sábado, 22 de mayo de 2010

El habla humana, obra maestra de la naturaleza y la evolución, divino tesoro que permite la superación de la especie por sobre el resto de la creación


La relación de significación debe pensarse a partir de una teoría del valor, es decir, que la posibilidad de remitir a algo fuera del lenguaje dependerá del sistema total de la lengua y de la relación formal de los términos entre sí. Esta idea está en la base del estructuralismo, teoría lingüística que conoció un gran auge en Francia durante las décadas de 1950 y 1960.


La comunicación humana

La lingüística estudia todas las manifestaciones del lenguaje humano, sea el utilizado por los pueblos salvajes o el imperante en las naciones civilizadas, sea el relativo a las épocas prehistóricas, o sea el que se aplicó en el período clásico, o sea el que actualmente rige nuestras propias interacciones sociales.

Claro está, en cada período y en cada entorno lingüístico, la lingüística debe estudiar tanto el lenguaje académico y literario, como las formas de expresión oral de las élites cultas o de los grupos marginados.


Obviamente, la lingüística tiene por objeto las formas orales de expresión así como las formas escritas, pero estas últimas tienen un marco mayor, en la medida que nos permiten estudiar y analizar los idiomas usados en épocas distantes.

Los objetivos de la lingüística por cierto son múltiples.

Por un lado, interesa describir y captar la historia de tantas lenguas humanas como sea posible, lo que equivale a reunirlas en familias de lenguas, identificando si fuera posible la lengua madre original de cada familia.

Por otro lado, también trata de identificar los mecanismos que se ponen en juego y que influyen sobre la conformación y estabilización de una lengua, así como sobre la evolución en el tiempo del léxico utilizado, de las estructuras gramaticales empleadas, y de los contenidos semánticos que son de aplicación.

Y por otro lado, la lingüística también debe delimitar las fronteras de la propia disciplina respecto de las que le son conexas, definiendo sus métodos y sus objetivos específicos en cada ámbito.


La lingüística por cierto es un factor importante, que debe formar parte de la cultura general.

La vida personal de los individuos y la propia organización institucional e informal de la sociedad, están imbuidas en grado sumo por el lenguaje, el que en buena medida interviene en todo y lo controla todo.

En una lengua particular, obviamente puede reconocerse tanto un aspecto individual como un ámbito o alcance social, y es difícil concebir y describir uno de ellos, sin referirse implícita o explícitamente al otro. Pues naturalmente, los sonidos particulares y las estructuras lingüísticas usadas por un determinado individuo, tienen rasgos distintivos que se separan y desgajan de los usados por otro individuo, sin perjuicio de lo cual estos dos individuos perfectamente pueden comunicarse entre sí y entenderse, y hacerlo también con otros individuos de la misma comunidad lingüística.

Pero por otra parte, tanto en el ámbito individual como en el ámbito comunitario, la lengua sin duda es un fenómeno netamente dinámico, pues en cada momento un individuo particular está tal vez incorporando léxico nuevo, y/o perfeccionando un determinado contenido semántico, y/o internalizando una determinada expresión lingüística, y en una diferente escala, cosas parecidas también ocurren en el lenguaje como realidad social.

Y el señalado aspecto dinámico por cierto que no es algo simple de delimitar. En efecto, en un análisis superficial pareciera muy sencillo distinguir sobre el estado presente y sobre la sucesión histórica de estados de una lengua particular, pero sin embargo, los cambios que afectan a la misma son permanentes y ocurren a ojos vista, son pequeños cambios o pequeños agregados claro está, pero respecto de los cuales es muy difícil marcar un antes y un después.


Es casi imposible poder separar un estado congelado de lengua de los estados próximos que le precedieron.

Solución a este asunto tampoco puede encontrarse estudiando la adquisición del habla por parte de los bebés y de los niños, pues con toda naturalidad esa evolución difiere notablemente de la que a nivel social ocurre por el simple transcurrir del tiempo, y por la propia actividad social a la que se ve sometida la lengua.

Hay tantas dualidades que se plantean en relación al lenguaje, que tal vez una forma razonable de abordar este asunto, es plantearse el objeto lengua como un hecho social, y tomarlo como norma de los distintos puntos de vista que podrán ser adoptados. Esa es la solución que propone Ferdinand de Saussure, el conocido lingüista suizo.

En resumen, el lenguaje es un objeto cambiante, multiforme, y heterociclo, relacionado por cierto con diversas disciplinas, y que puede ser analizado desde muy diversos puntos de vista (físico, fisiológico, psíquico, conjunto normativo, etcétera).

El lenguaje y su expresión particular, la lengua, tienen su manifestación netamente personal en un individuo particular, pero también pueden definirse en cuanto a su manifestación comunitaria.


El lenguaje humano doblemente articulado

En latín “articulus” significa parte, subdivisión, miembro, serie de cosas.

Los hechos del lenguaje humano, sea tanto del lenguaje hablado como del lenguaje escrito o incluso del lenguaje de señas de los sordomudos, pueden ser concebidos como una manifestación principalmente lineal.

