En torno a su cuello aún portaba enroscada la bufanda de seda mediante la cual la habían estrangulado. Los militares repitieron la operación de acarrear y destapar aquellos recipientes. De los siete toneles restantes únicamente uno de ellos contenía gasolina. Otros seis cadáveres en similar estado fueron extraídos de los respectivos barriles.

    Una vez que se dio parte a la policía de Budapest se comprobó que el supuesto Hoffman no era otro sino Bela Kiss, el cual se valía de dicho seudónimo. Se supo que el sujeto contactaba a las féminas a través de anuncios matrimoniales de los periódicos y que diecinueve de ellas respondieron sus mensajes. Después de averiguar la situación económica y familiar de las candidatas el seductor elegía a las presas más fáciles: aquellas que carecían de familiares o que él calculaba no serían echadas de menos.

    Aparte de los cuerpos hallados dentro de los bidones fueron localizados en el mismo recinto los cadáveres de María y de su amante. Los restos de otras seducidas aparecieron flotando en alcohol en el interior de sendos barriles ocultos en un almacén que el victimario arrendaba en un villorrio cercano a Czinkota.

    Durante ese período el verdugo de los toneles fue el prófugo más buscado por la policía, pues no se confiaba en el reporte de que había fallecido. La búsqueda pareció concluir cuando desde el frente de combate se avisó que el individuo efectivamente estaba muerto. Tiempo más adelante surgirían severas dudas porque el cuerpo que se creía era de Kiss pertenecía a un juvenil soldado de apenas veinte años, mientras que el matador rondaba los cincuenta. Se había tratado de un caso de usurpación de identidades. El criminal seguía desaparecido.

    Variados rumores llegaron pretendiendo develar el escondite del tránsfuga. El dato más firme procedió de la Legión Extranjera francesa donde un legionario aportó las señas de un compañero que había alardeado de haber hecho fortuna seduciendo y asesinando a mujeres ricas. Los rasgos coincidían, pero cuando la policía vino para aprehenderlo el sospechoso ya había puesto pies en polvorosa.

    También se alegó con insistencia que había escapado rumbo a Sudamérica donde su tono de piel moreno le permitía hacerse pasar por un oriundo. Pero lo cierto fue que jamás se supo nada más de él, y tan sólo quedó tras de sí el recuerdo de una leyenda que parece increíble.

    Bela Kiss fue un asesino que empezó su letal carrera pasados sus cuarenta años. Esa representó otra de sus rarezas, pues muy pocos casos se conocen en que un ultimador serial no consumase su crimen primerizo a una edad más temprana.

    ¿Se trató de un marido burlado al cual la infidelidad y la frustración amorosa transformaron en un perverso homicida en serie? O, por el contrario: ¿El engaño de su cónyuge fue sólo un suceso aislado que para nada incidió en sus asesinatos?

    Carecemos de información acerca de su vida antes de arribar al pueblo que fuera escenario de sus inauditas fechorías. El misterio en torno a su casi mítica figura lo envuelve todo.

jueves, 3 de julio de 2014

Historias de asesinos seriales: Herman Webster Mudget, también conocido como H. H. Holmes y como "Doctor torturador"


HERMAN  WEBSTER  MUDGET : El Doctor Torturador

   Herman Webster Mudget nació en el año 1860 en la localidad de Gilmanton, Norteamérica, en una familia honesta y puritana. A muy tempana edad manifestó un interés enfermizo por las mujeres que lo transformó con el tiempo en un obseso sexual y en un sádico.

   A los dieciocho años se casó con una joven adinerada, Clara Louering. Se aprovechó de la fortuna de su mujer para concluir sus estudios de medicina y obtener su doctorado con honores en la Universidad de Michigan. Una vez cumplido su objetivo, y dejando a su cónyuge en la ruina, huye y se instala en la casa de huéspedes de una respetable y hermosa viuda que lo mantiene gracias a la renta de su pequeño hotel.

   Sin embargo, no conforme con los beneficios que recibe, transcurrido cierto tiempo el futuro victimario múltiple también abandona a esta mujer y se instala durante un año en el estado de Nueva York donde pasa a ejercer su profesión de médico. Finalmente se radica en la ciudad de Chicago, donde prevaleciéndose de su imagen de hombre distinguido, alto y elegante, consigue muchas conquistas amorosas.

   En sus redes cae una joven bonita y millonaria, Myrta Belknap, pero la chica no corresponde a sus galanteos razón por la cual, para evitar que se descubra que sigue casado, Mudget decide cambiar su nombre por el de doctor H. H. Holmes. Y con su nueva identidad logra desposar a la muchacha. Se transforma en bígamo y, de tal suerte, estafa a la familia de su nueva esposa en cinco mil dólares, cantidad descomunal para aquella época. Con ese dinero mal habido manda edificar una residencia palaciega en la localidad de Wilmette.

