lunes, 25 de octubre de 2010

La Tierra pudo haber tenido 4 Lunas. ¿Las horripilantes criaturas prehistóricas y los gigantescos monstruos que evidencian las eras geológicas, habrán debido su tamaño a la misteriosa existencia de cuatro Lunas?

¿Habrá contado la Tierra en algún momento con cuatro satélites naturales?: El misterio de las cuatro Lunas




Teorías que parecen descabelladas, pero que tienen fundamento, y que bien podrían ser ciertas


En cuanto al asunto, por cierto fascinante, del misterio de la cuarta luna, podemos precisar que, según ciertos autores, la que vemos no sería más que el último satélite, y concretamente el cuarto capturado por la Tierra a lo largo de su existencia.

Según esta teoría, nuestro globo, en el transcurso de las edades geológicas, con anterioridad habría captado ya otras tres lunas.

Supuestamente tres masas de roca, de hielo, y de polvo cósmico, habrían alcanzado por turno la órbita terrestre, y comenzado a girar en espiral, acercándose cada vez más, hasta caer finalmente sobre nuestro mundo.

Y nuestra luna actual también caerá. Por el momento se está alejando, pero llegará un tiempo en que la situación se invertirá, y pasando por su posición actual seguirá acercándose, hasta traspasar el llamado "límite de Roche", punto en donde se empezará a deformar, a estirar, y luego a fraccionar en millones de partículas.

La Tierra tendrá entonces su anillo, muy notorio por cierto, convirtiéndose en un sosías de Saturno.

Las edades del globo, la evolución de las especies, las mutaciones, y los cambios, encuentran explicación, en esta sucesión de lunas en nuestro cielo.

Ha habido cuatro épocas geológicas, porque ha habido cuatro lunas. Y ahora estamos en el Cuaternario. Cuando cae una luna, deformándose primero y posteriormente estallando, y girando cada vez más de prisa, surge un "anillo de rocas, de polvo, de hielo, y de gases".

Es este anillo lo que finalmente cae sobre la Tierra, cubriendo la "costra planetaria" y fosilizando todo lo que encuentra debajo de él.

En períodos normales, los organismos generalmente no se fosilizan, y por el contrario se pudren. Solamente se fosilizan bien, cuando cae una luna.

Por eso se ha podido registrar una Era Primaria, una Era Secundaria, y una Era Terciaria. Sin embargo, como se trata de un anillo, sólo se cuenta con testimonios muy fragmentarios de lo que viene de describirse.

Bien se puede presumir que pudieron aparecer y desaparecer especies animales y vegetales, a lo largo de las edades, sin haber dejado vestigios que atestigüen su existencia.

Ahora bien, al acercarse una luna, la gravitación cambia, variando constantemente. Es aceptado que la gravitación determina la "talla" de los seres. Estos crecen en función del peso que puedan soportar.


En el momento en que un satélite natural se acerca, existe un marcado período de "gigantismo". Y a finales de la Era Primaria, tenemos enormes vegetales, e insectos gigantescos. Existieron en esos días helechos arborescentes de 20 metros. Y las libélulas que precedían las tormentas, y los aguaciles, eran enormes. La "Meganeura" tenía una envergadura de 60 centímetros, y la "Titanofasma" era otra libélula gigante de casi "un metro" de punta a punta de sus alas translúcidas.


Eso pasó a fines del Primario. ¿Pero qué tenemos en el Secundario?




Diplodocus de 27 metros, Brontosaurios de 23 metros, y también enormes Iguanodontes, sin contar con los inmensos Sismosaurios (su nombre indica un sismo, pues a cada paso producía un pequeño terremoto), o si se quiere, corresponde recordar los gigantes entre los gigantes, como lo fueron el Supersaurio o el Ultrasaurio (dinosaurios éstos casi tan grandes como ballenas).





En los mares jurásicos, existieron colosos como el Liopleurodón, cuyas titánicas dimensiones de 25 metros de largo y una masa estimada por científicos de la BBC de Londres de 150 toneladas, rompe los límites imaginables.


Hubo animales fabulosos de 30 y 40 metros, y curiosamente, en estos períodos, los rayos cósmicos fueron más poderosos, y produjeron mutaciones y cambios bruscos.


Los seres, aliviados de su peso, se yerguen, las cajas craneanas se ensanchan, las bestias levantan vuelo. Pensemos en los Pterodáctilos, los Pterosaurios, y demás reptiles voladores.





Habría que situar esta época dorada y plagada de dragones, a fines del Período Jurásico, la "edad de oro" de las formas gigantes en una noche de los tiempos, infinitamente más espesa de lo que imaginamos, bajo una luna diferente, un cielo diferente, y una naturaleza también diferente.


En confirmación de lo expuesto, algunos invocan la Teoría de Émil Belot. Este gran astrónomo francés nacido a mediados del siglo XIX, sostuvo con argumentos de peso, que nuestro Sistema Solar se habría formado como consecuencia del encuentro o impacto de una nebulosa, con lo que se ha denominado un "tubo turbillón". Como resultado del formidable encuentro cósmico, entre la nebulosa con el más denso tubo torbellino, se habrían producido remolinos o vórtices, donde se acumuló la materia que luego formaría los planetas.

La mayor parte del material, se habría condensado para formar un proto-sol, es decir un sol primigenio, un sol primitivo, mientras los planetas disponían sus trayectorias en planos que prácticamente habrían coincidido con el actual plano de la Eclíptica (en otros términos, el plano de la órbita terrestre).

Y según esta teoría, los satélites se habrían formado por un proceso análogo de evolución de la materia cósmica.

Pero lo más curioso y llamativo del hipotético planteo del astrónomo Belot, es que, tal como ha sido formulado, necesariamente debieron de haberse formado cuatro lunas terrestres, tres de las cuales ya habrían caído sobre nuestro planeta.

Muchos destacados y prestigiosos astrofísicos y estudiosos del cosmos, entre ellos el muy conocido astrónomo, exobiólogo, y divulgador científico Carl Sagan, son de la opinión que debieron seguramente existir otras lunas, o sea otros satélites naturales, girando alrededor de la Tierra primitiva.

Esto debió suceder en los tiempos turbulentos de la formación del Sistema Solar, gestándose a partir de la nebulosa primigenia que se condensaba por la acción de la gravedad.

Pero entonces... ¿Por qué no existen ahora esos otros satélites naturales? ¿Acaso desaparecieron, estallaron, o fueron atraídos durante un eventual pasaje cercano de algún astro?

Algunas de esas lunas hoy desaparecidas, se estima, pudieron haber sido demolidas por impactos cometarios. Y otras, pudieron haber cambiado de órbita y luego haber sido expulsadas a las inmensidades del espacio exterior, debido a los tironeos gravitatorios de cuerpos cercanos. Y otras, pudieron haberse precipitado sobre el propio planeta. Y las lunas que pudieron haber sido expulsadas del campo de influencia terrestre, tal vez pudieron dirigirse hacia el Sol, desapareciendo en el candente horno del "Astro Rey".

Con toda certeza, los misterios de nuestro mundo y del universo son muchos, y sorprendentes y variadas son las teorías y las visiones que los humanos nos formamos sobre su evolución.


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