lunes, 20 de diciembre de 2010

Un golpe de tuerca: El combate a los ilícitos económicos, y al delito y a la especulación y a la corrupción y al narcotráfico, debe ser reorientado

La sociedad del siglo XXI

Los problemas sociales y los delitos económicos son hoy día tan pero tan grandes, que es imposible no imaginar que un cambio importante deberá implementarse de aquí a poco, en relación a nuestra estructura de convivencia.

Cierto, nuestra organización social-política-institucional-productiva-financiera está cambiando de continuo, y parece buscar incansablemente un mayor grado de racionalidad y de eficiencia y de justicia y de equidad, tratando de minimizar o de aislar algunas problemáticas, o al menos tratando de convivir mejor con ellas.

Al delito por ejemplo se lo combate con un cuerpo judicial y con un cuerpo policial, uno para evaluar y para aplicar sanciones, y otro para investigar y para detener a los responsables (y otro para investigar y para identificar a los delincuentes y a los instigadores). Sin embargo éste no parece ser el camino más adecuado, o al menos éste no parece ser el único camino a recorrer, pues hasta ahora los resultados han sido relativamente magros, ya que las curvas de los ilícitos siguen con su tendencia ascendente.

Cierto, la ciencia y la logística y la organización han tenido avances, y han puesto a disposición de la justicia y de la policía procedimientos y métodos muy elaborados, con los que se han multiplicado las oportunidades de descubrir a los responsables y a los ejecutores de algunos delitos. No obstante ello, no obstante los nuevos procedimientos que revelan indicios y que concretan pruebas irrefutables, los ilícitos parecen multiplicarse más rápidamente que nuestras posibilidades de descubrirlos y de penarlos. Y entonces vivimos actualmente una sensación de inseguridad como nunca antes habíamos sentido.

Cierto, hay ciudades en las cuales aún se puede salir a pasear tranquilamente, de día, de tardecita, y aún por las noches. Pero esto no ocurre en todas partes. Hay ciudades que son bastante peligrosas, en toda el área urbana o en una parte de ella, a cualquier hora o a determinada hora. Y sino, vayan a preguntar a los residentes de ciudades tales como Río de Janeiro, San Pablo, Goias, Porto Alegre, Pelotas, Recife, Bogotá, Caracas, Ciudad de Panamá, Ciudad de Guatemala, Tegucigalpa, entre otras. En EEUU, Nueva York y otras grandes ciudades también están en la lista de sitios violentos y peligrosos, poniendo así de manifiesto que esta problemática afecta tanto a países desarrollados como a países emergentes. Por momentos, algún Alcalde, algún Jefe de Policía, algún Ministro del Interior, en algún lugar logran revertir en parte esa situación de violencia y de inseguridad, pero los avances que así se obtienen sin duda son muy inferiores a los retrocesos que en otros lugares se producen.

Cierto, se combate el tráfico y la distribución de sustancias adictivas aplicando a ello medios de cierta entidad, y a diario las noticias recogen hechos sin duda positivos y esperanzadores: Se identificó a un viajero sin antecedentes que en sus maletas portaba una importante cantidad de cocaína; En una hacienda logró detenerse una avioneta con un enorme cargamento de drogas; En un lujoso apartamento se detuvo a varios conocidos narcotraficantes, incautándoseles varias dosis de morfina y de cocaína, así como también una importante cantidad de dinero; Se logró identificar una extendida plantación de opio, y se la incendió.

Pero de todas maneras, las bocas de venta de marihuana y de morfina y de cocaína se encuentran por todas partes, en las ciudades grandes y también en las ciudades medianas y pequeñas, en el mundo industrializado y también en el mundo emergente. Se descubren y se cierran varios de estos expendios aquí y allá gracias a una buena labor policial, pero de inmediato algo más lejos otros ocupan su lugar.

Todo se pasa como si este asunto nunca fuera a parar. Todo se pasa como si nos encontráramos en una calesita infernal que no pudiéramos frenar o que no supiéramos frenar.

Se combaten los robos y las rapiñas, pero ellos siguen produciéndose. Se roba dinero, pues éste es un recurso muy anónimo que no pregona su origen, pero también se roban objetos de todo tipo, que luego de alguna manera se logran vender.

Si el negocio de las drogas va viento en popa, es porque hay un mercado para estas sustancias, es porque hay quienes las compran y las pagan a buen precio.

Si sigue habiendo delincuentes que se introducen abiertamente o subrepticiamente en los hogares, y que se llevan de todo, es porque hay quienes comercializan cosas robadas y porque hay quienes compran cosas robadas. Y esto conviene a los reducidores porque con su actividad obtienen grandes beneficios, y esto conviene también a los consumidores porque compran muy barato cosas de dudoso origen.

Ya es hora de combatir estos delitos también de otra forma, atacándolos por la base, atacándolos a través del mercado. Si no existieran adictos dispuestos a comprar sustancias adictivas, y/o si de alguna manera pudiéramos impedir que ellos pagaran por esas mercancías, sin duda terminaríamos con el narcotráfico. Si no existieran personas dispuestas a comprar cosas de dudoso origen atraídas por los precios bajos de las mismas, y/o si al menos a nivel general lográramos imponer una forma de pago a través de la cual fuera más fácil seguirle la pista a las cosas robadas, sin duda afectaríamos muy mucho el negocio de los anticuarios deshonestos y de los reducidores, y entonces y como consecuencia, los robos también se reducirían espectacularmente, porque los ladrones por lo general roban para luego vender lo robado, y a través de esas ventas obtener ese tipo de riqueza a la que llamamos dinero, recurso que es anónimo y de aceptación generalizada, y con el cual se pueden obtener muchísimas cosas: comida, servicios, vestimentas, etcétera, etcétera, etcétera.

