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jueves, 4 de agosto de 2016

Comentario sobre el libro «El animal más peligroso, un thriller victoriano» del escritor uruguayo Gabriel Pombo




Personajes:

La obra presenta personajes históricos interactuando junto a otros de ficción, sobre los cuales recae, por razones literarias, el protagonismo.

Así pues, el detective Arthur Legrand no tuvo existencia real, ni tampoco su par femenina, la joven periodista Bárbara Doyle.

Dentro del pequeño equipo de detectives hay, en cambio, registros históricos de Charles Legrand (que en la trama aparece como hermano y subordinado de Arthur) y del ex policía John Batchelor, quienes secundan, en la novela, a la pareja principal.

También devienen ficticios por motivos obvios, al no haber sido capturados en la vida real, el diplomático Sir Gerard Atkinson, que encarna al Asesino del Torso de Támesis y, simultáneamente, al “Maestro” del clan demoníaco tildado  “La Orden del Macho Cabrio”. También son ficticios James Smith, hijo natural de aquél, quien a su vez oficia en el papel de Jack el Destripador. No gozó de existencia genuina la satánica cómplice del Asesino del Torso, la aristocrática “Diana”; ni tampoco Frederick Campbell, alias “Fred”,  joven barquero integrante de la cofradía maléfica liderada por el Asesino del Torso.

Fungiendo en roles secundarios aparecen entre otros, sin embargo, individuos de comprobada existencia real, a saber:

     Thomas Bond: insigne médico forense que se encargó de las autopsias sobre las víctimas del Asesino del Torso, y de elaboró un precursor informe psicológico respecto de Jack el Destripador.

     Henry Moore: inspector jefe de la Policía Metropolitana británica (Scotland Yard), que tuvo a su mando las pesquisas de los crímenes del Torso Killer  a partir del “Misterio de Whitehall” (torso femenino hallado en el sótano del edificio en construcción de la Sede de Scotland Yard, el 2 de octubre de 1888), y que colaboró en la investigación de los homicidios de Jack the Ripper, perpetrados de agosto a noviembre de 1888.

    Thomas Barrett: agente de la policía metropolitana que revistaba para la división policial H del distrito de Whitechapel, cuando acaecieron los asesinatos del Destripador, quien en la narración se integra al grupo de detectives.

      George Hutchinson: cliente y amigo a la víctima Mary Jane Kelly, conocido por denunciar ante las autoridades el presunto aspecto que exhibía el último sujeto que acompañó a esa meretriz en momentos previos a su homicidio.

Trama:

La novela consta de dos partes. La primera se inicia con una escena, a modo de preludio, que se sitúa en la ribera sur del río Támesis, en las cercanías de la localidad de Battersea, en setiembre de 1873. Allí se describe un sacrificio humano consumado por una secta satánica encabezada por un anónimo “Maestro”. Veremos a éste vestido, para la macabra ocasión, con ropas ceremoniales  que incluyen capa y capucha oscura, chaqueta con botones dorados y una filosa daga. En la sala ritual hay una mesa o túmulo donde se llevará a cabo el sacrificio, y otros símbolos impíos. El jefe es asistido por una enigmática fémina con antifaz y vestido escarlata, y por un muy juvenil lugarteniente de cabeza rapada y toga marrón. Los esbirros que, desde el exterior, traen maniatada a una mujer anónima, informan que no pudieron capturar también a los hijos de esa víctima (una niña y un muchacho), quienes lograron escapar.

Los siguientes capítulos de la parte inicial (del 2 al 15, unas 200 páginas), dan un salto temporal y se enfocan en las actividades detectivescas de investigadores privados contratados por el Comité de Vigilancia de Whitechapel, entre octubre y noviembre de 1888. El lugar geográfico oscila desde el este de Londres, en que se consumaron los crímenes de Jack el Destripador,  y el centro de la capital inglesa, en Westminster, donde reside el líder del equipo investigador, Arthur Legrand.

Aquí se suministra al lector información veraz, con respaldo histórico basado en autopsias forenses, encuestas judiciales y notas periodísticas, acerca de las víctimas del homicida de Whitechapel que perecieron violentamente desde agosto hasta el 9 de noviembre de ese año.

La segunda parte (que va del capítulo 16 al 30; o sea, poco más de cien páginas) asume un ritmo más dinámico, propio de la novela de suspenso o “thriller”.

Se retrotrae a mayo de 1887, cuando tiene su inicio la segunda racha de crímenes cometidos por el Torso Thames Killer, con un homicidio seguido de desmembramiento acaecido en la localidad de Rainham. La conexión de este asesinato con los concretados más de una década atrás se establece en un diálogo entre el médico forense Thomas Bond y el detective Arthur Legrand. A partir de entonces, el relato dará nuevos saltos temporales.
Llegamos a la madrugada del 31 de agosto de 1888, donde finiquitaron a la primera víctima del Destripador, y asistiremos al modus operandi de éste en acción, para engañar a su presa y dar comienzo así a su retahíla de atrocidades históricas.

Luego se verá cómo, en tiempo concomitante, la secta diabólica sigue operando. Sabremos que la misteriosa secuaz vestida de escarlata se llama Diana, y que oficia como entregadora de desprevenidas muchachas, que serán sacrificadas en sórdido ritual, tras el cual se esparcirán (desde un barco propiedad del Maestro demoníaco) los restos trozados de esas víctimas en el río Támesis.

El nuevo hito de la narración, surge cuando un integrante de la orden (“Fred”), con gran riesgo personal, se introduce dentro de la obra en construcción de la sede de Scotland Yard, y deja oculto el torso de aquella desdichada, el cual será recuperado semanas más tarde, el 2 de octubre de 1888.

Tras un breve capítulo que da cuenta del paso del tiempo, y de que en junio de 1889 aparecieron nuevos fragmentos humanos en el parque de Battersea y en zonas aledañas, el secundario personaje de Fred comenzará a adquirir relieve.

Sabremos que trabaja reparando chalupas y fungiendo de conductor de navíos en el Támesis, y que será entrevistado en su taller por el equipo de detectives. Los investigadores, gracias al soplo de un periodista, se enteraron de que ese hombre quería brindarles información para hacer caer a la secta criminal, de la cual, sin embargo, él resulta piloto del barco que se emplea para esparcir los restos humanos.

Los capítulos de cierre describirán la última ceremonia homicida, que tendrá efecto en la ribera de St Katharine, durante la noche del 9 de setiembre, y los sucesos de la madrugada siguiente, donde será descubierto en Whitechapel el llamado “Torso de la calle Pinchin”.

Se trató del último crimen atribuido al Descuartizador del Támesis. La interrupción abrupta y enigmática de esta secuencia macabra será objeto de las páginas finales de la novela.
En ellas tendrá lugar al enfrentamiento decisivo de Arthur y Bárbara con el Asesino del Torso y, también, con Jack el Destripador.

viernes, 18 de marzo de 2016

Antiguos crímenes emblemáticos que superaron la prueba del tiempo, y que aún nos enseñan algo y nos advierten

LOS LLAMADOS CRÍMENES DEL ASESINO DEL TORSO DEL TÁMESIS: UN ENIGMA VICTORIANO

¿Pudo un asesino en serie, aún más sádico que Jack el Destripador, coexistir con él y cometer sus atroces hazañas en similar tiempo y lugar?

Si así hubiese ocurrido, vale preguntarse porqué aquél pasó tan inadvertido y "sin pena ni gloria" en la historia del delito. No cabría descartar, a priori, que algunas de las presuntas víctimas de homicidio no fuesen más que piezas anatómicas birladas de salas de disección clínica, y arrojadas en el río Támesis y en otros puntos de la geografía británica por inescrupulosos guasones.

Tampoco correspondería obviar que en la mayoría de las encuestas judiciales, celebradas a raíz de esos abominables hallazgos, el jurado no emitió un veredicto de  "asesinato premeditado". Ello fue así dado que los médicos forenses no fueron capaces de establecer con convicción que se trataba de crímenes. Formuladas estas salvedades, nos referiremos a esos cuerpos desmembrados, cuyas inquietantes apariciones dieron origen a la hipótesis del "Descuartizador del Támesis" o del "Asesino de torsos del Támesis".

La sombra de ese presunto victimario se proyectó con ominosa fuerza por primera vez en mayo de 1887, en el pueblo del valle del río Támesis, localidad de Rainham. Dos trabajadores portuarios extrajeron de las aguas un paquete que guardaba el torso de una mujer. Estaba ausente la cabeza y una porción superior del pecho. Durante los meses de mayo y junio de ese año, partes de ese mismo cuerpo emergieron en distintas zonas de Londres.

Los médicos forenses consideraron que las mutilaciones denotaban algún grado de conocimiento anatómico, pero que el cadáver no había sido disecado para fines clínicos. En suma, avalaron la teoría de un homicidio. Los galenos no pudieron discernir la razón de la muerte ni acreditaron que un acto violento hubiese tenido lugar, por lo que el jurado convocado para la encuesta judicial no tuvo más remedio que regresar trayendo a la sala un ambiguo veredicto de "Found Dead" ("Encontrado Muerto").

La segunda eventual víctima de la serie de despojos humanos esparcidos en el río Támesis y sus aledaños fue advertida en setiembre de 1888, cuando cursaba su apogeo la cacería del exterminador de prostitutas de Whitechapel. El día 11 de aquel mes, un brazo femenino fue avistado flotando en el río en la región de Pimlico. A su vez, el 28 de setiembre de ese mismo año, otro brazo se encontró a la vera de la carretera de Lambeth.

Finalmente, el 2 de octubre de 1888 se descubrió el torso de una mujer al cual le faltaba la cabeza. Ese fragmento se ubicó en los terrenos de la obra de construcción del Nuevo Scotland Yard, y al suceso la prensa lo apodó el "Misterio de Whitehall", en honor al nombre de la calle donde se emplazaba dicho edificio.