   Entre tanto, y siguiendo su impulso amoroso y su irrefrenable codicia, obtiene el cargo de gerente de una farmacia en Englewood, cuya dueña es una viuda a la cual engatusa fácilmente. Mudget/Holmes se convierte en su amante y logra que ella le deposite su confianza. Valiéndose de un ardid tuvo en su poder la contabilidad del negocio, lo cual le permite falsificar los libros contables y apropiarse de los fondos. Una vez culminado exitosamente su plan delictivo, se adueña directamente de la totalidad de los bienes y hace desaparecer a su incauta enamorada en lo que posiblemente representaría su inicial homicidio.

   En el año 1893 estaba próxima a verificarse una importante exposición en Chicago, llamada “La primera feria mundial”, y el doctor Holmes pensó que esa devendría la oportunidad de su vida, pues dicho evento iba a atraer a numerosa cantidad de mujeres jóvenes, atractivas, solteras y millonarias.

   Por medio de una sucesión de estafas compró un terreno y emprendió la construcción de un fastuoso hotel que semejaba una fortaleza medieval. El criminal diseñó personalmente el interior del lugar dado que las compañías que habían iniciado los trabajos edilicios abandonaron la empresa. De esa forma Herman Webster Mudget resultó el único que conocía los escondrijos de la imponente arquitectura.

   Las habitaciones contaban con trampas y puertas corredizas que desembocaban en un laberinto de pasillos secretos, y en las paredes de éstos había mirillas disimuladas desde donde el vesánico galeno observaba a sus desprevenidas invitadas deambular por la finca. Debajo de los pisos de madera instaló una conexión eléctrica que le posibilitaba, a través de un panel indicador dispuesto en su oficina, rastrear a sus futuras víctimas. Manejaba, además, grifos para bombear gas los cuales, conectados a las habitaciones, le permitían eliminar a varias mujeres sin tener que moverse de su sitio.

  Cuando tiempo más adelante los errores incurridos por el terrible cirujano determinaron su aprehensión, los policías que allanaron aquella extraña morada en busca de pruebas se llevarían una sorpresa rayana en el estupor. Ocurrió que:

“…descubrieron que el hotel también había sido utilizado como cámara de torturas y sala de ejecuciones. Los agentes encontraron cámaras herméticas dentro de las que se podía bombear gas, un horno lo bastante grande para contener un cuerpo humano, cubas de ácido y habitaciones equipadas con instrumental quirúrgico de disección y toda la parafernalia de la tortura. En el juicio, un testigo de la acusación describió su trabajo como empleado de Holmes, quien le había contratado para que descarnara tres cadáveres, a razón de 36 dólares por cadáver…”  (*)

   Este aberrante artificio estuvo concluido un año antes de inaugurarse la exposición de Chicago, el 1 de mayo de 1893, y el doctor Mudget puso en funcionamiento su mansión de los horrores llevando hasta ella a todas las jóvenes solas y ricas que conocía en la feria, procurando que éstas residieran en estados alejados para evitar la inoportuna visita de amigos y parientes. Muchas de las féminas fueron atraídas hasta ese recinto mediante promesa de matrimonio, y luego se las forzaba bajo tortura a firmar poderes en favor del médico donde le cedían toda su fortuna. A otras chicas las asesinaba con el objeto de cobrar los seguros cuyas pólizas obligaba a transferirle.

   En el macabro hotel, las víctimas eran ultrajadas, sometidas a tormento y, finalmente, asesinadas. Acto seguido transportaba los cadáveres sobre montacargas y los trasladaba hacia los sótanos donde los disolvía en grandes piletas con ácido sulfúrico o los cremaba dentro de una enorme estufa. Otro método de eliminación consistía en sumergir despojos humanos en cal viva.

   Todos los artilugios obrantes en el sórdido palacete estaban preparados con el fin de saciar los perversos instintos de su dueño. Había construido una habitación en cuyo interior guardaba abundante cantidad de instrumentos de suplicio. Entre ellos –y aunque parezca increíble– instaló una máquina para hacer cosquillas en los pies con la cual mataba de risa a quienes así atormentaba. Antes de desembarazarse de los organismos, solía desmembrarlos o despellejarlos, para practicar bestiales experimentos.

   Las ganancias que le reportaba su hotel mermaron pronunciadamente al terminar la exposición, por lo que se vio en la necesidad de buscar otras salidas a fin de sanear su empobrecida economía. Elucubró entonces prender fuego al último piso de su mansión con el propósito de que la compañía de seguros tuviera que pagarle una cuantiosa indemnización de sesenta mil dólares de aquella época.

   El proyecto delictivo se frustró pues la empresa aseguradora indagó a fondo y constató el fraude. Al quedar en descubierto, se fuga hacia Texas. En esa ciudad comete varias estafas que lo conducen por primera vez a la cárcel.