Y por cierto, una determinada manifestación lineal de una lengua, podría ser analizada bajo dos diferentes puntos de vista: (a) Como una subdivisión de la cadena sonora por ejemplo en sílabas (o sus equivalentes como por ejemplo en fonemas); (b) Como una subdivisión de la cadena de significación (de la cadena semántica) en unidades significativas. He aquí dos diferentes puntos de vista de análisis, que constituyen la llamada doble articulación.

Según los casos, una manifestación de una lengua particular da lugar a dos cadenas segmentadas, y es la relación entre ambas que permite expresar y transmitir la inmensa riqueza potencial presente en una lengua.

Nótese que la relación entre ambas cadenas segmentadas es muy compleja, pues de ninguna manera una se deriva de la otra. En efecto, es notorio que las mínimas unidades significativas de un determinado mensaje (la cadena particionada en monemas), son en promedio más largas (más extensas) que las respectivas longitudes o extensiones de los fonemas (o grafemas). Sin embargo, no puede decirse que la cadena de monemas se construye sobre la cadena de fonemas o grafemas, pues entre otras cosas, los monemas dependen siempre del contexto lingüístico en el que aparezcan.

Al analizar un mensaje, el cerebro humano probablemente va instrumentando un complejo estudio sobre dos cadenas, la cadena de fonemas o grafemas, y la cadena de monemas, y así va definiendo en ellas una estructura, la que va progresando en complejidad, dando lugar (a veces) a alguna rectificación; este singular procedimiento muy pero muy probablemente es el que permite a los humanos recuperar partes perdidas del mensaje, por borrón en la línea o por ruido.

La importancia de la doble articulación específica del lenguaje humano, es tal, que a ella se atribuye la capacidad de las lenguas naturales para expresar un número infinito de mensajes. Además, el lenguaje humano posee gracias a su doble articulación, la capacidad de referirse a sí mismo, frente a los otros códigos que naturalmente en este sentido son más limitados.

Ferdinand de Sanssure, iniciador de la lingüística moderna, expone estos conceptos en forma sencilla y clara en su obra cumbre, publicada en forma póstuma por sus alumnos en 1915 (en realidad, esa publicación es una recopilación de notas del propio lingüista suizo con apuntes tomados por los alumnos durante las clases del maestro).

La semiología o semiótica, es la ciencia que estudia los signos en el seno de la vida social.

Y el lenguaje sirve para comunicarse (transmitir información), y el lenguaje humano es el vehículo de transmisión del pensamiento.

El lenguaje tiene una función referencial o representativa (centrada en el referente). Esta función está presente casi en cualquier tipo de mensaje, y sirve para informar objetivamente sobre cualquier aspecto del mundo real o de universos imaginarios.

Pero el lenguaje también tiene una función expresiva o emotiva (centrada en el emisor). Esta función indica el estado emocional del emisor, su aptitud ante el contenido de lo que está diciendo, y su nivel sociocultural. Son por ejemplo procedimientos lingüísticos propios de esta función, las interjecciones, las oraciones exclamativas, la llamativa alteración del orden de las palabras, el empleo de aumentativos y diminutivos, el vocabulario seleccionado, las entonaciones, etcétera.

El lenguaje también comporta o conlleva una función apelativa o conativa (centrada en el receptor). Mediante esta función, el emisor espera y desea conseguir una reacción o respuesta por parte del receptor. Esta función por ejemplo se vehiculiza, se transmite, a través de preguntas o de órdenes imperativas, aunque también se transmite en formas mucho más sutiles, apelando a la emotividad o la piedad, aplicando reglas sugeridas por la publicidad, etcétera.

El lenguaje también cumple una función fática (centrada en el canal). Esta función sirve para comprobar que el canal sigue abierto, y para verificar o comprobar que la comunicación se está llevando a cabo de una manera normal o aceptable, aunque por lo general estos recursos no transmiten contenido informativo. Incluso el silencio puede ser usado con esta finalidad.

Otra función del lenguaje es la poética (centrada en el mensaje). Este efecto es propio del lenguaje literario, aunque no exclusivamente de éste, pues la publicidad a veces usa este recurso, y en la lengua coloquial también se pueden encontrar ejemplos. Gracias a la función poética, el receptor experimenta una especial sensación de sorpresa, de placer estético, de emotividad, de sentimentalismo. Los recursos lingüísticos utilizados a estos efectos son variadísimos, pues en un mensaje de carácter poético, cada una de las palabras seleccionadas se ponen en relación con el contexto en el que se inscriben; así y entre otros recursos, se usan una serie de repeticiones llamadas “recurrencias”, en sonido, en ritmo, incluso en sentido (sinonimia, antonimia, hiponimia), que son bien características del lenguaje poético.

Por cierto, en el lenguaje humano no falta la función metalingüística (centrada en el propio código). Se da esa función cuando la lengua se toma a si misma como referente, es decir, esto se da cada vez que utilizamos la lengua para hablar de la propia lengua o referirse a la propia lengua.

La facultad humana del lenguaje es muy potente, y se concreta en la manipulación simbólica altamente compleja que de ella se deriva.


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