sábado, 1 de marzo de 2014

William Griffith Wilson y Doctor Bob Smith, cofundadores de Alcohólicos Anónimos, bajo el lema Unidad, Servicio, Recuperación


William Griffith Wilson (Bill W.)

Bill W. fue veterano de guerra a la edad de 22 años, estudiante de economía y comercio a la vez que de leyes, su talento en los negocios y en las finanzas le trajo la fortuna y le deparó aplausos; de esta aleación de la bebida y la especulación, comenzó a forjar el arma que un día se convertiría en el bumerán que casi lo hace pedazos como a miles de alcohólicos en el mundo, y que hoy por medio de su obra se recuperan de esta terrible enfermedad.

Bill nació el 26 de noviembre de 1895, y murió el 24 de enero de 1971.

Este importante personaje en la historia de Alcohólicos Anónimos, creció en un pequeño pueblo llamado East Dorset y nació bajo la sombra de una montaña llamada Monte Eolo.

Uno de sus primeros recuerdos relata el momento en que miraba la enorme montaña y se preguntaba si él sería capaz de subir a un punto tan alto.

Cuando tenía diez años de edad se fue a vivir con sus abuelos. Bill era un muchacho alto, pero torpe, niños más pequeños que él siempre le ganaban en las peleas. En esa época empezó a desarrollar la idea de ganar, ser el número uno, construyó y lanzó un bumerán, acicateado por lo que dijo su abuelo, acerca de que nadie que no fuera australiano podía fabricar uno.

Emocionalmente, Bill había comenzado a fabricar otra especie de boomerang que casi lo mata: ser el primero, el número uno en todo. Tenía que ser atleta porque no lo era, músico porque no podía entonar la más simple melodía, incluso presidente de su clase, y llegó a ser capitán del equipo de béisbol; también aprendió a tocar el violín como para conducir la orquesta de la secundaria.

En la adolescencia, se enamoró de la hija de un pastor, pero la chica murió repentinamente y Bill cayó en una depresión que le duró tres años, y no se graduó, pues se sentía incapaz de terminar porque no acepta la pérdida de una parte que él había considerado que le pertenecía.

Llegó Lois a su vida, y Bill sintió repentinamente que renacía de nuevo. Se casaron durante la Primera Guerra Mundial, cuando él era un joven suboficial.

En su vida social, Bill sintió aquella terrible sensación de inconformidad, aquella timidez de hablar más de dos o tres palabras juntas; pero alguien le alargó una copa y luego otra y otra más. ¡Ah, que magia! Había encontrado el elíxir de la vida.

Cuando terminó la guerra, Bill que había sido oficial, empezó a trabajar como dependiente, como empleado, de la Estación Central de Ferrocarriles de Nueva York.

Finalmente, llegó a Wall Street, vía de atajo a la riqueza y el poder, o la pobreza. En pocos años logró acumular demasiado dinero siendo una persona muy joven. No le preocupaba su forma de beber, aunque su esposa Lois había empezado a sufrir a causa de esa adicción.

En aquélla época, Bill bebía para soñar grandes fantasías de un poder cada vez mayor; deseaba ser el director de grandes empresas y casi lo logra de no ser por la crisis financiera de 1929. Cuando todo se desvaneció, aunque debía miles de dólares, no pensaba lanzarse por la ventana como mucha gente lo hizo a causa de la bancarrota financiera, pues creía que podía construirlo todo una vez más, y no lo logró pues su obsesión alcohólica ya lo había condenado. De manera que comenzó a hundirse y a convertirse en un indeseable de Wall Street. Desacreditado por todas partes, ya no tenía dinero ni sobriedad. Finalmente, llegó a un estado en el que ya no bebía para tener sueños de poder, bebía para ahogar las penas y olvidar.

El licor dejó de ser un lujo, se convirtió en una necesidad. La dosis cotidiana de Bill eran de dos a tres botellas de ginebra de fabricación casera. Ocasionalmente, algún pequeño negocio le proporcionaba algunos dólares con los que pagaba sus deudas en tiendas de licores, empezó a despertar tembloroso y para calmarse bebía una copa de ginebra seguida de media docena de botellas de cerveza.