Se llamó para estudiar los restos cadavéricos a varios forenses, entre ellos al doctor Thomas Bond (cf. Thomas Bond (autor del primer perfil criminal ; Doctor THOMAS BOND, un forense en la historia de Jack el Destripador ; THOMAS BOND, el forense del Destripador). Este profesional evaluó que, de tratarse de un crimen, el matador había justificado ostentar algún grado de conocimiento médico. En general, los cirujanos no pudieron dar con evidencia que dilucidase de qué forma había perecido la infortunada difunta.

El también forense Charles Alfred Hibbert (o Hebbert), ayudante de Bond, opinó que el brazo rescatado en el río pertenecía a aquel torso por la limpieza del corte asestado para separarlo del tronco y por el diámetro de las amputaciones que exhibía el cuerpo en dónde le fueron arrancados los miembros. Tras examinar los brazos, apuntó que: "Pensé que el brazo fue cortado por una persona que, si bien no era necesariamente un anatomista, sin duda sabía lo que estaba haciendo, pues conocía dónde estaban las articulaciones y daba muestras de que practicaba este tipo de cortes con bastante regularidad ".

La encuesta judicial subsiguiente se llevó a cabo el 8 de octubre bajo la presidencia del juez John Troutbeck, de Westminster.

Se convocó al estrado a Frederick Wildborn, primera persona en percatarse de los restos en el sótano del edificio. El testigo declaró que residía en el 17 de la Avenida Mansell, en Clapham Junction, y trabajaba de carpintero para la empresa 'Grover and Sons' en la obra de construcción de la Nueva Scotland Yard. Manifestó que a las 6 en punto de la mañana del 1º de octubre se dirigió a las bóvedas para recuperar herramientas que allí guardaba, y vio lo que le pareció un abrigo raído tirado en una esquina.

Ese sector estaba muy oscuro incluso en el medio del día, y no pudo dar con sus herramientas. Por la noche, a las 5.30, volvió a descender al escabroso reducto y notó que el paquete continuaba en el mismo sitio, aunque no despedía mal olor. Esta vez decidió avisar a otros dos obreros, quienes destrabaron las ligaduras del cordel que rodeaba aquel envoltorio de ajados periódicos. Ante la mirada atónita de los tres hombres emergió el repugnante contenido.

Se infiere a partir de éste, y de otros testimonios, que el individuo que transportó el torso hacia dónde fuera hallado necesariamente lo hizo sirviéndose de luz artificial, dadas las penumbras del lugar. El perímetro estaba protegido mediante vallas que dificultaban el acceso. Quedó claro que el bromista –si fuese un cuerpo robado de una sala de disección- o el criminal –si se tratara de un homicidio- corrió un enorme riesgo de ser visto y atrapado.

Al cabo del sumario el jurado, obviando los indicios de que estaban frente a un asesinato, de nuevo pronunció un veredicto de "Found Dead". Aunque en 1888 Jack el Destripador era la indiscutida "estrella criminal" -pues en apenas diez semanas de reinado había estremecido al Londres victoriano- al final de ese año el interés por sus fechorías principiaba a disminuir. Para junio de 1889 casi siete meses habían transcurrido sin un ataque que pudiera serle endilgado, y se alentaba la esperanza de que su sanguinario ciclo hubiese concluido.

Pero, en cuanto a los trozos de cuerpos diseminados en torno al Támesis, la siniestra retahíla recrudeció. En la mañana del 4 de junio, parte de un torso femenino se capturó de las aguas sobre la ribera de la localidad de Horselydown. Ese mismo día, en horas de la tarde, una pierna izquierda apareció debajo del puente Albert, en Chelsea. En la ulterior semana varios pedazos más de ese organismo fueron recobrados en las cercanías del río.

El influyente periódico Times de Londres, en su edición del 11 de junio de 1889, reprodujo un fúnebre resumen consignando que: "los restos humanos encontrados hasta ahora son los siguientes: Martes, pierna izquierda y muslo en Battersea, parte inferior del abdomen en Horselydown; jueves, el hígado cerca de Nine Elms, la parte superior del cuerpo en Battersea-Park, el cuello y los hombros en Battersea; viernes, el pie derecho y parte de esa pierna en Wandsworth, la pierna y el pie izquierdos en Limehouse, sábado, el brazo izquierdo y la mano en Bankside, las nalgas y la pelvis  en Battersea, en el muslo derecho en el Chelsea Embankment; y ayer, el brazo derecho y la mano en Bankside ".

Todos esos hallazgos originaron un sumario judicial que tuvo su inicio el 17 de junio del citado año. Según declaración de los profesionales forenses: "la división de las partes humanas demostró habilidad y método. Sin embargo, no se nota la destreza anatómica de un cirujano, sino más bien la sapiencia práctica de un carnicero o un desollador. Hay una gran similitud en la manera que se cortaron estos restos con los que fueron hallados en Rainham y en el nuevo edificio de la policía metropolitana en Whitehall".

Por su lado, el 5 de julio el Times de Londres abundó que: "es opinión de los médicos actuantes que las mujeres habían fallecido sólo 48 horas antes de que sus organismos fuesen troceados, y que los cadáveres resultaron diseccionados por una persona que debe haber tenido algún conocimiento sobre las articulaciones del cuerpo humano".

También esta vez, los cirujanos fueron incapaces de determinar la causa de la muerte. No obstante, ahora el jurado arribó a un veredicto de "asesinato cometido con premeditación contra alguna persona o personas desconocidas".

Al igual que aconteciera en las restantes emergencias, no se pudo ubicar la testa de la presunta asesinada; pero ahora su identidad fue establecida. Gracias a cicatrices de los brazos se identificó a la fallecida como Elizabeth Jackson, una prostituta que ejercía su oficio en Chelsea. Se trataba de una ramera muy pobre que carecía de hogar y a menudo dormía en el parque de Battersea. Había adoptado el hábito de colarse entre las roturas de las rejas circundantes cuando en la noche cerraban las puertas de aquel lugar público.

El perpetrador dejó una gran parte del torso en un sitio apartado del parque, lejos del acceso de la mayoría de los viandantes, y fue el jardinero quien se topó con esos despojos. Otra extremidad del cuerpo se localizó a corta distancia del anterior hallazgo, e iba envuelto en ropa vieja que portaba impreso el nombre "L. E. Fisher".

En la autopsia se constató que el útero estaba extirpado. El doctor Thomas Bond fue del parecer de que podría tratarse de un aborto mal practicado, con consecuencias fatales. El posterior fraccionamiento y dispersión de trozos del cadáver habría resultado, de acuerdo con esta conjetura, la infame tarea de un malogrado obstetra intentando ocultar las huellas de su delito.

Sea como fuere, conocer la identidad de la occisa, aunque resultó trascendente, no sirvió a la pesquisa policial pues en definitiva el caso quedó sin solucionar.

El 17 de julio de 1889 se perpetró en el este londinense el homicidio de la prostituta Alice McKenzie, del cual se sospechó que pudo ser faena del Destripador. La prensa se encargó de dar pábulo al temor de que el mutilador del East End irrumpía de nuevo. Todos los médicos intervinientes -excepto el doctor Thomas Bond- coincidieron en que aquel crimen no pertenecía al nefasto psicópata. Pero quien sí parecía haber retornado a sus andadas vesánicas era el "Descuartizador del Támesis" o el "Asesino del Torso de Támesis".

El 10 de septiembre, el agente de la policía metropolitana William Pennett cumplía su ronda a lo largo de la calle Pinchin, en Whitechapel, cuando dio con el torso de una mujer bajo un arco de ferrocarril. De igual manera que ocurrió con el caso de Alice McKenzie, este tétrico episodio produjo una frenética actividad en la policía del distrito. Pocos minutos después de descubrirse el cadáver el Comisionado de la Policía Metropolitana y numerosos detectives que habían participado en la investigación del caso Ripper se hicieron presente en la escena del presunto delito.

Oficialmente, los pesquisas incluyeron este eventual crimen en la categoría de los llamados "Asesinatos de Whitechapel" o "Muertes de Whitechapel", atento al distrito dónde apareció aquel cuerpo desmembrado.  Pero, más allá de la localización geográfica, ponderando el modus operandi empleado y otros factores, este hallazgo cabría catalogarlo dentro de la saga atribuible al homicida de torsos del río, quien aquí habría mutado de hábitat a la hora de agredir. Alternativamente, se manejó que los restos constituían material de estudio anatómico desechado por estudiantes de medicina. Pero aún los investigadores que creían estar frente a un asesinato aceptaron, siguiendo la opinión forense, que no era una faena de Jack, dada la disimilitud entre las mutilaciones que aquél infligía con la amputación que presentaba ese cadáver.

El especialista Michael Gordon propuso la teoría de que Jack the Ripper y quien por esas mismas fechas desmembraba cuerpos y los tiraba en las inmediaciones del Támesis, conformaron una misma persona y, además, también se atrevió a identificar al culpable que se ocultaba tras estos aberrantes procederes, y a quien sindicó como autor fue a Severin Klosowski alias GeorgeChapman, sin dar mayor importancia a la edad de este postulado sospechoso, ya que en efecto, el recién citado nació en 1865, y era apenas un niño de ocho años cuando comenzaron a verificarse los macabros hallazgos corporales de partes desmembradas de cuerpos humanos en la capital inglesa.

No obstante y en 1887, este sospechoso cifraba veintidós años, y podría sí haber sido un precoz desmembrador de mujeres así como un furibundo asesino de prostitutas. Que el citado supo asesinar féminas ya lo sabemos; pues acreditadamente ultimó a varias mediante envenenamiento. En apoyo de su teoría, el referido estudioso destacó que su sospechoso estuvo en Inglaterra durante los crímenes del Destripador y que habría regresado, luego de una estadía en el exterior, justo en el intervalo cuando ocurrieron las siniestras apariciones de cuerpos desmembrados en las cercanías del principal río británico.

