sábado, 23 de octubre de 2010

Atrévete a pensar, atrévete a soñar, atrévete a proponer: La felicidad y la armonía puede que se encuentren al alcance de la mano


"Atrévete a proponer, atrévete a pensar, atrévete a soñar": Pensamientos, sentimientos, imaginación, creatividad, participación, solidaridad inclusiva, por cierto son instrumentos que hay que saber utilizar y controlar positiva e inteligentemente. Lo importante en la vida no es tanto lo que nos pasa, no es tanto lo que nos sucede o nos afecta, sino lo que cuenta es lo que hacemos frente a lo que pasa, sino lo que cuenta son nuestras reacciones y nuestros propios sentimientos frente a los sucesos.


La sociedad neolítica y la sociedad del futuro


En sus reflexiones sobre la naturaleza del dinero, Agustí Chalaux de Subirà señaló con insistencia y convicción, que históricamente el dinero anónimo indujo y potenció en nuestro comportamiento social tanto la competencia y la confrontación, como la guerra, como la traición, y como las actitudes de defensa y de desconfianza, mientras que formas anteriores y primitivas de dinero nominativo y de contratación estratégico-social, por el contrario, generaron un período de relativa ausencia de guerras y de conflictos en la humanidad, como bien señalan los arqueólogos frente a los indicios encontrados procedentes del neolítico, ya que aparentemente ese período prehistórico estuvo al abrigo de importantes y graves conflictos.

Respecto de este punto, particularmente se recomienda disfrutar de los tres vídeos presentados al final del presente artículo, y particularmente el segundo de ellos señalado como el B-2.

En efecto, las excavaciones arqueológicas en ese período neolítico y los indicios que de ellas se desprenden, bien señalan relativa ausencia de fosos y de muros en los asentamientos humanos, lo que bien parecería señalar ausencia de temor frente a agresiones externas.

El amor, la solidaridad, la cooperación, son las emociones y las tendencias básicas que muy probablemente fundan lo social. Sin la aceptación del otro en la convivencia, no hay verdadero fenómeno social, y no hay posibilidades de formación de una estructura comunitaria estable y duradera.

Y en la prehistoria humana hubo una cultura matrística que funcionó bajo los principios recién señalados, sin dominación de un sexo sobre el otro y también sin grandes guerras y sin grandes conflictos, pues en el neolítico aparentemente no se impuso ni una cultura paternalista ni una cultura maternalista o feminista, sino una cultura matrística basada principalmente en interrelaciones de cooperación y de ayuda en la matriz comunitaria humana.


¿Se trata acaso de proponer un retorno a aquella época feliz, a aquella cultura de hace ocho mil o diez mil años?

No, por cierto que no, por cierto que ello es imposible. Pero sí podernos intentar orientar nuestra organización social, hacia una convivencia basada en el respeto, en la colaboración, en la conciencia ecológica, y en una extendida armonía y responsabilidad social.

Y el camino para esto lograr, muy posiblemente es la democracia, pero no una democracia maniquea y distorsionada y pícara como a la que estamos muy acostumbrados, sino una democracia perfeccionada, transparente, y con muy sanos y sabios ideales.

Los grandes valores, los grandes ideales de justicia, de paz, de armonía, de fraternidad, de igualdad, de solidaridad, han nacido desde la biología y desde la complementación y el amor, y aún hoy día son los fundamentos de la vida en la infancia. Estos valores son propios de la experiencia y son naturales, y están basados en la cultura matrística que generalmente recibe el niño en su infancia, fundada ella en el respeto, la cooperación, los límites, la legitimidad de los otros, y por cierto fundada también en el ejercicio de la participación, del imitar, del compartir, de la resolución de conflictos a través de la negociación y del convencimiento, y no a través de la fuerza o de la imposición.

En la vida adulta actual se niegan todos estos valores matrísticos, pues en nuestra vida social de relación encontramos una cultura bien opuesta a la recién señalada, encontramos la cultura patriarcal, fundada en el egoísmo, en la competencia, en la apariencia, en la negación de los otros, en la intimidación, y también en la lucha, en la guerra, en la mentira, en la ventaja aún inmerecida y lograda a toda costa, y muy posiblemente son estas contradicciones y estos elementos, los que generan la pérdida o la contención o el atenazamiento de los antes señalados valores de paz, de armonía, de fraternidad, de equidad, y de justicia sana e innata.

