lunes, 3 de enero de 2011

La democracia debe ser fortalecida y defendida: Tengamos una actitud bien vigilante, para no caer en una democracia tramposa o en algún sentido omisa


La implementación de una estructura democrática, puede tener falencias y puede admitir desvíos, que de hecho debiliten y desvirtúen los verdaderos principios democráticos

Todo tiene límites, también la tolerancia, pues no todo vale en este mundo.


Muchos de los profetas de ayer sacrificaron sus vidas porque alzaron su voz y tuvieron el valor de decir: «No te está permitido hacer lo que haces, o afirmar lo que dices».

Hay situaciones en que la tolerancia significa complicidad con el crimen, omisión culposa, insensibilidad ética, o una posición de comodidad personal que no debe ser ni imitada ni disculpada.


No debemos tener tolerancia con aquellos que tienen el poder de erradicar la vida humana del planeta, y de destruir buena parte de la biosfera por hacer prevalecer sus conveniencias personales. Hay que someter estos casos a controles severos.

No debemos ser tolerantes con los que asesinan inocentes, abusan sexualmente de niños, o trafican con órganos humanos. Cabe aplicar las leyes a esta gente con gran dureza y firmeza, y también establecer nuevas leyes que nos protejan mejor de este tipo de desvíos.

No debemos ser tolerantes con quienes esclavizan a menores para producir más barato y así lucrar en el mercado mundial. Hay que aplicar a ellos una conveniente legislación internacional.

No debemos ser tolerantes con los terroristas que en nombre de su religión o de su proyecto político, cometen crímenes y matanzas de increíble violencia. Hay que detener y llevar a juicio a estos dementes, frente a tribunales internacionales.

No debemos ser tolerantes con quienes falsifican medicamentos que producen la muerte de personas, o instauran políticas corruptas que dilapidan los bienes públicos. Contra ellos debemos ser especialmente duros pues despilfarran el bien común.

No debemos ser tolerantes con las mafias del tráfico de armas, de las drogas, y de la prostitución, que incluyen secuestros, torturas, e incluso eliminación física de personas. Y tampoco debemos ser tolerantes con quienes hábilmente se escudan en autorizaciones y reglamentaciones, para poder lucrar induciendo al tabaquismo o al consumo exagerado de bebidas alcohólicas. Debe haber castigos claros para todos ellos.

No debemos ser tolerantes con prácticas que, en nombre de la cultura o de tradiciones ancestrales, cortan las manos de los ladrones y someten a las mujeres a mutilaciones genitales. Contra tales prácticas, y también contra la pena de la lapidación así como en general contra la pena de muerte, deben prevalecer la cordura y los derechos humanos.


En los niveles indicados no hay que ser tolerantes, sino decididamente firmes, rigurosos, y severos. Esto es virtud de la justicia y no vicio de la intolerancia. De no hacerlo así, no tendremos principios, y de hecho nos convertiremos en cómplices del mal.

La tolerancia ilimitada acaba con la tolerancia, así como la libertad sin límites conduce a la tiranía del más fuerte. Tanto la libertad como la tolerancia necesitan, por lo tanto, de la protección de la ley, así como de un sistema legal justo y razonable.


De no obrar bajo los principios indicados, posiblemente presenciaremos la dictadura de una única visión de mundo, que niega todas las otras.

Y así el resultado bien podría ser rabia y deseo de venganza, fermento del terrorismo, de la prepotencia, de la intimidación.

¿Dónde están entonces los límites de la tolerancia? En el sufrimiento, en los derechos humanos, y en los derechos de la naturaleza.


Donde se deshumaniza a las personas termina la tolerancia. Nadie tiene el derecho de imponer un sufrimiento injusto a otro, ni tampoco imponer sacrificios y sufrimientos exagerados a las generaciones que vendrán.

Los derechos están bastante bien expresados en la Carta de los Derechos Humanos de la ONU, firmada por todos los países. Todas las tradiciones deben atenerse a dichos preceptos. Las prácticas que impliquen la violación de sus enunciados no pueden justificarse. La Carta de la Tierra vela por los derechos de la naturaleza. Y aquél que los viola, sin lugar a dudas pierde legitimidad.


Finalmente, pensemos y respondamos: ¿Hay que ser tolerantes con los intolerantes?

La historia ha comprobado que combatir la intolerancia con otra intolerancia conduce a una espiral de intolerancia muy nefasta.

Una actitud pragmática y razonable busca establecer límites.

Si la intolerancia implica crimen y perjuicio evidente a otros, debe primar el rigor de la ley, y la intolerancia debe ser limitada. Fuera de esta restricción legal, vale la libertad.

Se debe confrontar a los intolerantes con la realidad que muchos compartimos como espacio vital, llevarlos al diálogo incansable y al franco intercambio de ideas, y hacerles pensar en las contradicciones de sus respectivas posiciones. El mejor camino para combatir la intolerancia es la democracia y el pensamiento liberal, que se propone incluir a todos y respetar un razonable pacto social común.

Pero claro, por todos los medios debemos fortalecer y mejorar la democracia, pues ella puede contener determinadas falencias que en los hechos propicien o propongan una democracia parcialmente tramposa y desviada.

La democracia no es un estado que se alcanza de una vez para siempre, y que perdura, sino algo que permanentemente debemos mejorar y reformar.

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