viernes, 21 de marzo de 2014

Historias de criminales seriales: Burke y Hare, los traficantes de cadáveres


La increíble historia de unos profanadores de cadáveres

   La crónica criminal británica registra desde siglos atrás una anécdota tan estrafalaria que parece extraída de un cuento de ciencia ficción. Sin embargo, se trató de hechos reales: los antiguos y sórdidos crímenes consumados por Burke y Hare, dos profanadores de cadáveres que llegaron al colmo de asesinar para así aprovechar los cuerpos de sus desgraciadas víctimas, cuyas partes trozaban y vendían en forma clandestina a entidades médicas.

   Se ha dicho que estos pérfidos ultimadores configuraron un ominoso antecedente de Jack el Destripador, y que si hubiesen emprendido sus fechorías en el Londres de la Reina Victoria habrían superado en celebridad al mutilador victoriano.

   Algunos hechos conspiraron para que dichos delincuentes no alcanzaran más funesta notoriedad de la que gozaron. Sobre todo, les restó perdurable renombre su origen, ya que eran norirlandeses y no británicos. Además, no perpetraron sus desmanes en suelo de Inglaterra sino en Edimburgo, Escocia.

   Y, por último, a diferencia de las matanzas del Ripper, los asesinatos cometidos por estos individuos no denotaban ostensible intención de escandalizar –no se descubrían cadáveres destripados yaciendo sobre las aceras- sino que en vez de desembarazarse de los cadáveres de sus víctimas los vendían a la facultad de medicina de la universidad de Edimburgo donde un tercer personaje, el doctor Robert Knox, adquiría codiciosamente, para utilizarlos en sus clases de anatomía, esos curiosos cuerpos sin vida que cada día parecían más frescos.

   William Burke y su homónimo William Hare eran dos jóvenes que habían arribado, cada uno por su lado, a la ciudad escocesa de Edimburgo procedentes de Ulster, Irlanda, en el año 1818. Ambos hombres trabajaron como obreros en el muelle que años más tarde sería denominado “Canal de la Unión”

   Burke conocería en una taberna a su futuro socio y a la esposa de éste, Margaret Log, en el correr de 1827, y a partir de ese encuentro el matrimonio lo invitó a quedarse a vivir en la casa de huéspedes que por aquel entonces regentaba la mujer: La “Log Lodging”, de ulterior lúgubre fama. La cónyuge de Burke, una chica de nombre Helen Mc Dougal, se hizo buena amiga de los Hare y, posteriormente, pasaría a integrar la banda de rufianes.

   La inicial presa humana cobrada por el letal binomio la habría constituido un viejo soldado de apellido Donald – o Desmond, según otras versiones-

   Empero, no hay absoluta certeza de que aquel individuo deviniese ultimado por la pareja de delincuentes para sacar rédito de sus restos mortales; y enfrentados a su proceso penal los acusados negaron rotundamente haber provocado ese deceso en concreto alegando que Donald-Desmond expiró como producto de la grave hidropesía que desde mucho antes lo aquejaba, y que descubrieron su cuerpo exánime yaciendo sobre el lecho de la habitación que el inquilino rentaba en la pensión propiedad de Mrs. Log. Pretendieron que recién entonces fue que forjaron en su mente el proyecto de apropiarse del cadáver con la finalidad de comercializarlo.

   Al parecer, el occiso venía muy atrasado en el abono de los alquileres de la pieza que ocupaba. La convicción de que ese débito jamás sería saldado azuzó la indignación de sus arrendadores, a quienes no se les ocurrió mejor manera de  resarcirse que trasladar al finado hasta el depósito de cadáveres local a fin de ofrecerlo en venta a su conocido el profesor Knox, connotado anatomista que impartía sus consultas en el número 10 de Surgeons Square.

   En la morgue fueron atendidos por los ayudantes del experto, los cuales les indicaron que la transacción no podía concretarse allí sino que debían acudir al consultorio clínico del galeno acarreando al tieso organismo del anciano durante horas de la noche.

   El inicial pago embolsado por los traficantes se elevó a la suma de siete libras esterlinas y diez chelines, cantidad nada despreciable teniendo en cuenta la época.

   Este dinero percibido con tanta facilidad les estimuló la ambición, y a partir de aquel momento no vacilaron en transformar en cadáveres a personas vivas para así volver a obtener una y otra vez su recompensa monetaria. Se rumoreó que por lo menos dieciséis infelices perecieron a raíz de la fría eficacia desplegada por los sanguinarios socios, aunque sus condenas les recaerían por una cifra inferior de muertes.