Los misteriosos y sórdidos descubrimientos verificados en torno al Támesis contaron con un posible antecedente entre los años 1873 y 1874. El 5 de setiembre de 1873, una patrulla de la policía del río, próxima a la localidad de Battersea, recogió fuera del agua un fragmento del tronco de una mujer. Poco más tarde, se fueron recolectando otras partes del mismo cadáver, a saber: un pecho derecho en Nine Elms, una cabeza en Limehouse, el antebrazo izquierdo en Battersea, la pelvis en Woolwich; y así sucesivamente, hasta que se armó un cuerpo casi completo. Al igual que sucediera con el caso de Rainham en 1887, al cabo de ese mes se reportó casi a diario en los periódicos sobre las partes del cuerpo que se iban recuperando.

Nuestro tan nombrado doctor Thomas Bond, a la sazón Cirujano Jefe de la Policía Metropolitana, emprendió un encomiable y lóbrego trabajo y fue reconstruyendo el cadáver cosiendo una a una las piezas. Recomponer el rostro de la finada significó un enorme desafío, pues la nariz y la barbilla estaban desolladas, y a la cabeza le había sido arrancado el cuero cabelludo. La piel de la cara de la víctima fue equipada de la manera más natural posible en esas horribles circunstancias.

A pesar de que este pionero intento de reconstrucción forense se llevó a cabo con sumo "ingenio y habilidad"  -conforme a expresiones de los periódicos- el cuerpo sólo podría ser reconocido por aquellos que estaban más: "íntimamente familiarizados con las características físicas de la persona fallecida". La policía rechazó a muchos sujetos que se acercaron para saciar su morbo de contemplar el cuerpo destrozado. Entre éstos estaban "los comerciantes de horrores" que trataron de obtener un esbozo de los restos. Pero la policía obró con celo profesional, y únicamente a quienes se consideró con legítimas razones para ver los restos les fue exhibida una fotografía de los mismos.

Comentando aquellas lesiones, la revista médica The Lancet informó que: "Contrariamente a la opinión popular, el cuerpo no había sido troceado, pero era cierto que las articulaciones se han abierto con habilidad, y los huesos resultaron perfectamente desarticulados, incluso en las articulaciones complicadas del tobillo y el codo. A su vez, en la articulación de la cadera y del hombro los huesos fueron toscamente aserrados".

Dado que esta vez devenía notorio que había atrás una mano criminal, un veredicto de "asesinato con premeditación contra alguna persona o personas desconocidas" fue alcanzado por el jurado en la encuesta judicial. El gobierno ofreció una recompensa de doscientas libras, y un perdón gratuito para cualquier cómplice que denunciara al ejecutor. Pese a ello, jamás se supo la identidad de la víctima, no se practicaron aprehensiones, y el asunto quedó a fojas cero. En el mes de junio del siguiente año de 1874 el organismo descuartizado de una fémina se extrajo de las aguas del Támesis, en la región de Putney.

El rotativo News of the World del 14 de junio destacó que el cadáver carecía de cabeza y de extremidades, salvo una pierna, y que el torso fue trasladado a la morgue de Fulham. En ese ámbito, el cirujano forense E.C. Barnes manifestó que el cuerpo había sido dividido por su columna vertebral, y que se utilizó cal a fin de agilitar su descomposición antes de ser vertido en el agua. A despecho de parecer que se trataba de un homicidio, el jurado dictó un veredicto abierto.

Tal cual ocurriera en el incidente similar del año anterior, nunca se supo a quien pertenecían los fragmentos humanos, ni se capturó a sospechoso alguno.

Aunque lo supra relacionado es lo único que goza de apoyo documental respecto a estas secuencias de muertes con desmembramiento, cabe anotar que el ensayista Michael Gordon en su libro "The Thames Torso Murders of Victorian London" (2002), págs. 14-16, introdujo la posibilidad de que en noviembre del año 1886 se consumase el descuartizamiento de una prostituta en el pueblo francés de Montrouge, que podría haber constituido faena del mismo matador. La información en la cual se basó proviene, empero, de una fuente escasamente confiable, a saber: "las crónicas del crimen", atribuidas al Dr. Thomas Dutton,presunto experto forense británico citado por el escritor Donald McCormick, creador a su vez de "La identidad de Jack el Destripador" (1959).

De hecho, el enteléquico Dutton, en sus nunca editadas memorias, habría acusado a un "feldcher" (o sea, ayudante de cirujano) de origen ruso (o polaco) de haber estado residiendo desde 1885 a 1888 en Francia, y constituir el posible responsable de ese no registrado homicidio. Esta equívoca información la utiliza Gordon a fin de apuntalar su tesis de que el susodicho debió ser Severin Klosowski alias George Chapman; es decir: el candidato que este teórico postula a la identidad tanto de Jack el Destripador cuanto de "The Killer Thames Torso".

Dicha versión fue adoptada por la novelista Sarah Pinborough, quien en su thriller sobre el caso del Descuartizador del Támesis, editado en habla hispana bajo el rótulo de "El segundo asesino" (2013), comienza su narración recreando ese eventual crimen acaecido en Francia. El problema consiste en que los ripperólogos Stewart Evans y Keith Skinner en su libro "Jack el Destripador: Cartas desde el infierno", publicado en español en el año 2003, demostraron que Donald McCormick se inventó la existencia del médico Thomas Dutton para poder respaldar así, con pretendidas pruebas, sus hipótesis sobre la identidad de Jack the Ripper. Por ende, todo cuanto a este personaje fabricado se vincula deviene, como es obvio, falso y ficticio.

Galería de imágenes

Recreación contemporánea e ilustrativa sobre un hipotético asesino serial que además de matar, se ensaña y descuartiza los cadáveres que va generando


Proyecto de portada de una futura novela de terror del autor Gabriel Antonio Pombo



NOTA: El autor Gabriel Antonio Pombo se reserva todos los derechos (en especial los morales) respecto del texto y de las imágenes publicadas en el presente artículo, aunque si admite la reproducción total o parcial del texto citando fuente y autor. Una mayor apertura en cuanto al uso y en cuanto a la eventual modificación se admite respecto de las imágenes usadas en esta entrada, con la amplitud que suele aplicarse respecto del manejo de los archivos utilizados en artículos de Wikipedia o en entradas de WikiCommons o de cualquier otro proyecto wiki de la Fundación Wikimedia, dados los fines culturales y de difusión abierta de los citados proyectos digitales, y en particular admitiendo la licencia Creative Commons Atribución Compartir igual 3.0 o equivalente.

Enlaces externos recomendados

Título - El asesino del torso del Támesis: Un enigma victoriano
Sitio digital - AB & MP: Investigaciones paranormales
Enlace - http://abmp-investigaciones.blogspot.com.uy/2016/03/el-asesino-del-tamesis.html

viernes, 7 de agosto de 2015

Un periodista victoriano es otro nuevo candidato a haber sido Jack el Destripador


La historia de la bisabuela: Un periodista fue Jack the Ripper, y Mary Jane Kelly es la clave / Se alarga la lista de nominados a posibles candidatos a haber sido el siniestro asesino de prostitutas del East End londinense, pero las hipótesis de base son cada vez más endebles

LA NOTICIA

Un médico británico jubilado, Wynne Weston Davies, ha publicado "The Real Mary Kelly" ("La verdadera Mary Kelly", subtitulo: "La última víctima de Jack el Destripador y la identidad del hombre que la asesinó"). Se trata de la más reciente teoría sobre la siempre elusiva identidad del Destripador de Whitechapel. Su nominado para el cargo de verdugo de las prostitutas es el desconocido periodista Francis Spurzhein Craig, quien se habría casado con la bisabuela del escritor y la terminó matando brutalmente, no sin antes dar cuenta de otras cuatro meretrices.

¿El móvil del criminal?  Los celos y el amor propio masculino herido. La esposa del desquiciado periodista fue la última víctima canónica del mutilador: Mary Jane Kelly; la cual -si creemos a esta formulación- en realidad se llamaba Elizabeth Weston Davies; pero cambió su nombre para ejercer la prostitución y no ser detectada por su vengativo marido.

¿Las anteriores víctimas?  Por cierto que lo constituyeron las restantes asesinadas tradicionales del victimario secuencial motejado Jack the Ripper, a saber: Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride y Catherine Eddowes.

¿La razón de estos cuatro homicidios previos?  Despistar a las autoridades para que atribuyesen la abominable muerte de Kelly-Weston Davies a un demente ejecutor serial y no sospechasen que su despechado esposo era el culpable. De paso, la desfiguración del rostro de esa occisa se debió a que el homicida no quería que sus conocidos se enterasen que la ramera ultimada era su ex cónyuge que había tomado el mal camino.

LA MUERTE CONOCIDA

Poco se sabe con certeza de la vida de esta mujer, y esa incertidumbre ha teñido a su recuerdo con un halo de misterio. En realidad más se conoce acerca de su muerte, sobre cómo fue encontrada inerte una fría mañana del 9 de noviembre de 1888.

Dicha mañana Thomas Bowyer, apodado Indian Harry, por tratarse de un militar retirado del ejército inglés de la India, mejoraba los ingresos de su magra pensión trabajando como cobrador al servicio de John McCarthy, dueño de unos miserables cuartuchos en el edificio llamado "Miller´s Court", cuyos ocupantes en su mayoría eran féminas que se ganaban la vida ejerciendo la prostitución.

Una de estas desafortunadas era Mary Jane Kelly, alias Marie Jeannette, Fair Emma o Ginger, una joven irlandesa pelirroja de venticinco años que rentaba la habitación número 13.