   Sale libre bajo fianza y trama una nueva defraudación. Junto con un cómplice llamado Benjamin Pitizel idea un plan. Su compañero debía contratar un seguro de vida en la ciudad de Filadelfia y, transcurrido un tiempo prudencial, la esposa de este hombre se presentaría reclamando la prima. Antes la mujer debía concurrir a la policía llevando consigo un cadáver anónimo, previamente desfigurado, pretendiendo que era el de su infeliz marido muerto en un incendio.

   No obstante, tal cual era de suponer, el médico se resiste a compartir las ganancias con la beneficiaria. En realidad, su plan siempre consintió en asesinar a su cándido socio fingiendo un accidente y presentarse él directamente a requerir el pago del importe del seguro. También proyectaba deshacerse de la señora Pitizel y de sus hijos. Una vez concretado el homicidio contra su socio, se dirigió a la morgue pretendiendo ser un amigo del occiso y pidió reconocer el cuerpo. Luego buscó a la viuda para que fuese a cobrar el dinero de la póliza.

   Lo que el estafador asesino no tuvo en cuenta fue que un ex compañero de celda –quien estaba al tanto del complot– iría a delatarlo. La compañía de seguros se negó a abonar, contrató a investigadores privados y denunció el fraude a las autoridades. Los inquisidores emprenden una minuciosa pesquisa hasta que el doctor Holmes confiesa ser el autor de los crímenes de Pitizel y sus hijos menores.

   Aunque muchos policías mancomunaron esfuerzos en pos de la resolución del enigma, el investigador que tuvo el mérito de revelar el caso fue Frank Geyer, quien trabajaba para la renombrada agencia de detectives Pinkerton contratada entonces por la aseguradora.

   Una vez iniciado su proceso penal, Mudget/Holmes sorprende a fiscales y jueces por su habilidad para manipular y mentir. Acosado por la esposa de Pitizel para que confiese ser el matador de su marido y de sus hijos, trata de disuadirla escribiéndole una melodramática carta donde termina exhortándola “Ud. me conoce bien señora. No puede creerme capaz de asesinar a niños inocentes sin ningún motivo”.

   El pérfido reo se divertía adjudicándose asesinatos que no había consumado de personas que aún estaban con vida en ese momento. De paso, mientras se comprobaba si la información era verídica, lograba retrasar la dilucidación de su juicio criminal.

   No existe una cifra segura del número de muertes que provocó. Aunque en unas memorias escritas durante el lapso en que estuvo recluido previo a su ejecución, confesó ser culpable de haber cometido veintisiete homicidios, pero las pruebas forenses recogidas en su fúnebre hotel apuntan a que la sumatoria de víctimas podría haber excedido las ciento cincuenta.

   El “doctor torturador” –alias con el cual lo tildó el periodismo de aquellos tiempos– fue condenado a perecer en la horca por el tribunal de Filadelfia y la sentencia se llevó a efecto el 7 de mayo de 1896. Contaba con la edad de treinta y seis años al momento de acaecer su forzado deceso.

Bibliografía de referencia

(*) Lane, Brian, Los carniceros. Una antología de crímenes macabros e investigación forense, traducción de Albert Solé, Ediciones Valdemar, Madrid, España, 1991, pág. 38.

Galería de imágenes

Benjamin Pitizel: el cómplice que terminó
pereciendo a manos del doctor Holmes

El elegante sádico Herman Mudget conocido como doctor H.H. Holmes

Foto de H. H. Holmes

Los hijos menores de Benjamin Pitizel que fueron ultimados por el “Doctor torturador”

El castillo de H. H. Holmes que fue escenario de los increíbles desmanes del
médico asesino

domingo, 23 de marzo de 2014

Historias de asesinos seriales : Jack el Destripador, el monstruo de Londres


El asesino de Whitechapel, un criminal sin rostro


   En las postrimerías del siglo XIX Londres, capital de Inglaterra, se erigía como la metrópoli del mayor imperio mundial de esa época. La zona más paupérrima de la gran urbe la conformaban los barrios bajos del sector este londinense, el llamado “East End”. Este último era considerado un ámbito marginal en abierta oposición al “West End” donde se congregaba la clase alta inglesa. Dentro del territorio del East End se ubica el distrito de Whitechapel (capilla blanca) con sus barrios pobres y conflictivos.

   Dicho sector de la ciudad configuró el terreno que sirvió de coto de caza durante un muy restringido período, desde agosto hasta noviembre, durante el otoño europeo del año 1888, a un asesino serial que mató y mutiló con insólito ensañamiento al menos a cinco mujeres.

   El impacto que tal matanza ejerció sobre la sociedad victoriana fue tremendo, al extremo de que hizo volver la atención de las clases privilegiadas y del resto de la población a la problemática de la marginalidad y la miseria entonces imperante en los suburbios de Gran Bretaña.