   Al parecer no se decidieron enseguida a ingresar a la fase de ejecución de seres humanos sino que desenterraban cadáveres recientemente sepultados en el cementerio de la ciudad y los ofrecían a modo de material de examen clínico. Empero, el deplorable estado de esos cuerpos determinó que les pagaran montos ínfimos a cambio de su entrega o que, lisa y llanamente, los mismos fueran rechazados por el consultorio médico. Para colmo, no era nada fácil hacerse de tales fiambres, pues había mucha custodia en los cementerios escoceses por aquellos tiempos cuando la práctica de robar en esos lugares santos se hallaba en auge.

   Los traficantes llegaron a la conclusión de que correr tantos riesgos y fatigas por cosechar tan magros frutos carecía de sentido, y que sólo les quedaba una forma de tornar rentable su funesta actividad: el homicidio.

   En cuanto refiere a los asesinatos inequívocamente acreditados, en la ulterior causa judicial se supo que el primigenio crimen –de acuerdo confesaron los responsables tras ser interrogados por sus captores- devino el inferido contra un humilde molinero de nombre Joseph, habitual huésped de la finca de inquilinato de Mrs. Hare. Aquel hombre se vio invadido por una intensa fiebre que lo condujo al delirio, y a la cual puso término abruptamente William Burke asfixiándolo con una sábana. La maniobra de estrangulación practicada por este ultimador pasaría a la historia forense con el calificativo del “Método Burke”.

   A Joseph le acompañaría en fatídico destino un inglés oriundo de Cheshire que también tuvo la desgraciada idea de enfermarse en el interior del tenebroso hospedaje. Hare hizo llamar al “doctor” Burke, quien presto asistió a la habitación del debilitado convaleciente y le aplicó el mismo riguroso mecanismo de sofocación.

   Los cadáveres eran transportados raudamente hasta el consultorio del cirujano donde los criminales recibían con regularidad la correspondiente retribución financiera a cambio de sus entregas de cuerpos frescos.

   El siguiente asesinato no fue concretado dentro de la residencia de huéspedes sino en la vivienda de Constantine Burke, hermano del matador, y se llevó a efecto contra una meretriz adolescente de apenas quince años a la cual William Burke abordó en un bar y luego invitó pasar la velada en la finca de su hermano –la cual se hallaba libre en esa ocasión- donde la embriagó con facilidad. Tras ello, y capitalizando la somnolencia que embargó a la muchacha como producto de la borrachera, procedió a asfixiarla igual que hiciera con los precedentes difuntos.

   El próximo crimen devendría aún más escalofriante que los anteriores si se atiende a que se verificó en perjuicio de un subnormal, el cual se encontraba plenamente conciente en los instantes cuando fuera brutalmente atacado.

   Jaime Wilson era un muchacho que contaba con diecinueve años, muy corpulento pero afectado por una notoria tara. Al desempacarse su inerte organismo en el consultorio donde impartía sus clases de anatomía el doctor Knox, varios estudiantes lo reconocieron y -pese a que se negó de plano la identidad atribuida- la desaparición del vagabundo de las calles de Edimburgo determinó al cirujano y a sus ayudantes a apresurar la disección antes de que los rumores se expandieran atrayendo a la policía hasta el pabellón quirúrgico.

   El jovencito había sido recogido en una esquina por el mortífero dúo mientras mendigaba. Unos días atrás disponía de techo y comida, pero una pelea con su madre lo había arrojado a vagar y limosnear de puerta en puerta. La esposa de Burke cooperó en lograr que el chico aceptara acudir a la casa de inquilinato valiéndose de la excusa de invitarlo a beber unos tragos. No bien ingresó junto con éste al hospedaje Helen dio un leve pisotón a su marido a guisa de contraseña criminal.

   Minutos después la tirante sábana diestramente manejada por las expertas y fuertes manos de William Burke comenzaría a operar en torno al cuello del desdichado, a quien previamente obligaron mediante la fuerza a colocarse en cuclillas, mientras era sujetado con las manos vueltas a su espalda por la cónyuge del matador y por Hare, los cuales le impidieron ofrecer cualquier resistencia.

   No menos escabroso resultaría el homicidio de la anciana Mary Docherty quien arribó a Escocia procedente de Irlanda en busca de un hijo perdido. Había ingresado a la taberna donde Burke bebía un whisky tras otro, y preguntó a los parroquianos sobre el paradero de aquel hijo, a la vez que pedía limosna. Fingiendo caridad, el asesino la invitó a pernoctar en el hospedaje y la condujo allí dejándola en compañía de su mujer. Después salió en procura de su socio, a quien avisó que esa noche –que era Halloween- tendrían “trabajo”.

   En aquella oportunidad se hallaba también en el hospedaje el soldado James Gray, ocupante de una de las habitaciones, junto con su familia. Al cabo de una alegre velada, donde no escaseó el baile ni el licor, los traficantes le solicitaron al miliciano si podía pernoctar en casa de Hare para que la anciana pudiese dormir aquella noche cómoda en el cuarto por él rentado.