En esa ocasión el casero mandó a su empleado a que fuese hasta aquella habitación para tratar de cobrar el alquiler que la chica adeudaba. Afuera se oía el jolgorio de un día festivo para los londinenses, en el cual se celebraba la fiesta del Lord Mayor, título que recibe en el Reino Unido el Alcalde de Londres, York y otras ciudades importantes.

Bowyer llamó varias veces a la puerta. Como no obtuvo respuesta se dirigió hacia una ventana lateral que él sabía tenía una rotura. Cuidando de no lastimarse, introdujo su mano por el hueco del vidrio y descorrió la cortina para escudriñar hacia el interior. Lo que vio le hizo proferir un grito de terror.

Sobre la cama empapada en sangre yacía el destrozado cuerpo de la infeliz inquilina. Su estómago lucía abierto en canal, y sus órganos internos se amontonaban en torno suyo, cual una masa informe, repugnante y sanguinolenta.

El cuadro era dantesco y el cadáver estaba irreconocible (posteriormente, el ex novio de la víctima, el jornalero Joseph Barnett, aseguró en la morgue que se trataba sin duda de Mary Jane, pues la reconoció a causa de su cabellera rojiza, y por sus ojos y orejas, que era lo único que quedó intacto en aquel rostro desfigurado).

Lleno de espanto, Indian Harry volvió corriendo al bazar de su patrón y le comunicó sobre el terrible descubrimiento.

El arrendador fue junto con su empleado a Miller´s Court y comprobó la escena mirando también él a través de la ventana. Llamaron a la policía, y pronto acudieron los Inspectores Beck y Abberline, y casi al mismo tiempo el médico forense Bagster Philips.

¡Parecía más la obra de un demonio que la de un hombre!, exclamaría tiempo más tarde ante los estrados un conmocionado John McCarthy, al deponer en la encuesta judicial instruida por motivo de ese crimen.

Así dejaba constancia de la tremenda impresión que le produjo el monstruoso hallazgo, que estremeció aún a los endurecidos policías que concurrieron a aquella tétrica habitación.

LA VERSION DEL DOCTOR WESTON DAVIES

Y ahora parece que por fin se ha descubierto el nombre del "demonio" en cuestión.
Francis Spurzhein Craig se llamaría, conforme afirma el médico jubilado. Menos definida está su fisonomía. No se nos proporciona una fotografía, sino sólo un dibujo. Recorre la web una viñeta que muestra a los asistentes de la audiencia judicial celebrada tras el óbito de Annie Chapman. Y ni siquiera el hombre allí bosquejado -cuya faz se encierra dentro de un círculo acusatorio- es seguro que represente al flamante sospechoso.

El ensayista sostiene que el individuo del dibujo se asemeja mucho al padre del sindicado -del cual sí hay varias fotografías- y que como Craig era reportero pudo ser él uno de los miembros de la prensa que lucen sentados en esa sala, por lo que ese eventual parecido lo propone como prueba de que el sujeto indudablemente estuvo allí.

El asesino volviendo al lugar del crimen... el asesino regodeándose con las consecuencias de sus delitos...

En realidad, de acuerdo nos cuenta el doctor Weston Davies, el descubrimiento de la identidad del matador en cadena del East End se debió más que nada a la casualidad.

Diez años atrás el galeno se dedicó a establecer su árbol genealógico, cuyo rastro se interrumpía al llegar a sus bisabuelos. Tenía una vaga idea de que su bisabuela paterna se llamaba Elizabeth Weston Davies, pero para profundizar acudió a los Archivos Nacionales de Kew. Allí supo que esa ascendiente figuraba con el nombre de Elizabeth Weston Jones, de estado civil viuda.

Seguidamente, averiguó que aquella se había casado en la Nochebuena de 1884, en Hammersmith, con el ya nombrado periodista de cuarenta y siete por entonces, cuando ella sólo cifraba veintiuno. Luego, al recibir un paquete conteniendo diversos antiguos documentos legales, comprobó que escasos meses más tarde los cónyuges se divorciaron a petición judicial del esposo, quedando constancia de que aquél alegó como causal de separación la infidelidad de su mujer.

Concretamente la vio (o la vieron, pues en el documento legal esto no queda claro) entrar en compañía de un muchacho a una casa de citas próxima al hogar conyugal ubicado en Plaza de Argyll, King Cross, el 19 de mayo de 1885.

Se especula que Craig ya sabía que Elizabeth ejercía el meretricio. Seguiría enamorado de ella, pero el orgullo le impediría aceptarla abiertamente. Frente a sus familiares y conocidos fingiría dignidad, y promovió el divorcio, pero secretamente volvería a verla y le propondría la reconciliación, según aduce el ensayista. La descocada chica rechazó una y otra vez al taciturno ex marido, pero ante su acoso decidió marcharse al East End londinense y ocultar su genuina identidad, pasando a valerse del alias de Mary Jane Kelly.

El hombre la buscaría tenazmente, íncluso por medio de detectives privados -arguye el escritor-, y con el paso del tiempo sin lograr el retorno de su amada, ni menos aún poder evitar que se prostituyera, su intenso amor se trocó en odio furibundo. El despechado sujeto también empezó a sufrir fracasos profesionales. De ser editor de periódicos, y ganarse con solvencia la vida, pasó a incurrir en el plagio periodístico. El Daily Telegraph lo demandó y estuvo al borde de perder su licencia. Estas peculiaridades las considera el doctor Wynne Weston como signos de que su acusado padecía un trastorno esquizoidal de la personalidad en proceso de irreversible agravamiento.

Concuyendo el investigador que su sospechoso era, en suma, un psicópata -enfermo pero inteligente-, tal condición insana lo llevaría a tramar por venganza el crimen de la ahora inalcanzable mujer. El punto más flojo de la hipótesis estriba en el sistema empleado para lograr su perverso objetivo. Craig asesinaría sádicamente a cuatro rameras sólo para fabricar el mito de que un victimario serial asolaba Whitechapel. Eludiendo los cercos policiales se valdría de sus contactos y de su habilidad como reportero de noticias, pues sería asignado a cubrir los crueles sucesos del otoño de terror (ya vimos que se lo supone asistiendo a la encuesta judicial por la muerte de Annie Chapman).

Pero eso no es todo: el periodista devenido en criminal también sería redactor de las cartas que inundaron a Scotland Yard. Su golpe maestro radicó en escribir la misiva "Querido jefe", y destinarla al Jefe de Redacción de la Agencia Central de Noticias de Londres. Los americanismo que se detectan en aquella epístola delatarían a Craig, que cuando joven vivió un par de años en los Estados Unidos, y se le habría pegado el gracejo local .

Como curtido periodista que era, el homicida sabía que lo mejor era dirigirse a esa agencia noticiosa, porque ella diseminaría la información a todos los periódicos de Ingaterra, y aún del exterior.

Demostrando conocer bien el etalante sensacionalista de sus colegas, el reportero asesino acertó. Pronto el Star se autoenviaría cartas del "Destripador", el Daily Telegraph haría lo mismo, también el Times, y así sucesivamnte, hasta forjarse la gigantesca eclosión mediática que haría creer al mundo en la existencia de un anónimo aniquilador de mujeres que se autodenominaba "Jack el Destripador". Empero, el gestor de tan arriesgada conjetura no aporta muestras caligráficas de su sospechoso, que sirvan para acreditar que en verdad aquél fue el emisor de las tenebrosas epístolas.

Desde su nuevo domiclio, sito en el 306 de Mile End Road (Whitechapel), el despechado y perverso reportero aguardaría el momento propicio para cobrarse la presa humana que configuraba su verdadero objetivo: Mary Jane Kelly; es decir: su traicionera ex mujer Elizabeth Weston Davies.

El responsable de la novedosa hipotesis habría solicitado al Ministerio de Justicia inglés la exhumación del cadáver yacente en la tumba dedicada a la quinta víctima del Ripper, en cuyo cementerio le efectuasen un reportaje divulgativo que circula por la web. Análisis de ADN mediante, procuraría acreditar que esos restos le son genéticamente compatibles y, por tanto, que pertenecen a su bisabuela Elizabeth, y no a la Mary Jane Kelly que registra la historia oficial.

Reconoce que de devenir negativa esa identificación su hipótesis se derrumbaría. Y aunque si los resultados científicos fueran positivos ello no probaría que Craig fue el asesino de esa occisa,  y también Jack el Destripador, al menos se tornaría más verosímil su planteamiento. Pero, convenientemente, tales pruebas -si es que llegan a concretarse- han quedado postergadas y, entre tanto, ya ha salido a la venta en versión papel y digital la pintoresca teoría del doctor Wynne Weston Davies, que líneas arriba resumimos.

Galería de imágenes

 Francis Spurzhein Craig asistiendo a la encuesta judicial por el crimen de Annie Chapman

Presunta imagen de Elizabeth Weston Davies alias Mary Jane Kelly

Wynne Weston Davies en el cementerio

Portada del libro que expone la controversial teoría

jueves, 26 de marzo de 2015

Jack, el asesino psicópata


Tiempo ya ha pasado desde el sangriento año 1888 en Londres, y la leyenda sobre ese asesino serial continúa en la atención ciudadana y literaria

    El hombre que años después se convertiría en sospechoso de haber sido Jack el Destripador sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal cuando tañeron las campanadas de la cárcel de Sing Sing. Su hora final había sonado. Muy pronto los guardianes vendrían a buscarlo para conducirlo al patíbulo. Aunque alemán de nacimiento, y de fe católica, nunca había respetado los mandamientos cristianos, ni mucho menos, observado las palabras de las sagradas escrituras.

