jueves, 3 de septiembre de 2015

Estupendas imágenes y explicaciones nos ilustran sobre los habitantes de los antiguos bosques del Carbonífero: Las trazas del pasado nos informan, y también nos enseñan

Estudiamos las estructuras geológicas y los restos fósiles no por simple curiosidad, sino porque de una comprensión más profunda de la evolución de la vida en el geoespacio y en el tiempo, puede depender la propia supervivencia de nuestra especie

Cierto que aquellos bosques antiquísimos diferían mucho de los actuales. Las selvas del carbonífero, exentas de flores, eran tristes, húmedas y pantanosas.

Invadía el aire un ambiente caliginoso (denso y nebuloso) y al olor de la tierra húmeda, saturada de emanaciones vegetales, se mezclaba el hedor pesado de las numerosas charcas, medio cubiertas por los arbustos que crecían en sus orillas, y entre cuyas aguas verdinegras, cruzadas por reflejos de dorada luz, se pudrían los troncos carcomindos y la hojarasca muerta.

En nuestra imaginaria película, tres horas antes de terminar la proyección, que en la historia real significarían escenas de hace 350 millones de años, podríamos contemplar la aparición y avalancha de nuevos y extraños personajes : los anfibios, que como los anteriores emigrantes, buscaron refugio en la espesura de la selva, al cobijo de las ciénagas y regajos disimulados entre la maleza, bajo los árboles centenarios entonces, de especies desaparecidas luego, sin dejar más rastro que sus fósiles.

Llenábase el bosque con los macizos de helechos arborescentes, y sobre ellos se destacaban las rectas sigillarias, de tronco acanalado, como el fuste de una columna, sin ramificarse hasta alcanzar alturas de 30 o 40 metros, para abrirse, allá arriba expandiéndose en forma de penacho o florón de largas hojas.

A su lado, se inclinaban las ramas de los lepidodendros, de corteza escamosa, y 15 a 30 metros de talla, que se ramificaban subdividiendo de continuo cada brazo en dos; las calamitas, con el tallo articulado, verdaderas cañas de proporciones demesuradas, aún mayores que los actuales bambúes; y surgirían también, sobre el cristal de los regajales, las acuáticas anularias, de porte majestuoso, como plantas de salón.

Una explosión inacabable, en fin, de especies exóticas, que se diría eran dueñas absolutas de gran parte del planeta.

En los calveros, donde el aire parecía hecho de polvo luminoso, cruzaban sus vuelos las libélulas, enormes e ingrávidas, que se detenían zumbando un momento, inversímilmente paralizadas en el espacio, sobre el agua de las charcas, removida por el chapoteo de los anfibios.


Muchas de ellas medían más de medio metro de envergadura entre sus alas translúcidas, engarzadas en un coselete de reflejos metálicos.

Abajo, ocultándose entre el verdor de la maleza, la lucha intrascendente que sólo costaba la vida de los vencidos, en voraces cacerías.




Dramas sencillos, siempre repetidos y siempre crueles, cuyas víctimas solían ser pacientes escarabajos, de negrura azulada y del tamaño de una perdiz, verdosos saltamontes, y hasta escorpiones venenosos, todos ellos buenos para abastecer la mesa, no demasiado exigente en achaques de paladar, de sapos, escuerzos, y tritones.

A veces, el croar de los felices de un momento se suspendía, en silencio espectante, al rumor de la desbandada temerosa que precedía el paso de cualquier urodelo gigante : salamandras de tres metros de longitud y andar tortuoso, equiparables en peso y dimensiones a muchos cocodrilos de hoy día.

No todos estos colosos repulsivos eran forzozamente terribles. Algunos se alimentaban de vegetales, y sus mandíbulas, de naturaleza córnea, aparecían desdentadas.

Otros no y su fauces carnívoras, se mostraban bien equipadas de largas hileras de dientes aguzados.

Estremecíase el suelo con frecuencia y ardían las noches, al resplandor intermitente de los fogonazos proyectados por las erupciones volcánicas.

Hacía tiempo que la corteza terrestre volvía a plegarse de nuevo, al impulso de un tercer levantamiento orogénico, el "herciniano" que cincelaba el relieve de un largo cordón montañoso, tendido desde los modernos Apalaches a Irlanda, meseta central hispánica, Escocia, las Ardenas, los Vosgos y los Sudestes, en Europa, hasta los Altai y Ching-Ling, en Asia.