   Gray accedió a la noble petición. A la mañana entrante su cónyuge retornó al alojamiento cedido a fin de llevarse unas ropas de sus hijos, pero fue interceptada por el estrangulador antes de poder ingresar a la pieza.

   La señora intuyó que algo andaba mal pues la actitud del hombre le resultó visiblemente sospechosa, puesto que con torpes excusas aquél le impidió penetrar a la habitación aduciendo que la pobre viejecita aún dormía y no era bueno despertarla. El mortífero Burke estaba borracho y parecía muy alterado.

   La esposa del soldado simuló retirarse, y aguardó oculta afuera hasta asegurarse que el sujeto salía en busca de más whisky. Con el campo despejado, revisó el dormitorio comprobando que se hallaba sumido en completo desorden. Al levantar unas mantas sospechosamente manchadas descubrió, para su horror, que bajo las mismas yacía el destrozado cadáver de Mary Docherty.

   Alarmada ante los gritos de espanto proferidos por la mujer acudió Helen Mc Dougal, quien ofreció pagarle diez libras esterlinas semanales a cambio de no informar del macabro hallazgo a la justicia. Aún sin reponerse, y entre estupefacta e indignada, Mrs. Gray le espetó: “Dios prohíbe que los muertos nos reporten dinero”, y tras esa declaración salió a todo escape rumbo a la estación de policía.

   Sería el final de la carrera criminal de los sádicos.

   William Burke y su mujer cómplice fueron interrogados esa misma tarde. Aún no mediaban pruebas en su contra, pues habían tenido tiempo para esconder los mortales despojos de la extinta. Mientras se encontraban detenidos en la comisaría una denuncia anónima comunicó a las fuerzas del orden el sitio exacto donde se localizaba el cadáver de la anciana en Surgeons Square.

   Muy pronto se atrapó igualmente a William Hare y a Margaret Log aunque, insólitamente, este matrimonio logró salvar su pellejo llegando a un acuerdo con el fiscal y acusando a su socio de constituir el exclusivo responsable de las tropelías. No obstante, estos cómplices a la larga no saldrían tan bien librados. La taberna y pensión de la mujer fue destruida por los indignados vecinos y ella se vio forzada a escapar con destino desconocido.

   Peor aún devendría el destino último de su cónyuge dado que -muchos años después- tras haber emigrado de Escocia hacia Gran Bretaña, y mientras trabajaba en una fábrica de Londres, algunos obreros lo reconocieron como el execrable profanador y decidieron hacer justicia por mano propia. Lo cargaron en vilo y lo lanzaron dentro de un contenedor repleto de cal viva, agresión que le provocó quemaduras tan severas que de resultas de ellas perdería la vista. Concluyó sus días ciego, y varios testigos lo reconocieron deambulando por las aceras de Edimburgo convertido en  pordiosero. Murió en 1860.

   El proceso judicial tuvo su apertura el 24 de diciembre de 1828 y al cabo a Helen Mc Dougal -la esposa de Burke- se le impuso pena de muerte. Apeló y le conmutaron la condena logrando salir libre tiempo más adelante bajo una nueva identidad para evitar la venganza pública.

   En cuanto atañe al ejecutor William Burke, terminó resultando el gran perdedor dentro del equipo de criminales pues se lo condenó a expiar sus culpas pereciendo en el patíbulo. En la tarde del 28 de enero de 1829 fue ajusticiado en la más importante plaza pública de Edimburgo frente a una excitada muchedumbre, y –en cumplimiento de una draconiana sentencia acorde con la época- su cuerpo resultó diseccionado de forma semejante a cómo él tantas veces lo hiciera con sus víctimas pasando, de tal suerte, a servir forzosamente a la ciencia.

   En cuanto atañe al restante participante de este drama, el cirujano Robert Knox, nadie le creyó en sus protestas de desconocer la verdadera procedencia de los cadáveres y de haberlos comprado en beneficio del progreso de la medicina.

   Aún cuando consiguió eludir la aplicación de cargos penales quedó sumamente desprestigiado. Una colérica multitud atacó a pedradas su residencia, y la policía lo salvó por poco del linchamiento.

   Meses más tarde se vio obligado a huir deshonrado de la ciudad, y pasó a ejercer su profesión oscuramente en la localidad de Hackney, donde falleció en el correr del año 1862.

Galería de imágenes

Litografía con la imagen de los profanadores de cadáveres

Ejecución pública de William Burke

Facsímil de la época informando sobre la captura del dúo criminal

Bosquejo del doctor Robert Knox

Cabezas de yeso a imagen de la pareja asesina

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