   Pero aquella alborada, mientras fenecía su última noche sobre la tierra, la había pasado en constricción, recibiendo el auxilio espiritual de dos sacerdotes. Humilde, se había arrodillado y vaciado su alma desahogándose ante los servidores del Señor. ¿Qué enormidades les había confesado? Los religiosos ahora tendrían que cargar para siempre con sus terribles confidencias en acatamiento del secreto de confesión. ¿O tal vez, ni siquiera ante éstos el reo había abierto en verdad su alma?

    Ya era bastante la culpa conocida por todos con la cual cargaba: el asesinato espantoso de una pobre viuda. Muerte a cuchillo, sin piedad. Ahora la justicia norteamericana que lo había atrapado no tendría conmiseración para con él. Los guardias ya lo sacaban a rastras de su celda rumbo a la cámara del horror. Se sentó en la silla eléctrica sin oponer resistencia. Se quitó los lentes entregándoselos a su sacerdote confesor preferido y le pidió que los guardase para que fueran enterrados con él.

    El padre Bruder se mantuvo bien cerca suyo mientras lo amarraban con las correas. Los asistentes pudieron ver muy claras las lágrimas en los ojos del siervo de Dios. El condenado le besó la mano. Luego, esbozando una forzada sonrisa cómplice, hizo un gesto amistoso hacia el verdugo: “Yo también he estado en el lugar en que tú estás ahora” parecía decirle.

   Y es que, después de todo, también él había sido verdugo de sus semejantes, y sin siquiera concederles un juicio previo justo, ni la menor posibilidad de defensa.

    Wardem Sage, el ejecutor pagado por el Estado, le agradeció el saludo y se puso presto a su tarea. Le ajustó los electrodos a la base del cráneo y en la pantorrilla de la pierna derecha. El médico de la prisión, doctor Irvine, se aproximó también. Chequeó de un vistazo la situación y dio media vuelta dirigiéndose a Mr. Davis, el carcelero encargado de aplicar la corriente eléctrica.

    Con un ademán adusto le indicó que procediera. El funcionario bajó la manivela y el primer impacto eléctrico atravesó por el cuerpo del ajusticiado. La corriente escaló a mil ochocientos veinte voltios. Eran las 11 y 16 minutos de la mañana del lunes 27 de abril de 1896. Tras treinta segundos, el voltaje descendió hasta los trescientos voltios. El circuito se apagó e, instantes después, volvió a encenderse atizando un segundo relámpago de otros mil ochocientos veinte voltios.

   Eran las 11 y 17 minutos. El penado estaba muerto. Calcinado y humeante en las zonas donde sufrió las descargas. Su rostro azulado delataba, sin dejar lugar a dudas, que la vida se le había escapado definitivamente. Pero debía seguirse con el rito fúnebre. Los forenses Irvine y Gibbs, hurgaron bajo la camisa del reo y palparon su pecho examinándolo con sus espectrómetros, tras lo cual con parcos movimientos de sus cabezas confirmaron el deceso.

   La menguada asistencia soltó la respiración trabajosamente contenida. A las 11 y 18 minutos, Carl Ferdinand Feigenbaum, el asesino psicópata, fue declarado clínicamente  muerto.

    La historia oficial, por su parte, registra la comisión de un único asesinato de segura autoría de este delincuente el cual –atento a su saña y gravedad– bastó para condenarlo a muerte.

    La viuda Juliana Hoffman contaba con cincuenta y seis años el 1º de setiembre de 1894, fecha en cuya madrugada moriría degollada. Por entonces vivía junto con su llamativamente joven hijo, de sólo dieciséis años, en una habitación precaria sita en la calle Sexta Oriente de la ciudad de Nueva York, en el segundo piso de un vetusto edificio en cuya planta baja se emplazaba un almacén.

   Una segunda muy modesta habitación de la cual eran inquilinos se la habían subarrendado a un alemán de cincuenta y cuatro años. El miércoles 29 de agosto dicho sujeto había acudido a la casa en respuesta al anuncio colocado en un periódico barrial donde se ofrecía en alquiler la pieza con muebles.

    –Es justo lo que andaba buscando. Me quedo con ella –anunció aquél, mientras le daba la espalda inspeccionando el cuarto–. Segundos más tarde, como si repentinamente hubiese recordado algo, volviéndose hacia ella añadió:

    –Eso en caso de que usted esté conforme con que yo sea su inquilino, por supuesto.

    – ¿Porqué no habría de estarlo? Usted parece ser un buen hombre. Y también le ha caído simpático a mi hijo cuando vino hoy por la mañana y yo no me encontraba. Si dispone del dinero que pido como adelanto la pieza es suya– repuso la interpelada.

    Aquella era una mujer de mediana estatura, ataviada para la ocasión lo más decorosamente que sus exiguos ingresos le permitían. Lucía su larga cabellera negra atada con un rodete, y en ella las canas que principiaban a aparecer enmarcaban una cara casi sin arrugas. Era un rostro más agraciado del que cabría esperar considerando su edad y las muchas fatigas que la vida le impusiera. También destacaba su cuello, el cual parecía más blanco, terso y esbelto que el resto de su cuerpo.

    Y ese cuello –más exactamente la garganta– cautivó la atención de su interlocutor, quien enfocó allí, durante un fugaz instante, una intensa y extraña mirada.

    –Gracias señora. Estoy contento por haberme puesto de acuerdo con usted tan rápidamente– afirmó el otro con tono deferente, al tiempo que extendía su diestra para que ella se la estrechara en gesto de aprobación. Aunque la palma era áspera, su mano poseía una delicadeza contrastante con la tosquedad de sus demás rasgos.

    El tipo con el cual Juliana acababa de cerrar el trato se había presentado como marinero sin ocupación actual. Dio la excusa de que al día siguiente comenzaría a trabajar de florista en una tienda local y que, merced a ese salario, podría hacer frente al pago del precio pactado, consistente en un dólar por semana más ocho centavos diarios a cambio del desayuno. No obstante, se apresuró a informar que traía consigo los dos dólares requeridos a fin de señar la habitación.

    Próximo a las 22 horas del viernes 31 de agosto de 1894 el flamante subarrendatario permanecía en su pieza, y con una oreja aplicada contra la pared divisoria aguardó, expectante, que se hiciera silencio del otro lado. En la habitación contigua, y sin recelar de las intenciones de su taimado huésped, dormía la señora en su cama instalada al costado de una de las ventanas, en tanto su hijo reposaba en un largo sillón. Ese improvisado lecho se ubicaba en el extremo opuesto y sobre el mismo se cernía una cerrada penumbra.

    A causa de la oscuridad fue que el inquilino, tras abrir furtivamente la puerta, no se percató que una segunda persona estaba dentro. Las dos noches anteriores había visto al chico escabullirse para penetrar en el apartamento de la criada del edificio, y dio por seguro que también esta vez aquél pernoctaría allí. Pero la sirvienta tenía marido, un viajante de comercio que precisamente retornó a su hogar ese día.

    El joven durmiente representó el único testigo ocular del homicidio. Se levantó sobresaltado a mitad de la noche al oír los gritos proferidos por su madre y vio al intruso reclinado sobre la cama de la mujer, la cual dificultosamente pugnaba por ponerse en pie y repeler la agresión. El atacante esgrimía un cuchillo en su mano derecha y ya había inferido una incisión en el cuello de la señora. Esa acometida no fue mortal, y seguramente la ejecutó el ofensor cuando su víctima permanecía dormida.

    El muchacho acudió en defensa de su progenitora y pateó al criminal, mientras éste permanecía de espaldas, haciéndolo trastabillar, intervención que le permitió a la agredida reincorporarse e intentar el escape.

    Feigenbaum dio media vuelta encarándose con el jovencito y lo amenazó blandiendo en alto el cuchillo sangrante, gesto que hizo a éste huir hacia la ventana, treparse a la cornisa y comenzar a gritar en dirección a la calle en demanda de socorro. Sus patéticos alaridos de ¡crimen!,¡policía! alertaron a vecinos y transeúntes, quienes empezaron a congregarse en el pórtico de ingreso del edificio.

     Empero, Juliana Hoffman se hallaba mal herida, y el agresor capitalizó su debilidad para seguir ofendiéndola encarnizadamente. Le hizo perder el equilibrio y se montó sobre ella inmovilizándola, luego de lo cual rasgó su garganta hasta herir la vena yugular con un profundo tajo propinado de izquierda a derecha en la base del cuello, frente a la impotente mirada de su hijo que continuaba encaramado sobre la cornisa reclamando desesperadamente auxilio.

    La ayuda llegó pronto pues, además de vecinos y curiosos, dos agentes de la comisaría local hicieron acto de presencia y persiguieron al prófugo mientras éste procuraba evadirse atravesando un corredor aledaño, con sus manos y su camisa manchadas de sangre.

    El delincuente comprendió que no podía salir por la entrada principal del edificio, que estaba atestada de gente, y optó por trepar al techo, quitándose el calzado para hacer mejor equilibrio. Desde allí se lanzó rumbo a un corredor que daba a la calle Sexta; pero su maniobra fue percibida y los policías lo interceptaron, reduciéndolo al cabo de una corta refriega. Lo trasladaron mediante la fuerza a la habitación del crimen, donde fue identificado por testigos que habían acudido en defensa de la moribunda.

    El detenido no se amilanó frente a las acusaciones. Por el contrario, de inmediato improvisó una coartada que –aunque increíble– mantuvo tercamente a lo largo de su ulterior enjuiciamiento penal. Pretextó a sus aprehensores que el asesino era un conocido suyo de apellido Weibel al cual por caridad había permitido pernoctar en su cuarto, puesto que el individuo le aseguró que no tenía donde quedarse.