En el continente austral, las cordilleras se alzaban en Chile y Argentina, Guinea y El Cabo, hasta morir en las costas orientales australianas.

Evolucionó también el clima. El cálido ambiente subtropical fue cediendo paso a días cada vez más fríos, y por segunda vez, nuestro planeta conoció las rudas invernadas seculares.

La Era Primaria se cerraba entre glaciares y neviscas. Los mantos de hielo avanzaron por Brasil hasta las proximidades del Ecuador (10 grados de latitud sur), desbordando igualmente en África, la zona tropical.

Algunos geólogos, como Wegener, tratan de explicar este cambio por un desplazamiento circunstancial del eje de los polos.

Otros no intentan siquiera una justificación de tal fenómeno.

En realidad, ignoramos por ahora, la causa verdadera de aquellas glaciaciones.

Conviene aclarar, para ser precisos, que el glaciarismo no ha de entenderse en cada caso como una etapa continuada, ni general, sino salpicada más bien, por breves períodos de condiciones más benignas, y suavizada en algunos lugares, por circunstancias locales de latitud o topografía.

Hoy, los antiguos bosques del período Carbonífero se han transformado en yacimientos de hulla y son explotados como minas de carbón.

El mecanismo de tal metamorfosis, es largo y complicado. Aquí lo resumiremos en pocas palabras.

Los troncos muertos en aquellos bosques prodigiosos, las ramas desprendidas, las hojas marchitas, que al caer se hundían entre las aguas de las ciénagas, quedaban aisladas del contacto con el aire, al sumergirse en el lodo.

Allí se pudrieron; pero su descomposición, al abrigo del ambiente, les permitió conservar el carbono, que con el concurso de la energía luminosa del Sol, habían absorbido en su respiración.

Los restos vegetales, así descompuestos formaron capas de materia esponjosa, la "turba" que se fue sedimentando poco a poco hasta endurecerse con el paso de miles de siglos.

Así, fueron transformándose en "lignito", que a su vez, bajo circunstancias favorables puede convertirse en la dura y brillante "antracita", uno de los más puros representantes del carbón

Ahora bien: es necesario pensar que una selva frondosa, desarrollada por espacio de muchos siglos, no dá al final de su larga vida, más que una débil capa de hulla de algunos centímetros de espesor.

Imaginan ustedes el número de sucesivas generaciones de árboles corpulentos, de bosques enteros, renovados en el mismo lugar, durante el transcurso de millones de años, para llegar a constituír esos yacimientos integrados por capas de 10, de 60, de 100 metros de espesor, que como los de Silesia, Mersburg, y muchos otros se explotan actualmente en el mundo

Pero volvamos a nuestra historia, cuyo ritmo se acelera ya. A medida que nos acercamos al final, todo se sucede con rapidez creciente.

La mayoría de aquellas regiones, cubiertas de lujuriante vegetación, se convierten, bajo los hielos, en desiertos y estepas.Desaparecieron numerosas especies de animales y plantas, incapaces de soportar las nuevas condiciones, mientras se transformaban otros diversos géneros de vida que, o retornaban al mar, o se hacían más acusadamente terrestres, como es el caso de los reptiles.

En la próxima entrega, continuaremos describiendo a monstruosas criaturas en nuestra imaginaria película de la evolución de la vida en este planeta. Brunetto se despide hasta entonces.

Galería de imágenes




















Agradecimiento y cierre:

Destacamos la invaluable colaboración de los ingenieros Juan Carlos Anselmi Elissalde y Aulo Fernando García Texeira en las ilustraciones que engalanan este artículo.

Se aclara además que todos los artículos de este sitio digital de autoría del suscrito Carlos Brunetto, tienen por objetivo principal el empoderamiento de las actividades educativas y de divulgación cultural, así que un importante esfuerzo ha sido hecho para presentar conceptos, descubrimientos, teorías, y conclusiones técnicas y socio-políticas, sin utilizar un rebuscado vocabulario propio de especialistas, y tratando de presentar las ideas con el mayor rigor posible aunque siempre buscando sencillez y fácil comprensión.

Esperando que este contenido haya sido de utilidad y agrado para los benévolos ciberlectores, como es habitual Brunetto se despide de todos con un fuerte abrazo, y hasta la próxima entrega.

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