Cierto, los idealistas, los optimistas, quienes pensamos que un mundo mejor es posible, podemos imaginar una sociedad basada en una convivencia particularmente fundada en el respeto y en la justicia y en la honestidad, lo que nos hace añorar los valores hace siglos y milenios perdidos en la noche de los tiempos, y nos impulsa a querer recuperarlos.

Pero el gran error que se comete, es pretender que ambas visiones recién señaladas coincidan o coexistan en condiciones culturales que se niegan mutuamente, pues son incompatibles. Hay que convencerse. No es posible mezclar estos ingredientes, ni aún a través de una muy buena y diferente educación. Para imponer una nueva visión, para promover un nuevo enfoque, no hay otra que la nueva orientación aplaste a la anterior, pero no por la fuerza de las armas o de la intimidación, sino por la puesta en marcha de nuevas prácticas sociales que inhabiliten las anteriores por hacerlas imposibles de concretar. Y estas nuevas herramientas sociales, y estos procedimientos normativos de renovado alcance, bien podrían estar basados en el dinero nominativo e informativo, o sea en el dinero telemático soñado y concebido desde mediados del siglo pasado por el activista social catalán antes nombrado.


¿Existió realmente una cultura matrística (que obviamente alude a matriz social, y no a matriarcado), desde unos 8 mil años hasta unos 5 mil años antes de nuestra era?

Recientes hallazgos arqueológicos indican que en Europa, y particularmente en la zona del Danubio y en los Balcanes, se desarrolló una sociedad matrística como la recién indicada. Esa no era una sociedad en donde las mujeres dominaran a los hombres, sino una cultura en que hombres y mujeres eran copartícipes de la existencia, sin que una clase dominara a la otra. En esa época había complementariedad. En esa época las relaciones entre los sexos no eran de dominación ni de subordinación. En esa época se vivía de la agricultura, pero sin apropiación de la tierra, la que bien se consideraba que pertenecía a la comunidad.

Los arqueólogos han encontrado poblados del período neolítico, que no muestran signos de guerra, pues no tenían fortificaciones, ni armas como adornos o decorados más allá de los que se usaban en la caza. En cambio y en ese período prehistórico, sí se encontraron signos estéticos de la vida, de lo natural, de lo primordial.

Las imágenes de culto del neolítico son femeninas o híbridas de mujeres y animales. En ellas, no hay sugerencias de manipulación del mundo, sino de armonía de la existencia.

Los signos encontrados indican que en el neolítico, presumiblemente se vivía y sentía la vida como una dinámica cíclica de nacimiento, existencia, y muerte. Y presumiblemente, en esa época no se consideraba a la muerte como una tragedia, sino como una pérdida natural o como un pasaje de un estado a otro.

En el neolítico, la cultura no se centraba en las jerarquías, ni en el control y la sumisión de la sexualidad de la mujer, pues no se encontraron objetos de esa época que hagan presumir una gran diferenciación jerárquica entre sexos, ni tampoco se encontraron particularidades diferenciales en las tumbas.

Hoy por el contrario vivimos una cultura patriarcal centrada en la dominación del macho en las relaciones sexuales y en la vida social. Es el hombre que domina y manda respecto de la sexualidad femenina y respecto de la procreación humana. Es el macho que crea las jerarquías y hace la guerra. Es el macho quien debe indicar que la oportunidad es favorable para las relaciones íntimas, pues en este sentido se espera que la fémina no tenga poder de propuesta. El hombre es el pater, el patriarca del cual tanto se dice en la Biblia.

Muy posiblemente la cultura patriarcal se origina fuera de Europa, tal vez en Asia Central, al surgir el pastoreo y al depender menos de la caza para la subsistencia. Al aparecer la apropiación, al excluir al lobo cazador de la cotidianeidad, se comienza a luchar contra él. Y así aparece la primera dinámica que afirmó la enemistad y la necesidad de protección de lo propio. Después, y con el paso del tiempo, el enemigo ya no fue el lobo o algún otro depredador ladrón, sino que fue cualquier otro al que se excluía, al que se presumía ladrón, o al que se presumía que tenía algo digno de ser apropiado.

En la cultura matrística, las emociones fundamentales y más arraigadas eran el amor y la solidaridad. Con la domesticación de los animales y con la consecuente necesaria defensa del ganado y de los sembradíos, cambian las prioridades en cuanto a las emociones y a los sentimientos. Se pierde la confianza en la dinámica de lo natural, y se comienza a vivir en actitud de defensa, en el miedo, en el control, en la desconfianza, en la necesidad de prevenir y planificar.

