lunes, 3 de mayo de 2010

Una visión diferente sobre los desempeños laborales: No somos autómatas, así que cumplimos las tareas con fluctuaciones de humor y de rendimiento

Los compromisos son una carga muy pesada para cualquiera. En lo único que nos diferenciamos es en que para algunos, esa carga pesada los deja avanzar, y en cambio a otros los aplasta. Es todo cuestión de fortaleza anímica.

Uno de los compromisos pesados tiene que ver con la venta de nuestra fuerza laboral. Cuando suscribimos un contrato de trabajo estamos poniéndonos sobre los hombros una responsabilidad difícil de llevar.

La dificultad mayor está en que nos comprometemos a canjear algo de valor constante como es el dinero, por algo de valor inconstante como es nuestras ganas de trabajar.

Por muchos motivos, la cantidad de energía disponible fluctúa. Hay días en que nos levantamos con ganas de mover una montaña, y al día siguiente nos resulta difícil darnos una ducha.

Nosotros sabemos que somos así, y los días en que la energía nos abandona (por motivos que generalmente nos son desconocidos), tenemos que hacer un esfuerzo de voluntad muy penoso para cumplir con los compromisos, y para cumplir nuestras tareas cotidianas con un mínimo de acierto.

El dinero es muy necesario, pero esa constancia nos resulta preocupante, pues sabemos que no siempre podremos mantener nuestro desempeño como lo conserva él. Es como si tuviéramos que competir con una máquina; ésta no se enferma, no se cansa, todos los días está igual. No es posible competir con una máquina.

¿Debemos o no tratar de realizar nuestras tareas siempre a un nivel de excelencia?

Cuando vendemos nuestra fuerza laboral, estamos asumiendo que canjeamos un valor constante (el del dinero) por un desempeño que fluctúa, que varía, a veces está alto y otras veces está bajo.

Es inconcientemente lógico odiar (o envidiar) al dinero porque siempre está igual. Si lo odiamos, querríamos que salga de nuestra vida y es así como aparece la pobreza.

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