Si existieran procedimientos generalizados de trazabilidad en las distintas cadenas de producción y de comercialización, y si algún tipo de trazabilidad también pudiera ser implementada para el dinero, sin duda otro gallo cantaría en este planeta.

Al respecto, sería útil recordar algunos refranes populares: “La ocasión es lo que hace al ladrón”; “La ciudad que está más limpia, no es la que más se limpia sino la que menos se ensucia”.

Nuestra estructura de convivencia, nuestra vida en el cuerpo social, se ha apoyado y fundamentado desde la antigüedad clásica y aún más atrás, en dos vertientes principales: (a) nuestras relaciones sociales; (b) nuestras relaciones económicas.

Nuestras relaciones sociales abarcan toda la parte sentimental-afectiva-lúdica-educativa, en la cual precisamente basamos toda nuestra espiritualidad y todo nuestro desarrollo psico-social. Y éste es ciertamente un aspecto de fundamental importancia, y siempre lo será.

Nuestras relaciones económicas abarcan todos nuestros intercambios de bienes, de servicios, y de derechos, o sea todas las actividades productivas, comerciales, y financieras. Y ello tiene una importancia trascendental, porque permite la especialización, porque permite que cada quien pueda desarrollar tareas en aquello para lo que se encuentre más dotado, y/o en aquello que más le guste, y/o en aquello que más le rinde. Y así, el cuerpo social produce con una mucho mayor eficiencia a como lo podría hacer si cada familia o cada pequeña comunidad intentara producir todo lo que consume, y sobre todo, así se producen bienes y servicios de una enorme diversidad y sofisticación.

La mundialización o globalización de los intercambios ha sido posible porque hemos sabido desarrollar un instrumento social bastante apto para impulsar el comercio, y dicho instrumento es el dinero.

Sin embargo, lógico es reconocer que hemos implementado ese instrumento de la forma como pudimos, de acuerdo al estadio de desarrollo que en cada momento nos encontrábamos.

Cuando el comercio se realizaba de una manera muy rudimentaria y muy primitiva, la sal y los metales lograron cumplir bastante bien con esa función facilitadora de los intercambios.

Sin embargo, cuando las situaciones se fueron haciendo más dinámicas, y cuando los mercados se fueron ampliando en tamaño y en cobertura, el instrumento dinero empezó a presentar falencias e irregularidades. A veces escaseaban las especies dinerarias. A veces los precios se hacían demasiado inestables. A veces la legislación y los procedimientos establecidos favorecían actividades a todas luces inconvenientes para el interés general, como ser la usura, la especulación, las apropiaciones indebidas, los robos y las rapiñas, los sobornos, etcétera. Etcétera, etcétera.

Cierto, el cuerpo social intentó dar una respuesta a estas problemáticas. Se avanzó en la legislación y en el ordenamiento social, en cuanto a tipificación de delitos, en cuanto a reglamentos, en cuanto a controles.

Y además, también algunos cambios se hicieron en cuanto a la implementación de la gran herramienta facilitadora de la actividad económica. También algunos cambios se hicieron en relación al dinero, intentando combatir su escasez primero en base a la explotación de nuevos yacimientos de oro y de plata, luego tolerando la moneda metálica con señoraje, luego pasando al dinero signo, luego pasando al dinero fiduciario o dinero inconvertible. Sin embargo, esta evolución y este aprendizaje tuvo un denominador común: hasta ahora, las especies dinerarias han sido siempre anónimas.

Cierto, justo es reconocer que desde hace ya varios siglos utilizamos formas de pago no anónimas, en las que se identifica perfectamente tanto a la parte que cede moneda como a la parte que recibe moneda, o en las que al menos se identifica a una de esas partes. Estas formas de pago son muy usadas, porque son más cómodas y más seguras que el tradicional paso de mano de moneda contante y sonante, y ellas son los certificados de depósitos endosables, los cheques, las tarjetas de débito, los títulos de deuda, las tarjetas de crédito, etcétera, etcétera. Sin embargo, las trazas dejadas por estas formas de pago solamente dan una utilidad muy limitada en cuanto a la identificación de posibles situaciones ilícitas o irregulares, precisamente porque en las operaciones financieras vinculadas con actos delictivos se suele usar directamente el dinero contante y sonante, y precisamente eso se hace para no dejar huellas sobre las transacciones realizadas.

Debemos de cambiar. Tenemos que cambiar. Debemos dejar de usar el dinero actual innominado y con base material, a efectos de usar dinero escritural y telemático.

Hoy día, el tratamiento digital y las comunicaciones digitales, sin duda podrían permitir un tratamiento moderno y eficiente tanto del dinero como de la actividad económica toda, el que no solamente sería más cómodo y seguro para los agentes económicos, sino que además también posibilitaría un muy singular y seguro seguimiento de las diferentes cadenas productivo-comerciales. Así se lograría identificar muy fácilmente a muchas actividades ilícitas y a muchas situaciones sospechosas, lo que sin duda repercutiría en una espectacular reducción de los ilícitos y de los delitos.

Repitamos nuevamente ese refrán popular que nos trasmite una sabiduría sin duda muy profunda: “La oportunidad es la que hace al ladrón”.

Demos menos oportunidades a los delincuentes y a los tramposos a través de una más inteligente implementación del dinero, y lograremos así una tan grande reducción de los ilícitos, que los resultados nos parecerán asombrosos.

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