Tomó la firme resolución de dejar de beber para siempre, pero poco después nuevamente llegó borracho a su casa. Fue internado por conducto de su cuñado que era médico y conoció al doctor Silkworth, quien le reveló cómo la voluntad del alcohólico se debilita sorprendentemente cuando se trata de combatir al licor.

Bill fue visitado en su casa por un antiguo amigo del colegio, Ebby, del que se decía que había sido internado por demencia alcohólica. Sin embargo, estaba sobrio.

Bill le ofreció una copa, misma que rechazó, desilusionado, pero lleno de curiosidad, se preguntó qué le habrá sucedido al individuo, pues indudablemente no era el mismo.

“Vamos, ¿de qué se trata?”, le preguntó. Ebby lo miró a la cara y sonriendo le respondió, tengo religión. Había ido a ver a Bill para pasarle su experiencia, si él quería aceptarla.

En el hospital, a Bill W. lo desintoxicaron por última vez. Y allí se ofreció humildemente a Dios, para que hiciera en él su voluntad; se puso incondicionalmente a su cuidado y bajo su dirección.

Por primera vez admitió que por él mismo no era nada; y que sin Dios estaba perdido. Sin ningún temor encaró sus pecados y estuvo dispuesto a que su recién encontrado amigo se los quitara de raíz. Desde entonces no volvió a beber ni una sola copa.

Doctor Bob Smith (Dr. Bob)

A.A. tuvo su comienzo en 1935, en Akron, Ohio, como resultado del encuentro de Bill W., un agente de Bolsa de Nueva York, y el Dr. Bob S., un cirujano de Akron. Ambos habían sido alcohólicos desahuciados.

Antes de conocerse, Bill y el Dr. Bob habían tenido contacto con el Grupo Oxford, una sociedad compuesta en su mayor parte de gente no-alcohólica, que recalcaba la aplicación de valores espirituales universales a la vida diaria. En aquella época, los Grupos Oxford de América estaban dirigidos por el renombrado clérigo episcopaliano Samuel Shoemaker. Bajo esta influencia espiritual, y con la ayuda de su viejo amigo, Ebby T., Bill había logrado su sobriedad y había mantenido su recuperación trabajando con otros alcohólicos, a pesar del hecho de que ninguno de sus candidatos se había recuperado. Mientras tanto, el ser miembro del Grupo Oxford de Akron no le había dado al Dr. Bob la suficiente ayuda como para lograr su sobriedad.

Cuando por fin el Dr. Bob y Bill se conocieron, el encuentro produjo en el Dr. Bob un efecto inmediato. Esa vez, se encontraba cara a cara con un compañero alcohólico que había logrado dejar de beber. Bill recalcaba que el alcoholismo era una enfermedad de la mente, de las emociones, y del cuerpo. Este importantísimo hecho se lo había comunicado el Dr. William D. Silkworth, del Hospital Towns de Nueva York, institución en la que Bill había ingresado varias veces como paciente. Aunque era médico, el Dr. Bob no sabía que el alcoholismo era una enfermedad. Las ideas contundentes de Bill acabaron convenciendo a Bob y pronto logró su sobriedad y nunca más volvió a beber.

Ambos se pusieron a trabajar inmediatamente con los alcohólicos confinados en el Hospital Municipal de Akron. Como consecuencia de sus esfuerzos, un paciente pronto logró su sobriedad. Aunque no se había inventado todavía el nombre Alcohólicos Anónimos, estos tres hombres constituyeron el núcleo del primer grupo de A.A. En el otoño de 1935, el segundo grupo fue tomando forma gradualmente en Nueva York, y el tercer grupo se inició en Cleveland en 1939. Se tardó más de cuatro años en producir 100 alcohólicos sobrios en los tres grupos fundadores.

A principios de 1939, la Comunidad publicó su libro de texto básico, Alcohólicos Anónimos. En este libro, escrito por Bill, se exponían la filosofía y los métodos de A.A., la esencia de los cuales se encontraba en los ahora bien conocidos Doce Pasos de recuperación. El libro también llevaba los historiales de 30 miembros recuperados. De este punto en adelante, A.A. se fue desarrollando rápidamente.