    El pérfido acompañante esperó a que Carl se durmiese y se deslizó hacia la habitación de Mrs. Hoffman con el propósito de robarle. Al ser sorprendido por la señora comenzó a apuñalarla provocando sus agónicos gritos. Los ruidos lo despertaron y –según pretendió– se trabó valientemente en combate con el ladrón, aunque con escasa fortuna porque aquél era más robusto y lo dejó inconsciente de un duro golpe.

    Una vez repuesto, y al percibir el tremendo alboroto suscitado, creyó que lo irían a confundir con el homicida y entró en pánico. Por eso fue que escaló hasta el techo, y desde allí saltó con destino al corredor donde los policías lo aprehendieron. Justificó las secuelas hemáticas que impregnaban sus manos y su camisa como fruto del forcejeo con el tal Weibel, quien quedara ensangrentado a raíz de su salvaje ataque contra la mujer.

    En el escenario del atentado se hallaron evidencias materiales que incriminaban al presunto florista. Por ejemplo, en la habitación que rentaba se ubicó una vaina de tela azul para guardar cuchillos y una piedra de las que se usaban a fin de afilar herramientas cortantes.

    Pero, claro está, lo más lapidario a los efectos de condenarlo fueron los numerosos y armónicos testimonios oculares ofrecidos en su contra, así como el hecho de haber sido apresado en plena fuga con las manos y ropas ensangrentadas y, sobre todo, el dramático testimonio rendido entre sollozos por el adolescente hijo de la víctima.

    La razón del homicidio aducida por la acusación fiscal consistió en el hurto, pues Juliana Hoffman guardaba en su armario una modesta suma dentro de un libro de oraciones, y ese importe no se recuperó. No obstante, si el móvil fincaba en robar no se explica por qué motivo el supuesto caco portaba un recio cuchillo si –conforme se destacó en el proceso– el hombre sabía dónde se ocultaba ese dinero y el armario no estaba cerrado con llave.     Asimismo, si nada más quería hurtar no se justificaba que penetrara a la habitación sabiendo que allí se encontraba la señora, cuando hubiera resultado más seguro aguardar a que aquella se retirase y después entrar a cometer el latrocinio.

    Y lo que torna aún menos plausible la hipótesis del robo como explicación de ese crimen es la tan sañuda vesanía de la cual hizo gala el ultimador. En realidad, todo apunta a que se trató del clásico asesinato perpetrado por placer, o motivado en la compulsión de “matar por matar” que obsesiona a un victimario en cadena.

    A términos de la última centuria la idea de que podían operarse crímenes carentes de las razones tradicionales, como el lucro, la codicia, el odio o la venganza no gozaba de crédito, dado el estado incipiente por el cual atravesaba entonces la criminología.

    Durante su enjuiciamiento el homicida fue patrocinado por dos letrados que actuaron de oficio. Uno de ellos fue William Sandford Lawton, quien era socio de un bufete de abogados de Nueva York. Luego de fallecido en la silla eléctrica su patrocinado, Lawton concluyó que no tenía ya razones legales para seguir atado por su voto de confidencialidad y optó por hacer públicas unas declaraciones que le había formulado su asistido, así como por dar sus opiniones personales respecto de determinado escabroso tema.

    Ese asunto consistía en que el curial estaba persuadido de que su malogrado cliente no era otro más que el, ya por esas fechas célebre y tétrico, desmembrador de prostitutas de Whitechapel, Inglaterra.

    En el curso de los dos años que mediaron entre la detención del matador de Mrs. Hoffman y su ejecución, defensor y defendido sostuvieron muchas conversaciones y llegaron a construir una cordial relación. Debido a ello, el preso le habría confiado a Lawton que periódicamente se veía poseído por una enfermedad pasional totalmente absorbente que se apoderaba de él en forma irrefrenable, al extremo tal de que sólo podía satisfacer su ardiente amor hacia las mujeres matando y mutilando a una de éstas.

    En declaraciones a la prensa norteamericana, el abogado manifestó que el impacto ocasionado por esa confidencia fue tan poderoso que no supo qué camino debía tomar, y que enseguida le vino a la mente el recuerdo de las carnicerías consumadas por Jack el Destripador en Londres. Señaló que comenzó a indagar los movimientos del convicto, y se enteró que este hombre se hallaba presente en Wisconsin cuando se produjeron unos crímenes de mujeres en aquel estado.

    Otro de sus asertos residió en que al insinuarle a su asistido acerca de su posible participación en los homicidios del East End aquél se puso repentinamente muy serio, y le respondió: “El Señor es el responsable de mis actos y sólo ante él puedo confesarme”.

    Lawton insistió en que el tono empleado por su patrocinado implicó una clara confesión de culpa que lo dejó conmocionado, y lo determinó a cotejar las fechas de las mutilaciones victorianas con las actividades del penado. Dijo que, tras chequear esas fechas, le preguntó a aquél si había visitado Londres durante tales emergencias, a lo cual su representado contestó en todos los casos que sí, y luego cayó en un profundo y sepulcral silencio. Igualmente, se habría interrogado al germano si disponía de conocimientos técnicos sobre cirugía y disección. En esta ocasión, según su abogado, el requerido: “Fingió una ignorancia que no era natural”.

    Esta actitud del reo indujo a Lawton a sostener:

    «El hombre era un diablo. El motivo de sus crímenes era un espantoso deseo de mutilar. Me juego mi reputación profesional que si la policía rastrea sus movimientos en los últimos años ello los conducirá a Inglaterra, Londres y Whitechapel. Ha estado viajando como marinero por toda Europa y estuvo en el tiempo de los crímenes en aquel país. A primera vista parecía un simplón, casi un imbécil, pero en realidad era un sujeto muy listo. Tenía medios propios como quedó demostrado por un testamento que hizo antes de morir, aunque siempre expresó que vivía en la mayor pobreza».

    También el fiscal de la causa, Vernon M. Davis, concordó con el parecer vertido por el defensor, agregando por su parte: “Si se probara que Feigenbaum fue Jack el Destripador ello no me sorprendería tanto, pues siempre lo consideré un tipo astuto, rodeado de mucho misterio, y nunca se supo bien sobre su verdadera vida”.

    De su astucia y su afán por despistar dio debida cuenta su comportamiento al cabo del juicio. Por ejemplo, declaró que era oriundo de Karsruhe, Alemania, aserto que fue contradicho por un testigo, quien aseguró que el reo le había comentado ser originario de una ciudad llamada Capitolheim. El encausado alegó haber hecho su arribo a los Estados Unidos en febrero de 1890. Esta información no fue ratificada y sólo se supo, con relativa certeza, que estuvo en este país luego de 1891.

    De acuerdo depuso otro testificante, el recluso le afirmó que era casado. También este dato queda en duda, puesto que no sólo no proporcionó detalles relativos a la existencia de su esposa sino que, al ser arrestado, se identificó frente a la policía como de estado civil soltero. Aseveró que su ocupación era de jardinero y que igual labor cumplía en Alemania. Trató en todo momento de ocultar que su actividad básica era la de marino mercante, aunque ciertas declaraciones suyas indirectamente avalan que esa resultaba su profesión. También escondió pormenores de su arribo y estancia en Norteamérica.

    Se limitó a contar que tras desembarcar en tierra estadounidense había residido en Orange County, California. Más tarde, ante preguntas directas que le formularon en la corte, admitió haber residido sucesivamente en las ciudades de Port Austin, Michigan, Sioux Falls, Dakota del Sur y Sioux Falls, Oregón.

    No quedó claro si esas interrogantes le fueron planteadas porque le habían sido requisados documentos donde se mencionaban dichas ciudades -lo cual hacía presumir que residió en ellas- o a los efectos de comprobar si estaba conectado con crímenes o ataques contra mujeres que hubieran sucedido en estos lugares. En general, se mostró reacio a informar donde estuvo afincado o qué clase de trabajos realizó.

    Lo más seguro fue que no entró al país de manera oficial, dado que en la Oficina de Migraciones no se ubicaron constancias del ingreso de ningún Carl Feigenbaum por aquellos días.

    Durante la investigación le fue detectada, dentro de la habitación que rentaba a su víctima, una caja conteniendo documentos varios. Entre éstos destacaba un manojo de cartas remitidas por una mujer de nombre Magdalena. El condenado pretendió que se trataba de epístolas que le mandaba una señora desde Europa para que él después las hiciera llegar a manos de un marino conocido suyo de nombre Anton Zahn, quien al tiempo de las remisiones carecía de domicilio fijo. Pero lo más factible es que las misivas fueran dirigidas a él mismo; extremo que indujo a pensar que ese debía ser su nombre verdadero y que Feigenbaum era un apellido falso.

    Sobre cuál conformaba su familia, al principio aseguró que vivía sólo en Estados Unidos y que tenía dos hermanos en Alemania, aun cuando luego se desdijo de esto último. Más adelante, se supo que tenía una hermana llamada Magdalena Strohband, y debió reconocer que las cartas se le habían enviado a él y no al pretendido Anton Zahn.

    Se especuló también que el sujeto podría haber escamoteado esos papeles con el fin de apropiarse de identidades ajenas.