   No existe certeza si el psicópata perpetró más crímenes que los cinco que tradicionalmente se le adjudican, y tampoco se sabe si ejecutó algún homicidio fuera de los márgenes de Whitechapel y sus barrios aledaños, puesto que no hay registros firmes sobre asesinatos llevados a cabo con igual modus operandi por aquel tiempo en otros rincones de la gran isla británica.

   Por tal razón los especialistas en el asunto –los denominados “ripperologos”- mantienen cierto consenso al estimar que las mujeres eliminadas a manos del maníaco resultaron cinco. Aquí se sigue la opinión pronunciada por el Inspector de Scotland Yard, contemporáneo a los sucesos, Sir. Melville Macnaghten, quien con enfática redundancia declaró que el Destripador había cobrado “cinco víctimas, y nada más que cinco”.


   No obstante, aunque se evade del modelo delictual que en los posteriores homicidios se diseñaría, otro de sus asesinatos podría haber sido el consumado contra la meretriz de treinta y nueve años Martha Turner, también conocida como Martha Tabran o Tabram por su apellido de casada, la cual fue ultimada mediante treinta y nueve cortes inciso punzantes asestados entre la noche del 6 de noviembre de 1888 y la entrante madrugada del día 7.

   No hubo destripamiento en dicha oportunidad, y las heridas inflingidas difieren de las que se infirieron en los casos venideros. En especial, estaba ausente el degollamiento que de izquierda a derecha del cuello se provocada a las asesinadas, preludio de la evisceración que era practicada sobre los cadáveres, y que se consideró como la “marca de fábrica” del matador.

   Corrió el pertinaz rumor de que este crimen pudo haber sido ocasionado por uno o más integrantes de bandas de rufianes que amedrentaban a las meretrices reclamándoles dinero. De tales pandillas, la conocida indistintamente por los motes de “The Nichols Boys” o “The Old Nichols” era conceptuada la más peligrosa y violenta que operaba en aquel suburbio, por lo que fue objeto de indagatoria y estrecha vigilancia por parte de la policía.

   De todos modos, aunque la muerte de la infortunada Martha pudiera haberse debido a la intervención de canallas como éstos, tampoco se descarta que el suyo constituyera el inicial crimen protagonizado por la figura anónima que más adelante se erigiera en el homicida serial destinado a adquirir mayor renombre en la historia.

   La masacre se llevó a término en medio de un frenético acuchillamiento donde el criminal no le sustrajo órganos al cadáver ni –en apariencia- practicó sobre éste ninguna clase de ritual. A pesar de ello, hay autores que igualmente estiman con fundados argumentos que Martha Tabram habría representado la primera presa humana del psicópata al que luego se bautizara con el seudónimo de “Jack el Destripador”, pues se conjeturó que ese primigenio episodio hizo las veces de un ensayo para el asesino, y en todo ensayo a menudo se cometen errores, ya que:

       “…ni la práctica ni las estrategias garantizan una actuación perfecta. Los errores ocurren, sobre todo en el estreno, y el que cometió Jack el Destripador en su primer asesinato fue propio de un aficionado…”
Consultar referencia: Patricia Cornwell, 'Retrato de un asesino, Jack el Destripador, Caso Cerrado', traducción de María Eugenia Ciocchini, Ediciones B grupo Z, Barcelona, España, pág. 40.


   Otro homicidio del que cabe dejar constancia, y al cual en la época de acontecer estos crímenes se lo reputó como serio candidato a haber sido el inicial asesinato del mutilador, fue el concretado contra una veterana prostituta alcohólica de cuarenta y cinco años llamada Emma Elizabeth Smith.

   Esta persona devino brutamente atacada en circunstancias confusas el 3 de abril de 1888 -presuntamente por una pandilla de malhechores como los citados “The Old Nichols” que explotaban a estas mujeres exigiéndoles dinero en pago de la “protección” que les daban, y su óbito se produjo en el Hospital de Londres de Whitechapel Road el día siguiente al de la agresión que sufriera, falleciendo como consecuencia de una peritonitis originada por gravísimas heridas que incluyeron la salvaje introducción de un palo, botella o instrumento similar en su vagina.

   Pero, la primera víctima “oficial” e indiscutida de Jack el Destripador la constituyó Mary Ann Nichols, conocida en su ambiente con el apodo de “Polly”, cuyo deceso acaeció durante la noche del 31 de agosto de 1888. Su cadáver, encontrado en plena acera, exhibía un amplio tajo en la garganta acompañado de profundas heridas que habían atravesado su abdomen y su región genital, dejando al descubierto sus vísceras.

   Polly Nichols era una prostituta alcohólica que había experimentado tiempos mejores, pero a su cuarenta y dos años iba rumbo a un destino declinante y malvivía pernoctando en míseras pensiones. La última de las que habitó se asentaba en pleno corazón de Whitechapel, en la calle Thrawl, a escasos metros de donde terminaría tan trágicamente su existencia; la noche en que perdiera la vida, en particular, había sido expulsada por su casero por no contar con los cuatro peniques necesarios para abonar el precio que por día costaba una cama.