Y desde el punto de vista histórico, al producirse el encuentro entre ambas culturas, la patriarcal somete y desplaza a la matrística. Pero esta última no desaparece del todo, sino que permanece en embrión en la relación mateno-infantil. Muy probablemente esa es la razón profunda, por la que hoy día generalmente vivimos una cultura matrística en la infancia y una cultura patriarcal en la edad adulta, lo que implica sentir en la edad adulta lo masculino y lo femenino en conflicto permanente.

Ese es el motivo por el que los mayores problemas de la cultura de nuestra época, son de contradicción entre los valores de la infancia y los de la vida adulta.

Hoy día casi todos vivimos y sentimos lo masculino y lo femenino como si fueran intrínsecamente opuestos y en competencia. Y esto indica que nuestra cultura presente surge de contradicciones y se mantiene aún en contradicciones cuando en lo individual se madura.

Obviamente no tiene sentido retomar y retornar a una cultura de hace 8 mil años, pues ciertamente ello es imposible. Pero sí se puede generar o intentar construir una cultura que no se encuentre centrada en la guerra, en la competencia, en la confrontación, en la negación pícara, aún planteada a través de los juegos infantiles y a través de la educación primaria, sino en una cultura basada en el respeto, en la colaboración, en la conciencia ecológica, en la responsabilidad social, en la sincera congoja por los males de los semejantes. Eso sí es bien posible. Y en este sentido, la democracia como forma de gobierno y también en la cotidianeidad, es una forma de cultura neo matrística, un modo de vida que intenta romper con el patriarcado, pues se fundamenta en el respeto en su sentido más amplio posible, en la colaboración, en mirar al otro como un ser legítimo e íntegro, y no como un competidor o un posible apropiador.

La planteada es una cultura que puede solucionar los conflictos, no a través de las luchas y de las conspiraciones, sino a través del raciocinio, de la negociación, del convencimiento sin avasallamiento, del querer hacer y construir juntos, en fin, de la práctica de una sana convivencia.

La democracia como cultura neo matrística, debe estar centrada en la armonía y en la honestidad, y no en la lucha o la desconfianza. Esto implica también romper la tradición patriarcal de negación y subordinación de la mujer y falta de confianza en ella, lo que al mismo tiempo en parte libera al hombre, pues al dar al macho el rol de dominador y explotador, también lo sindica como proveedor y responsable.

La confrontación y la lucha y la descalificación maliciosa se contradicen con la democracia. Para luchar hay que tener un enemigo o competidor. Y en las luchas y las competencias, hay ganadores y perdedores, hay vencedores y vencidos. Pero luego de una lucha, de una guerra, de una competencia, los enemigos no siempre desaparecen. Los derrotados generalmente toleran a los vencedores y simulan sumisión, pero muchos pacientemente esperan su momento, pues anhelan una revancha. La tolerancia encubre la negación del otro suspendida temporalmente. La mayoría de las veces, las victorias no exterminan completamente a los enemigos, sino que simplemente son preparación de siguientes guerras.

Para lograr verdadera paz y armonía, no hay que dominar y someter, sino hay que respetar y cooperar. Hay que tener respeto por la convivencia, y respeto por el mundo natural. Por todos los medios posibles hay que fortalecer nuestra conciencia ecológica, para ver claro que la destrucción de nuestro hábitat también significa nuestra propia destrucción. Por todos los medios posibles hay que fortalecer nuestra conciencia social, para ver claro que es más fácil progresar junto al otro, que pasando por encima del otro.

Lo que antecede son un conjunto tal vez desordenado de reflexiones muy personales y muy probablemente opinables, que me llevan en algún sentido a pensar y desear un cierto retorno a las formas de contratación del neolítico y al tipo especial de dinero usado en aquella época, aplicado en aquellos lejanos días prehistóricos en los que aún no se había perfeccionado la escritura ni la moneda acuñada.

Hoy día la tecnología ha hecho progresos muy significativos, y como muy bien lo ha destacado Agustí Chalaux de Subirà hace ya más de cincuenta años, la tecnología digital de la información y de las comunicaciones hoy permite la construcción de una sociedad telemática que base y controle sus intercambios sociales a través del uso de monedas telemáticas, o sea de monedas digitales, nominativas, informativas de transacciones, y con posibilidades de seguimiento de largas cadenas de pago. He aquí una posible y sólida base para la construcción de una futura y feliz cultura matristica.


1 - La moneda telemática (A-1)


2 - La moneda telemática (B-2)


3 - La moneda telemática (C-3)

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