También en 1939, el Cleveland Plain Dealer publicó una serie de artículos acerca de A.A., suplementada por algunos editoriales muy favorecedores. El grupo de Cleveland, compuesto solamente de unos 20 miembros, se vio inundado con incontables súplicas de ayuda. A los alcohólicos que llevaban solamente unas cuantas semanas sobrios se les encargó de trabajar con los nuevos casos. Con esto se dio al movimiento una nueva orientación, y los resultados fueron fantásticos. Pasados unos pocos meses, el número de miembros de Cleveland había ascendido a 500. Por primera vez, había evidencia de que la sobriedad podría producirse en masa.

Entretanto, el Dr. Bob y Bill habían establecido en Nueva York en 1939, una junta de custodios para ocuparse de la administración general de la Comunidad recién nacida. Algunos amigos de John D. Rockefeller Jr. servían como miembros de este consejo, junto con algunos miembros de A.A. Se dio a la junta el nombre de la Fundación Alcohólica. Sin embargo, todos los intentos de recoger grandes cantidades de dinero fracasaron, porque el Sr. Rockefeller había llegado a la conclusión prudente de que grandes sumas de dinero podrían estropear la naciente sociedad.

No obstante, la fundación logró abrir una pequeña oficina en Nueva York para responder a las solicitudes de ayuda e información y para distribuir el libro de A.A.—una empresa, dicho sea de paso, que había sido financiada principalmente por los propios miembros de A.A.

El libro y la nueva oficina pronto resultaron ser de gran utilidad. En el otoño de 1939, la revista Liberty publicó un artículo acerca de A.A. y, como reacción, llegaron a la oficina unas 800 urgentes solicitudes de ayuda. En 1940, el Sr. Rockefeller celebró una cena para dar publicidad a A.A., a la cual invitó a muchos de sus eminentes amigos neoyorquinos. Este acontecimiento suscitó otra oleada de súplicas. A cada solicitud, se le respondía con una carta personal y un pequeño folleto. Además, se hacía mención del libro Alcohólicos Anónimos, y pronto se empezaron a distribuir numerosos ejemplares de esta publicación. Con la ayuda de cartas enviadas de Nueva York y de miembros de A.A., viajeros provenientes de centros ya establecidos, crearon muchos grupos, y a finales del año 1940, A. A. ya contaba con 2,000 miembros.

Entonces, en marzo de 1941, apareció en el Saturday Evening Post un excelente artículo acerca de A.A., y la reacción fue tremenda. Para finales de ese año, el número de miembros ascendió entonces a 6,000 y el número de grupos se multiplicó proporcionalmente. La Comunidad fue extendiéndose a pasos gigantescos por todas partes de los Estados Unidos y Canadá.

En 1950, había en todas partes del mundo unos 100,000 alcohólicos recuperados. Por muy impresionante que fuera ese desarrollo, la década de 1940 al 1950 fue una época de gran incertidumbre. La cuestión crucial era si todos aquellos alcohólicos volubles podrían vivir y trabajar juntos en sus grupos. ¿Podrían mantenerse unidos y funcionar con eficacia? Esa pregunta quedaba todavía sin una respuesta clara. El mantener correspondencia con miles de grupos referente a sus problemas particulares, llegó a ser uno de los principales trabajos de la sede de Nueva York.

No obstante, para el año 1946, ya era posible sacar algunas conclusiones bien razonadas en lo concerniente a las actitudes, costumbres, y funciones, que se ajustarían mejor a los objetivos de A.A. Estos principios, que habían surgido de las arduas experiencias de los grupos, fueron codificados por Bill en lo que hoy día se conoce por el nombre de las Doce Tradiciones de Alcohólicos Anónimos. Para 1950, el caos de los tiempos anteriores casi había desaparecido. Se había logrado enunciar y poner en práctica con éxito una fórmula segura para la unidad y el funcionamiento de A.A.