    Por cuanto venimos relevando, aquel hombre era un mentiroso compulsivo y un manipulador nato, tal cual quedó patentizado por sus actitudes durante el proceso. Tales facetas pautan su personalidad definiéndolo como un psicópata criminal, en tanto esos rasgos devienen inherentes a este tipo de transgresores. En efecto, según señala el gran criminólogo Robert Ressler:

      «…Entre los criterios básicos para reconocer el comportamiento de un psicópata se encuentran la negación, la mentira continua y el intento permanente de manipulación. Es típico de la forma en que una personalidad psicopática lo niega absolutamente todo… el asesino trata de matizar para dar a cada detalle un giro que lo favorezca. Muchos asesinos en serie niegan su responsabilidad, creyendo que mientras sigan mintiendo podrán seguir con vida… »

    Aunque fue su abogado quien sugirió inicialmente la posibilidad de que este individuo hubiera sido Jack el Destripador, esta sospecha se diluyó con rapidez. Su otro letrado defensor no suscribió el mismo parecer lo cual –adicionado al hecho de que William Lawton falleció en 1897 tras suicidarse por causas desconocidas, dando cabida a pensar que era inestable– conllevó a que los periodistas y la gente pronto se olvidasen de Carl Feigenbaum.

viernes, 11 de julio de 2014

Historias de criminales seriales: Bela Kiss, el amante perverso


    ¿Cuántos son los maridos de tiempos antiguos o modernos que tras descubrir la infidelidad de su cónyuge toman venganza matando a terceras personas? Esto parecería que es llevar la ausencia de motivaciones lógicas a extremos demasiado absurdos.

    Pero toda regla tiene su excepción.

    Una de las muy escasas anécdotas que adquirieron truculenta resonancia en donde se adujo que el despecho de un esposo burlado fue la razón de una saga homicida se verificó en tierras de Hungría a principios del pasado siglo en el poblado de Czinkota, próximo a la capital Budapest, y tuvo por protagonista a un hojalatero de mediana edad llamado Bela Kiss.

    Dicho sujeto –de acuerdo se ha pretendido- fue un asesino enamorado a quien la ira producida por la infidelidad condujo al desquicio y lo transformó en un implacable segador de vidas. Además de matar a otras mujeres, este hombre no perdonó a su adúltera esposa, la cual se sumó a la lista de cadáveres femeninos que el cruel victimario fue dejando a su paso.

    Bela Kiss poseía una empresa metalúrgica que prosperó en el pequeño pueblo. Al afincarse en el mismo trajo consigo a su flamante esposa María, varios años menor que él. Muy rápidamente se ganó el aprecio de los habitantes por su carácter atento y servicial. En la amplia casa que arrendó empleó a dos criados que trabajaban durante el día y pernoctaban en sus propios domicilios por expreso pedido de su patrono.

    El comerciante solía pasar las tardes fuera de su hogar enfrascado en sus negocios, ausencias que eran aprovechadas por María quien recibía las visitas y atenciones de un apuesto artista itinerante de nombre Paul Bihari. Tanto los servidores como los vecinos detectaron la infidelidad –la muchacha al parecer era muy descuidada y dejaba las ventanas abiertas cuando practicaba sexo con su amante- y compadecidos por la situación decidieron poner al tanto al pobre esposo.

    Un grupo de notables del pueblo se dirigió hacia la mansión arrendada para comunicarle la triste noticia al marido engañado. Para su sorpresa, aquél los atendió con semblante sombrío. Invitó a los visitantes a sentarse en la sala de estar y les leyó una carta que su mujer le habría dejado. En ella la infiel le comunicaba su intención de abandonarlo para siempre y le pedía que no fuera a buscarla. Tras la lectura el anfitrión se derrumbó y prorrumpió en un llanto que dejó turbados a los visitantes, los cuales se pusieron a la tarea de darle ánimo.

    Bela Kiss pareció reponerse pronto de su desgracia. Contrató a una viuda de apellido Kalman como ama de llaves en sustitución de los anteriores criados. Con el dinero acumulado fabricó unos depósitos cilíndricos de gran porte que guardaba en su sótano. También comenzó a recibir visitas de jóvenes mujeres, en su mayoría atractivas. Las chicas pasaban la tarde recorriendo los jardines en compañía del maduro y caballeroso galán quien luego les mostraba las habitaciones y demás dependencias de la finca. En el momento oportuno, el ama de llaves servía el té, tras lo cual su patrono le solicitaba que se retirase y volviera días más tarde.

    Para desconsuelo de la viuda –la cual deseaba sinceramente que su amable empleador consiguiera al fin una nueva esposa- al retornar comprobaba que ninguna de aquellas jovencitas se había quedado a vivir con él.

    Estaba cercana la Primera Guerra Mundial, y el Condestable de Czinkota –cargo equivalente al de un Alcalde- se apersonó un día hasta el domicilio de Bela Kiss con quien había trabado amistad. Al aproximarse la inminente conflagración iban a ser necesarias ingentes cantidades de gasolina, y se rumoreaba que el hojalatero acumulaba muchos litros de aquel combustible dentro de unos barriles ocultos en su sótano.

    Con generosidad su amigo ofreció entregarle esos bidones con su valioso líquido para ser utilizados en beneficio de los pobladores cuando las circunstancias así lo exigieran. Acto seguido, destapó uno de los recipientes, y el jerarca pudo observar que rebozaba de gasolina. Antes de marcharse el Condestable agradeció efusivamente el gesto altruista y el sentido de previsión del cual Bela hiciera gala.

    Mientras el hombre proseguía con sus románticas citas, en los periódicos de Budapest se daba cuenta de la extraña desaparición de una serie de mujeres. La policía sospechó de un tal Hoffman aunque no pudieron echarle el guante.

    Al estallar la guerra fueron mermando los viajes que el comerciante emprendía a la capital, y las visitas femeninas que recibía. Promediando el año 1916, agotado ya el cupo para la conscripción de los ciudadanos más jóvenes, el ejército húngaro se vio forzado a enrolar a los más maduros y convocó a Kiss para alistarse.

    El hojalatero trató de eludir la leva pretextando que sufría del corazón, pero una revisión médica comprobó que mentía y lo reclutaron. A los pocos meses al poblado llegó la infausta noticia de que uno de sus más queridos y prominentes habitantes había perecido en el campo de batalla.

    El Condestable recordó la promesa de su amigo sobre poder disponer de la gasolina que guardaba en su casa. La situación era crítica y no había tiempo que perder. El principal del pueblo se encaminó hacia la mansión del presunto occiso acompañado por unos soldados y le pidió al ama de llaves que le franquease el ingreso. Los toneles pesaban extraordinariamente. Tanto era así que fue precisa la fuerza de dos milicianos para cargar a uno sólo de ellos. El jerarca local buscó una herramienta e hizo palanca para abrir la hermética tapa. Miró hacia dentro y le fue evidente que no contenía líquido alguno.

    ¿Por qué estaba tan pesado el tonel entonces? Observó con mayor detenimiento auxiliándose con la lumbre de una linterna. Entonces, mientras luchaba por controlar a su revuelto estómago, lo supo.

    Estaba viendo el desnudo cuerpo de una mujer relativamente bien conservado en alcohol. En torno a su cuello aún portaba enroscada la bufanda de seda mediante la cual la habían estrangulado. Los militares repitieron la operación de acarrear y destapar aquellos recipientes. De los siete toneles restantes únicamente uno de ellos contenía gasolina. Otros seis cadáveres en similar estado fueron extraídos de los respectivos barriles.

    Una vez que se dio parte a la policía de Budapest se comprobó que el supuesto Hoffman no era otro sino Bela Kiss, el cual se valía de dicho seudónimo. Se supo que el sujeto contactaba a las féminas a través de anuncios matrimoniales de los periódicos y que diecinueve de ellas respondieron sus mensajes. Después de averiguar la situación económica y familiar de las candidatas el seductor elegía a las presas más fáciles: aquellas que carecían de familiares o que él calculaba no serían echadas de menos.

    Aparte de los cuerpos hallados dentro de los bidones fueron localizados en el mismo recinto los cadáveres de María y de su amante. Los restos de otras seducidas aparecieron flotando en alcohol en el interior de sendos barriles ocultos en un almacén que el victimario arrendaba en un villorrio cercano a Czinkota.

    Durante ese período el verdugo de los toneles fue el prófugo más buscado por la policía, pues no se confiaba en el reporte de que había fallecido. La búsqueda pareció concluir cuando desde el frente de combate se avisó que el individuo efectivamente estaba muerto. Tiempo más adelante surgirían severas dudas porque el cuerpo que se creía era de Kiss pertenecía a un juvenil soldado de apenas veinte años, mientras que el matador rondaba los cincuenta. Se había tratado de un caso de usurpación de identidades. El criminal seguía desaparecido.

    Variados rumores llegaron pretendiendo develar el escondite del tránsfuga. El dato más firme procedió de la Legión Extranjera francesa donde un legionario aportó las señas de un compañero que había alardeado de haber hecho fortuna seduciendo y asesinando a mujeres ricas. Los rasgos coincidían, pero cuando la policía vino para aprehenderlo el sospechoso ya había puesto pies en polvorosa.

    También se alegó con insistencia que había escapado rumbo a Sudamérica donde su tono de piel moreno le permitía hacerse pasar por un oriundo. Pero lo cierto fue que jamás se supo nada más de él, y tan sólo quedó tras de sí el recuerdo de una leyenda que parece increíble.

    Bela Kiss fue un asesino que empezó su letal carrera pasados sus cuarenta años. Esa representó otra de sus rarezas, pues muy pocos casos se conocen en que un ultimador serial no consumase su crimen primerizo a una edad más temprana.

    ¿Se trató de un marido burlado al cual la infidelidad y la frustración amorosa transformaron en un perverso homicida en serie? O, por el contrario: ¿El engaño de su cónyuge fue sólo un suceso aislado que para nada incidió en sus asesinatos?

    Carecemos de información acerca de su vida antes de arribar al pueblo que fuera escenario de sus inauditas fechorías. El misterio en torno a su casi mítica figura lo envuelve todo.

jueves, 3 de julio de 2014

Historias de asesinos seriales: Herman Webster Mudget, también conocido como H. H. Holmes y como "Doctor torturador"


HERMAN  WEBSTER  MUDGET : El Doctor Torturador

   Herman Webster Mudget nació en el año 1860 en la localidad de Gilmanton, Norteamérica, en una familia honesta y puritana. A muy tempana edad manifestó un interés enfermizo por las mujeres que lo transformó con el tiempo en un obseso sexual y en un sádico.