   Esa víspera le comentó a una compañera de oficio que había obtenido tres veces el importe preciso para pagarse la estadía, pero que había preferido gastárselo en comprar ginebra. Sin embargo, estaba dispuesta a hacer un último intento y estaba segura de tener éxito, por lo que se arregló sus modestas vestimentas lo mejor que pudo, y jactándose de lo bien que le quedaba el sombrero nuevo que esa noche estrenaba aseguró que pronto conseguiría el dinero con el cual alquilar la habitación.

   Le pidió al encargado de la pensión que le reservara una cama porque en breve regresaría con la suma debida para pagarla, y salió de allí con paso inseguro a causa de la ingesta del alcohol que saturaba su organismo a esa altura de la noche. No podía imaginar, por cierto, que le estaba deparada una muerte atroz a poco de caminar unas escasas cuadras.

   El mutilado cadáver de Polly fue descubierto cerca de las 3.45 de la madrugada del 31 de agosto de 1888 por el agente John Neil mientras cumplía su patrullaje de rutina por la zona de Bucks Row. En este caso, llamó la atención la escasa cantidad de sangre percibida a su alrededor y lo seco que estaban su cuerpo y sus ropas, pese a la lluvia que había caído en la noche del crimen. Pero se trató de simples conjeturas y rumores que ni siquiera fueron relacionados en la ulterior instrucción sumarial que al efecto se levantara.

   La instrucción judicial culminaría con una declaración del jurado convocado a tales fines, en la cual se dejó constancia de que la occisa había perdido la vida a manos de persona o personas desconocidas. Esta misma conclusión se repetiría como una letanía en los próximos sumarios que las venideras muertes irían a provocar.

   El segundo homicidio incuestionable de esta vesánica saga tuvo efecto el sábado 8 de setiembre de 1888, en cuya madrugada el cadáver de Annie Chapman, de cuarenta y siete años, a quien sus allegados llamaban “Annie la Morena” fue hallado frente al patio trasero de una casa de inquilinato sita en el número 29 de la calle Hanbury, lugar frecuentemente utilizado por las meretrices para ejercer el comercio sexual.

   Esta desdichada era de baja estatura y obesa, aunque en realidad no estaba bien nutrida y, además, sufría los estragos de una enfermedad pulmonar grave tan avanzada que el médico forense examinante dejaría constancia en su reporte que la difunta estaba destinada a fallecer en los próximos meses a consecuencia de ese mal por más que no hubiera entrado en escena su victimario. Había estado casada y tenía dos hijos. Abandonada por su marido a raíz de su afición a la  bebida, hacia trabajos ocasionales para sobrevivir como vender flores y labores de ganchillo en ferias vecinales y, ocasionalmente, cuidaba ancianos. No obstante, la necesidad la forzaba a prostituirse y, al igual que sucedía con las otras víctimas, pernoctaba en albergues de la peor catadura.

   La persona destinada a encontrar su cuerpo sin vida fue John Davis, un mozo de cuadra que vivía en la referida casa de inquilinato. Cuando salió de la pensión rumbo a su trabajo en el mercado de Spitalfields se llevaría la muy ingrata sorpresa de toparse con el desfigurado cadáver de la mujer yaciendo sobre el suelo del patio, a medio camino entre la casa y la valla.

   El cuello de esta difunta aparecía seccionado de forma similar a la de la anterior victima, pero en este caso exhibía incisiones tan hondas y salvajes que daban a entender que el maniaco había tratado de decapitarla. Asimismo le habían practicado la extracción del útero y de porciones de la vejiga y la vagina.

   El violento final de Annie la Morena, operado sólo una semana después de tener efecto el similar homicidio de Polly Nichols incrementó grandemente el temor y la zozobra entre los habitantes de los barrios bajos, quienes intuían que un mismo sujeto era el culpable de los desmanes, y que de seguro los volvería a repetir a menos que fuese aprehendido.

   Luego de ocurridos estos trágicos sucesos, un grupo compuesto inicialmente por dieciséis comerciantes del East End se reunió para dar génesis al que dio en llamarse Comité de Vigilancia de Whitechapel, el cual tuvo por Presidente al empresario constructor Mr. George Alkin Lusk.  A cargo de estos animosos ciudadanos se emprendieron patrullajes nocturnos por las callejuelas próximas a donde se habían concretado los crímenes, proporcionándose de tal suerte un inesperado apoyo civil a la labor de la policía.

   A todo esto, el responsable de tanta conmoción todavía no era reconocido por la prensa bajo el mote o alias que con el correr del tiempo le reportaría su histórica notoriedad, sino que simplemente era designado bajo el más modesto rótulo de “Asesino de Whitechapel”.