Durante esa frenética década, el Dr. Bob dedicaba sus esfuerzos al asunto de la hospitalización de los alcohólicos y a la tarea de inculcarles los principios de A.A. Los alcohólicos llegaban en tropel a Akron para obtener cuidados médicos en el hospital Santo Tomás, una institución administrada por la iglesia católica. El Dr. Bob se integró en el cuerpo médico de este hospital, y él y la extraordinaria Hna. M. Ignacia, también del personal del hospital, facilitaban atención médica e inculcaban el programa de A.A. a unos 5,000 alcohólicos enfermos. Después de la muerte del Dr. Bob en 1950, la Hna. Ignacia siguió trabajando en el Hospital de la Caridad de Cleveland, donde contaba con la ayuda de los grupos locales y donde otros 10,000 alcohólicos enfermos encontraron A.A. por primera vez. Este trabajo era un preclaro ejemplo de disposiciones hospitalarias que permitían que A.A. cooperara venturosamente con la medicina y la religión.

En ese mismo año de 1950, A.A. celebró en Cleveland su primera Convención Internacional. En esa convención el Dr. Bob hizo su último acto de presencia ante la Comunidad y, en su charla de despedida, se enfocó en la necesidad de mantener simple el programa de Alcohólicos Anónimos. Junto con los asistentes, vio a los delegados adoptar con entusiasmo las Doce Tradiciones de A.A. para el uso permanente de la Comunidad en todas partes del mundo. Esta personalidad de la asistencia murió el 16 de noviembre de 1950.


La obra continúa

Al año siguiente ocurrió otro acontecimiento muy significativo. Las actividades de la oficina de Nueva York habían sido muy ampliadas, y en esas fechas incluían relaciones públicas, consejo a los nuevos grupos, servicios a los hospitales, a las prisiones, y cooperación con otras agencias en el campo del alcoholismo. La sede también publicó libros y folletos “uniformes” de A.A. y supervisaba la traducción de esta literatura a otros idiomas. Por entonces la revista internacional, el A.A. Grapevine, ya tenía una elevada circulación. Estas actividades y otras más habían llegado a ser indispensables para A.A. en su totalidad.

No obstante, estos servicios vitales estaban todavía en manos de una aislada junta de custodios, cuyo único vínculo con la Comunidad había sido Bill y el Dr. Bob. Como los cofundadores habían previsto años atrás, llegó a ser imperativo vincular a los custodios de los servicios mundiales de A.A. (ahora la Junta de Servicios Generales de Alcohólicos Anónimos) con la Comunidad a la cual servían. Por lo tanto se convocó una reunión de delegados de todos los estados y provincias de los EE.UU. y Canadá. Así constituido, este organismo de servicio mundial se reunió por primera vez en 1951. A pesar de cierta aprensión suscitada por la propuesta, la asamblea tuvo un gran éxito. Por primera vez, los custodios, anteriormente aislados, eran directamente responsables ante A.A. en su totalidad. Se había creado la Conferencia de Servicios Generales de A.A. y, por este medio, se había asegurado el funcionamiento global de A.A. para el futuro.

La segunda Convención Internacional tuvo lugar en St. Louis en 1955 con motivo de la conmemoración del 20º aniversario de la Comunidad. Para aquel entonces, la Conferencia de Servicios Generales ya había demostrado su indudable valor. En esa ocasión, en nombre de todos los pioneros de A.A., Bill transfirió a la Conferencia y a sus custodios la futura vigilancia y protección de A.A. En ese momento, la Comunidad tomó posesión de lo suyo; A.A. llegó así a su mayoría de edad.

Si no hubiera sido por la ayuda de los amigos de A.A. en sus primeros días, es probable que Alcohólicos Anónimos nunca hubiera existido. Y de no haber contado con la multitud de amigos que, desde entonces, han contribuido con su tiempo y su energía —especialmente nuestros amigos de la medicina, la religión y los medios de comunicación— A.A. nunca podría haber crecido y prosperado. La Comunidad debe siempre expresar su perenne gratitud por esta amistosa ayuda.

El 24 de enero de 1971, Bill murió de pulmonía en Miami Beach, Florida, donde —hacía siete meses— había pronunciado ante la Convención Internacional del 35º Aniversario lo que resultaron ser sus últimas palabras a sus compañeros de A.A.: “Dios les bendiga a ustedes y a Alcohólicos Anónimos para siempre”.




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