   A los dieciocho años se casó con una joven adinerada, Clara Louering. Se aprovechó de la fortuna de su mujer para concluir sus estudios de medicina y obtener su doctorado con honores en la Universidad de Michigan. Una vez cumplido su objetivo, y dejando a su cónyuge en la ruina, huye y se instala en la casa de huéspedes de una respetable y hermosa viuda que lo mantiene gracias a la renta de su pequeño hotel.

   Sin embargo, no conforme con los beneficios que recibe, transcurrido cierto tiempo el futuro victimario múltiple también abandona a esta mujer y se instala durante un año en el estado de Nueva York donde pasa a ejercer su profesión de médico. Finalmente se radica en la ciudad de Chicago, donde prevaleciéndose de su imagen de hombre distinguido, alto y elegante, consigue muchas conquistas amorosas.

   En sus redes cae una joven bonita y millonaria, Myrta Belknap, pero la chica no corresponde a sus galanteos razón por la cual, para evitar que se descubra que sigue casado, Mudget decide cambiar su nombre por el de doctor H. H. Holmes. Y con su nueva identidad logra desposar a la muchacha. Se transforma en bígamo y, de tal suerte, estafa a la familia de su nueva esposa en cinco mil dólares, cantidad descomunal para aquella época. Con ese dinero mal habido manda edificar una residencia palaciega en la localidad de Wilmette.

   Entre tanto, y siguiendo su impulso amoroso y su irrefrenable codicia, obtiene el cargo de gerente de una farmacia en Englewood, cuya dueña es una viuda a la cual engatusa fácilmente. Mudget/Holmes se convierte en su amante y logra que ella le deposite su confianza. Valiéndose de un ardid tuvo en su poder la contabilidad del negocio, lo cual le permite falsificar los libros contables y apropiarse de los fondos. Una vez culminado exitosamente su plan delictivo, se adueña directamente de la totalidad de los bienes y hace desaparecer a su incauta enamorada en lo que posiblemente representaría su inicial homicidio.

   En el año 1893 estaba próxima a verificarse una importante exposición en Chicago, llamada “La primera feria mundial”, y el doctor Holmes pensó que esa devendría la oportunidad de su vida, pues dicho evento iba a atraer a numerosa cantidad de mujeres jóvenes, atractivas, solteras y millonarias.

   Por medio de una sucesión de estafas compró un terreno y emprendió la construcción de un fastuoso hotel que semejaba una fortaleza medieval. El criminal diseñó personalmente el interior del lugar dado que las compañías que habían iniciado los trabajos edilicios abandonaron la empresa. De esa forma Herman Webster Mudget resultó el único que conocía los escondrijos de la imponente arquitectura.

   Las habitaciones contaban con trampas y puertas corredizas que desembocaban en un laberinto de pasillos secretos, y en las paredes de éstos había mirillas disimuladas desde donde el vesánico galeno observaba a sus desprevenidas invitadas deambular por la finca. Debajo de los pisos de madera instaló una conexión eléctrica que le posibilitaba, a través de un panel indicador dispuesto en su oficina, rastrear a sus futuras víctimas. Manejaba, además, grifos para bombear gas los cuales, conectados a las habitaciones, le permitían eliminar a varias mujeres sin tener que moverse de su sitio.

  Cuando tiempo más adelante los errores incurridos por el terrible cirujano determinaron su aprehensión, los policías que allanaron aquella extraña morada en busca de pruebas se llevarían una sorpresa rayana en el estupor. Ocurrió que:

“…descubrieron que el hotel también había sido utilizado como cámara de torturas y sala de ejecuciones. Los agentes encontraron cámaras herméticas dentro de las que se podía bombear gas, un horno lo bastante grande para contener un cuerpo humano, cubas de ácido y habitaciones equipadas con instrumental quirúrgico de disección y toda la parafernalia de la tortura. En el juicio, un testigo de la acusación describió su trabajo como empleado de Holmes, quien le había contratado para que descarnara tres cadáveres, a razón de 36 dólares por cadáver…”  (*)

   Este aberrante artificio estuvo concluido un año antes de inaugurarse la exposición de Chicago, el 1 de mayo de 1893, y el doctor Mudget puso en funcionamiento su mansión de los horrores llevando hasta ella a todas las jóvenes solas y ricas que conocía en la feria, procurando que éstas residieran en estados alejados para evitar la inoportuna visita de amigos y parientes. Muchas de las féminas fueron atraídas hasta ese recinto mediante promesa de matrimonio, y luego se las forzaba bajo tortura a firmar poderes en favor del médico donde le cedían toda su fortuna. A otras chicas las asesinaba con el objeto de cobrar los seguros cuyas pólizas obligaba a transferirle.

   En el macabro hotel, las víctimas eran ultrajadas, sometidas a tormento y, finalmente, asesinadas. Acto seguido transportaba los cadáveres sobre montacargas y los trasladaba hacia los sótanos donde los disolvía en grandes piletas con ácido sulfúrico o los cremaba dentro de una enorme estufa. Otro método de eliminación consistía en sumergir despojos humanos en cal viva.

   Todos los artilugios obrantes en el sórdido palacete estaban preparados con el fin de saciar los perversos instintos de su dueño. Había construido una habitación en cuyo interior guardaba abundante cantidad de instrumentos de suplicio. Entre ellos –y aunque parezca increíble– instaló una máquina para hacer cosquillas en los pies con la cual mataba de risa a quienes así atormentaba. Antes de desembarazarse de los organismos, solía desmembrarlos o despellejarlos, para practicar bestiales experimentos.

   Las ganancias que le reportaba su hotel mermaron pronunciadamente al terminar la exposición, por lo que se vio en la necesidad de buscar otras salidas a fin de sanear su empobrecida economía. Elucubró entonces prender fuego al último piso de su mansión con el propósito de que la compañía de seguros tuviera que pagarle una cuantiosa indemnización de sesenta mil dólares de aquella época.

   El proyecto delictivo se frustró pues la empresa aseguradora indagó a fondo y constató el fraude. Al quedar en descubierto, se fuga hacia Texas. En esa ciudad comete varias estafas que lo conducen por primera vez a la cárcel.

   Sale libre bajo fianza y trama una nueva defraudación. Junto con un cómplice llamado Benjamin Pitizel idea un plan. Su compañero debía contratar un seguro de vida en la ciudad de Filadelfia y, transcurrido un tiempo prudencial, la esposa de este hombre se presentaría reclamando la prima. Antes la mujer debía concurrir a la policía llevando consigo un cadáver anónimo, previamente desfigurado, pretendiendo que era el de su infeliz marido muerto en un incendio.

   No obstante, tal cual era de suponer, el médico se resiste a compartir las ganancias con la beneficiaria. En realidad, su plan siempre consintió en asesinar a su cándido socio fingiendo un accidente y presentarse él directamente a requerir el pago del importe del seguro. También proyectaba deshacerse de la señora Pitizel y de sus hijos. Una vez concretado el homicidio contra su socio, se dirigió a la morgue pretendiendo ser un amigo del occiso y pidió reconocer el cuerpo. Luego buscó a la viuda para que fuese a cobrar el dinero de la póliza.

   Lo que el estafador asesino no tuvo en cuenta fue que un ex compañero de celda –quien estaba al tanto del complot– iría a delatarlo. La compañía de seguros se negó a abonar, contrató a investigadores privados y denunció el fraude a las autoridades. Los inquisidores emprenden una minuciosa pesquisa hasta que el doctor Holmes confiesa ser el autor de los crímenes de Pitizel y sus hijos menores.

   Aunque muchos policías mancomunaron esfuerzos en pos de la resolución del enigma, el investigador que tuvo el mérito de revelar el caso fue Frank Geyer, quien trabajaba para la renombrada agencia de detectives Pinkerton contratada entonces por la aseguradora.

   Una vez iniciado su proceso penal, Mudget/Holmes sorprende a fiscales y jueces por su habilidad para manipular y mentir. Acosado por la esposa de Pitizel para que confiese ser el matador de su marido y de sus hijos, trata de disuadirla escribiéndole una melodramática carta donde termina exhortándola “Ud. me conoce bien señora. No puede creerme capaz de asesinar a niños inocentes sin ningún motivo”.

   El pérfido reo se divertía adjudicándose asesinatos que no había consumado de personas que aún estaban con vida en ese momento. De paso, mientras se comprobaba si la información era verídica, lograba retrasar la dilucidación de su juicio criminal.

   No existe una cifra segura del número de muertes que provocó. Aunque en unas memorias escritas durante el lapso en que estuvo recluido previo a su ejecución, confesó ser culpable de haber cometido veintisiete homicidios, pero las pruebas forenses recogidas en su fúnebre hotel apuntan a que la sumatoria de víctimas podría haber excedido las ciento cincuenta.

   El “doctor torturador” –alias con el cual lo tildó el periodismo de aquellos tiempos– fue condenado a perecer en la horca por el tribunal de Filadelfia y la sentencia se llevó a efecto el 7 de mayo de 1896. Contaba con la edad de treinta y seis años al momento de acaecer su forzado deceso.

Bibliografía de referencia

(*) Lane, Brian, Los carniceros. Una antología de crímenes macabros e investigación forense, traducción de Albert Solé, Ediciones Valdemar, Madrid, España, 1991, pág. 38.

Galería de imágenes

Benjamin Pitizel: el cómplice que terminó
pereciendo a manos del doctor Holmes

El elegante sádico Herman Mudget conocido como doctor H.H. Holmes

Foto de H. H. Holmes

Los hijos menores de Benjamin Pitizel que fueron ultimados por el “Doctor torturador”

El castillo de H. H. Holmes que fue escenario de los increíbles desmanes del
médico asesino