   Otro acontecimiento digno de destaque que se verificó luego del atentado contra Annie Chapman fue que la policía detuvo en calidad de sospechoso a un zapatero de procedencia hebrea llamado John Pizer, al cual el periodismo motejó “Delantal de Cuero” por la prenda que usaba para ejercer su oficio. Algún tiempo más adelante este hombre fue puesto en libertad por insuficiencia de pruebas en su contra, e incluso le ganó a un periódico local un juicio por difamación, obteniendo así una indemnización de modesto monto.

   Los homicidios tercero y cuarto de la serie indiscutida tuvieron lugar ambos durante la madrugada del 30 de septiembre de aquel fatídico año, y estuvieron separados por un lapso temporal de menos de una hora. A los luctuosos hechos verificados aquella noche se los calificó con el nombre de “el doble acontecimiento”.

   La mujer de origen sueco apodada “Long Liz”, de cuarenta y cinco años, cuyo apellido de soltera era Gustafsdotter, pero a la cual se la conocía por su nombre de casada –Elizabeth Stride- fue hallada muerta con el característico profundo corte infligido de izquierda a derecha de su cuello. Su cuerpo exánime yacía tendido en un oscuro pasaje próximo a la entrada de un local político situado en la calle Berner.  Al momento de cometerse el letal ataque se celebraba en ese club una reunión que venía concluyendo, tal como era la costumbre, en medio de alegres canciones de corte socialista entonadas por los participantes.

   Según toda la apariencia, esta vez el ejecutor no dispuso de tiempo suficiente para saciar su sed mutiladora, tal vez al resultar interrumpido por la presencia de un ocasional transeúnte.

   Este crimen o, cuando menos, los actos inmediatamente previos al mismo, habrían sido presenciados por testigos. Entre éstos corresponde destacar a Israel Schwartz, quien extrañamente no depuso en el sumario instruido tras el homicidio, sino que sus declaraciones sólo devinieron reproducidas por la prensa mediante publicaciones de los periódicos Star y Evening Post.

   Este deponente habría observado desde el extremo opuesto de la calle a un hombre que abordaba a una mujer parada junto al portillo del patio. Aquel sujeto arremetió contra ella, la arrojó al suelo y la metió en el callejón a empujones.

   De acuerdo recordaba el declarante: “la mujer dio tres gritos, pero no muy fuerte”. El agresor cifraba alrededor de treinta años, lucía un bigote castaño y portaba una gorra con visera negra. Lo más interesante de esta declaración consiste en que Schwartz aseguró que casi al mismo tiempo un segundo individuo salió de la cervecería situada en la esquina de la calle Fairclough y se detuvo silenciosamente en la sombra mientras encendía una pipa. Este último hombre aparentaba tener unos treinta y cinco años, medía un metro ochenta y vestía con elegancia, a diferencia del sujeto que atacó a Elizabeth Stride.

   El agresor se percató de la cercana presencia del testigo y de su notoria apariencia extrajera, y para alejarlo le espetó en son de amenaza: “¡Lipski!”. Se trataba de un insulto, ya que Lipski era el apellido de un judío que el pasado año había asesinado a una anciana en el East End. Tanto Israel Schwartz como el hombre bien vestido se alejaron prudentemente de allí, y esa asustadiza prudencia sellaría la suerte de “Long Liz”, cuyo degollado cadáver sería descubierto minutos después por el conductor de un pony.

   Se considera que el testimonio antes referido fue el más certero de todos aquellos que describieron la fisonomía del asesino. Abona tal opinión una misiva fechada el 6 de octubre de 1888 remitida al citado deponente por alguien que, tras iniciar su mensaje con la frase “Te creíste muy listo cuando informaste a la policía”, le advirtió que se equivocaba si pensaba que no lo había visto, y concluía sus líneas con la amenaza de matarlo y enviarle las orejas a su esposa si enseñaba esa carta a la prensa o si ayudaba a la policía de cualquier manera.

   ¿Y qué había sido el criminal entre tanto?

   Sabemos que interrumpido en su sanguinaria faena salió prestamente en busca de una nueva víctima con la cual saciar su frenesí mutilador, sin reparar en los crecientes riesgos de ser atrapado.

   Tras ejecutar su primer ataque de aquella noche el psicópata se encontraría con Catherine Eddowes de cuarenta y tres años, eliminándola con más saña aún que la empleada en situaciones anteriores. También aquí el inicial acto homicida consistió en el clásico corte profundo inferido de izquierda a derecha en la garganta de la occisa, pero luego de degollarla perpetró una verdadera carnicería que, aparte del acostumbrado destripamiento, incluyó barbáricas amputaciones faciales.

   A escasas cuadras del escenario fatal se localizó tirado encima de la vereda un trozo de delantal empapado en sangre perteneciente presuntamente a esta finada, y que el matador habría usado para limpiarse las manos.

   En la pared que daba frente a donde se había arrojado la prenda se podía leer una inscripción trazada con tiza blanca cuyo texto contenía una extraña alusión a que los judíos serán los hombres a los que no se culpará por nada. La interpretación a otorgarse a ese graffiti victoriano determinaría interminables discusiones que aún al presente subsisten, y que dieron origen a las hipótesis más variopintas.

   Muy llamativa resultó igualmente la circunstancia de que el criminal, tras atacar a Elizabeth Stride, haya salido de la jurisdicción de la Policía Metropolitana para internarse dentro del ámbito de competencia reservado a la llamada “Policía de la City” londinense. Cabe preguntarse si tal actitud fue deliberada para generar confusión en las fuerzas del orden.

   Una vez apagados los ecos del doble crimen se produjeron dos situaciones peculiares. En primer lugar, la prensa arreció concediendo gran difusión al tema de los asesinatos, el cual paso a ser tapa de portada en la mayoría de los casi doscientos periódicos que entonces se publicaban en el país. El pánico de los habitantes del distrito, aunado al sensacionalismo creciente que tomaba el caso, comenzaría lentamente a forjar una historia con ribetes legendarios.

   Por si algo le había faltado a la trama, ahora había adquirido estado público el apodo del hasta entonces anónimo matador. Y es que el pegadizo mote de Jack el Destripador fue determinante para asentar la fama de la cual gozaron estos crímenes. En nuestra época a esto lo llamaríamos marketing. No cabe dudar que de no haber sido por el inspirado nombre con que este asesino se bautizó –o fue bautizado por otros- sus crímenes, pese a lo espantosos que fueron, hubiesen quedados relegados en el olvido, siendo opacados por la numerosa cantidad de víctimas acumuladas por homicidas seriales de tiempos más modernos.

   En segundo orden, parecía estar operándose un intervalo. No se sumaban nuevos crímenes. El culpable parecía replegarse y descansar.

   Ahora, cuando más inquietud se había generado en la población y el brumoso perfil del matador de prostitutas empezaba a cobrar forma en la imaginación colectiva; ahora, cuando el anodino asesino de Whitechapel había sido sustituido por el muy concreto Jack el Destripador, el criminal dejaba de golpear y se esfumaba.

   Ningún homicidio con su sello se verificó durante el mes de octubre de 1888 en Whitechapel, y tampoco en el resto de Inglaterra. Hasta quedaba la sensación de que el psicópata estaba deliberadamente creando un clima de suspenso para fomentar en su público la mayor expectación posible. O tal vez se había vuelto más cauteloso a medida que percibía cómo se iba acentuando la posibilidad de ser atrapado.

   El despliegue policial no tenía precedentes. Se requisaron las casas, tabernas y pensiones del distrito. Los miembros civiles del Comité de Vigilancia cooperaban patrullando día y noche por las calles más peligrosas. Los afiches con el texto y las letras de las cartas que presuntamente Jack había enviado a la prensa y a la policía se reproducían en las comisarías y en distintos lugares del Reino Unido.

   Hasta se había llegado a recurrir al uso de perros de caza puestos a la orden de las autoridades para perseguir al homicida tras olfatear la sangre de una nueva víctima. El 11 de octubre de 1888 el mayor jerarca policial de Inglaterra, Sir. Charles Warren, intervino en un simulacro realizado en plena vía pública con los dos mejores sabuesos del país “Barnaby” y “Burgho”, donde se puso a prueba la capacidad de estos animales para perseguir pistas a través de la ciudad. Sin embargo, los canes perdieron el rastro del señuelo y el resultado del experimento fue más bien decepcionante.

   De cualquier forma, y aunque dando palos de ciego, se volvía evidente que la cacería se hallaba en su pleno apogeo.

   ¿Presintiendo su aprehensión, se habría acobardado Jack el Destripador? ¿Cambiaria al menos de escenario, buscando uno menos riesgoso donde proseguir con sus ataques?

   Pronto la población saldría de dudas.

   Así fue que en los primeros días de noviembre de aquel año toda Gran Bretaña se vería estremecida al enterarse que había tenido efecto uno de los asesinatos más horrorosos e indignantes de sus registros criminales.

   La orgía de sangre desatada por el psicópata llegaría a su paroxismo con el crimen de la más joven y atractiva de sus víctimas, Mary Jane Kelly, de veinticinco años, a la cual literalmente descuartizaría dentro del interior de una miserable chabola sita en el número 13 Miller´s Court durante la madrugada del 9 de noviembre del trágico otoño de 1888.

   Mary estaba atrasada en el pago del cuchitril que arrendaba, y en el cual había convivido hasta apenas unos días atrás con un cortador de pescado del mercado de Bishopsgate y peón ocasional de nombre Joseph Barnett, pero el hombre se retiró de la vivienda porque, a estar a la versión que luego suministró a la policía, su novia había llevado a vivir con ella a una prostituta.

   En realidad no se supo si María Harvey -que así se llamaba esta mujer- era una meretriz o se ganaba la vida trabajando como lavandera. Y tampoco quedó nunca aclarado si ésta mantenía con Jeannette Kelly una relación lésbica, como se ha sugerido. Antes de hacer abandono del lecho de su concubina Barnett había protagonizado con ella varias peleas, y en una de esas refriegas se arrojaron toda clase de objetos, rompiendo el vidrio de la ventana contigua a la entrada.

   De acuerdo con la versión proporcionada por aquel ex concubino, habían perdido la llave de la única puerta de ingreso y adoptaron la costumbre de abrirla desde adentro, introduciendo la mano por la hendidura del vidrio quebrado. La desaparecida llave del triste hogar de esta atractiva víctima representó un gran misterio, puesto que al suceder el crimen, la habitación se hallaba cerrada por dentro y fue preciso derribarla para dar ingreso a los policías y médicos forenses.

   El mutilado cadáver tuvo por descubridor a Thomas Bowyer, conocido como “Indian Harris”, por tratarse de un militar retirado del ejercito inglés de India, quien mejoraba los ingresos de su magra jubilación trabajando como empleado de comercio al servicio del dueño de las miserables habitaciones ocupadas en su mayoría por mujeres de la vida como la difunta Kelly.

   Alrededor de las 10.45 de la mañana del domingo 9 de noviembre de 1888 el dependiente se apersonó al número 13 de Miller´s Court para tratar de cobrar la renta adeudada. Afuera podía oírse el jolgorio de un día festivo para los londinenses en el cual se celebraba la fiesta del Lord Mayor, título que recibe el Alcalde de Londres, York y otras ciudades importantes del Reino Unido. El cobrador golpeó la puerta con sus nudillos. Como sus llamadas no obtuvieron respuesta, descorrió la cortina que cubría la ventana y escudriñó a través del hueco del vidrio roto para comprobar si la inquilina estaba adentro y fingía no oírlo.

   El macabro hallazgo que Mr. Bowyer tuvo la desgracia de hacer resultó uno de los más espantosos y depravados que consignan los anales de la criminología mundial.

   Sobre la cama bañada en sangre reposaban maltrechos despojos de aquella que en vida fuera una sensual cortesana. Solo llevaba puesto un menguado camisón que dejaba ver el atroz estropicio infligido a su cuerpo. Su estómago lucía abierto en canal y habían seccionado su nariz, sus senos y sus orejas. Trozos de muslo y fragmentos de piel de su cara yacían junto al cuerpo descarnado. Los riñones, el hígado y otros órganos se esparcían en torno al cadáver y sobre la mesa de luz.

   El dantesco cuadro llenó de horror al cobrador, quien fue corriendo al comercio donde se encontraba el arrendador de la víctima, su patrono John Mc Carthy, y le comunicó la terrible novedad. Ambos regresaron a la pensión y, atisbando desde la ventana, volvieron a comprobar el hecho. El dueño mandó a su empleado a buscar ayuda a la comisaría de la calle Comercial mientras él se quedaba montando guardia. Al rato arribaron los Inspectores Beck y Abberline y el Superintendente Arnold. También se llamó al médico forense Phillips.

   Ninguno de los policías se decidía a impartir la orden de forzar la entrada para acceder a la escena del crimen, pues se aguardaban instrucciones de Sir. Charles Warren. Pasaban las horas sin tenerse noticias de éste, hasta que se supo la sorprendente novedad de que el Jefe Supremo había presentado su dimisión aquella misma mañana.

   A las 13:30 el Superintendente Arnold asumió finalmente la responsabilidad de mandar quitar la ventana para desde allí tomar fotografías al interior del cuarto. Luego de efectuada esta tarea, se requirió al propietario que rompiera la puerta a fin de hacer posible el ingreso, lo cual éste hizo valiéndose de una piqueta.

   ¡Parecía más la obra de un demonio que de un hombre!, exclamó Mr. John Mc Carthy, al deponer en el sumario subsiguiente, dejando constancia de la terrible impresión que le produjo el monstruoso hallazgo que estremeció incluso a los más endurecidos policías que concurrieron a la tétrica habitación.

Galería de imágenes


Clásica imagen cinematográfica de Jack the Ripper


Mary Ann Nichols:
Primera víctima de indiscutible autoría de Jack el Destripador


Mary Jane Kelly:
última “víctima canónica”
sobre cuyo cadáver el asesino actuó con mayor saña


Víctimas “canónicas”: Liz Stride, Annie Chapman, Poly Nichols, Kate Eddowes
Víctima eventual: abajo en el último recuadro, fotografía mortuoria de Frances Cole


Alegoría representando el horror generado
por las mutilaciones inflingidas en Whitechapel


Israel Schwartz:
quien brindó la más fiel descripción del criminal


Lista de otros artículos

Introducción general /  Historias de asesinos: Una temática muy lamentablemente recurrente y actual

Artículo anterior / 1 /  Burke y Hare: Los traficantes de cadáveres

Artículo siguiente / 3 /  Bela Kiss, el amante perverso