jueves, 3 de septiembre de 2015

El reinado de los monstruos en la era Secundaria : Diversidad, con inclusión de gigantismo y fuerza

Segunda parte de nuestra película imaginaria de la vida en el planeta

Cuando las glaciaciones del último período invernal cesaron, nuestro planeta se fué recuperando de un modo paulatino.  Muchas variedades vegetales se habían perdido totalmente.

Tiempo hacía que la pasada furia de los volcanes parecía haberse adormecido en parte, y el mar se extendía apacible, en prolongado brazo sobre México, extensas regiones de Europa, Asia Menor, Persia y el Tíbet.

Sus olas venían a morir en plena meseta castellana, y en tierras burgalesas, porque sólo la mitad occidental de la península Ibérica asomaba entre las aguas, y formaba una gran isla, que con muchas otras constituía un dilatado archipiélago.

Abundaban en aquellas aguas, ciertos seres marinos denominados ammonites, remotos antepasados de los argonautas y de los nautilus, cuyas conchas, en forma de caracol, se encuentran ahora en abundancia, fosilizadas entre las tierras de los montes de Teruel, las lomas andaluzas, o las sierras levantinas, entonces bajo las aguas de aquel mar Triásico.

Volvían los bosques a rehacerse de su pasada ruina, y aunque ya nunca recuperarían la rebosante y casi arrolladora pujanza del período Carbonífero, de nuevo se mecieron, a impulso de la brisa, las curvas de las palmeras tropicales, alzándose por encima de las copas redondeadas de los helechos, y de  los geométricos filamentos que, como varillajes de sombrillas japonesas superpuestas, presentaban las graciosas líneas de los  equisetos,  arbustos de tronco recto, aunque  fragmentado  y hendido por canaladuras verticales.

Otras plantas, todavía sin flores, pero ya con semillas,como  los pinos, las araucarias, etc. representaron un progreso en la vida vegetal.

El clima se había tornado casi uniforme, como un largo estío de serenidad prolongada, sin que los vientos invernales turbaran la paz de la llanura.

Ni siquiera un otoño o una primavera, alteraban la monotonía estival de los campos, y sobre este fondo de suave placidez, comienzan a desarrollarse nuevas especies animales,cuyo corazón sólo podía latir a impulso de una temperatura canicular : los reptiles.

Es el momento en que salen a escena las figuras alucinantes de los saurios monstruosos, que son la nota más representativa de toda la era Mesozoica.

Nuestra película nos los mostraría rápidamente cuando sólo quedase una hora de representación, con la  fidelidad  de sus siluetas  impresionantes: en movimiento los macizos cuerpos, tal como fueron y se agitaron cuando les animó la vida.

Veríamos las moles corpulentas de los plesiosaurios, nadando entre las olas o  reposando en la orilla, brillante y húmeda la piel, provistos de aletas, como  las focas, y como ellas, moviéndose con torpe embarazo en tierra firme.

Eran reptiles de unos veinte metros de longitud, ágiles nadadores de cuello de cisne, terminado en una espantosa cabeza de lagarto, cuya boca, bien dentada por cierto, simulaba un rictus de curiosa sonrisa bajo la largas comisuras laterales.

Mar adentro, otros reptiles de aspecto pisciforme, los ictiosaurios, asomarían entre las aguas, sus  ojos  terroríficos,  del tamaño de la cabeza de un hombre, redondeados y protegidos por una serie de placas radiales, dispuestas sin duda, para mejor soporte del enorme globo ocular.

Su voracidad extraordinaria, les hacía no desdeñar el bocado de sus propios hijos, que por lo visto, encontraban a veces apetitosos.

Desfilarían por la pantalla los rebaños de estegosaurios, de seis a nueve metros de talla con su lomo en giba, y erizado de una doble serie de puntigudas placas óseas.

Surgirían también, junto a los lagos o los ríos, la figura grotesca de los triceratopos, otros colosos de 8 y de hasta 9 metros de largo, con el hocico en forma de "pico de loro" , y  tres grandes y deformes cuernos sobre su cabeza, rodeada de una "gola estrellada" , que se desplegaba imponente en el ataque.

Veríamos, en fin, al Iguanodonte, reptil parecido a un canguro desproporcionado;  al Camarasauro, de 18 metros de largo, al Brontosaurio de 23 metros, y al Diplodocus de 27 metros longitud, masas de carne viviente, de varias toneladas de peso, y al mayor de todos, el "Atlantosaurus", coloso africano de 40 metros de longitud, que hace millón y medio de siglos deambulaba por las cálidas tierras del continente de Gondwana.

A pesar de su imponente aspecto, muchos de estos extraños seres fueron relativamente inofensivos.
Algunos eran herbívoros, como el Iguanodonte y el Diplodocus, y sólo en caso de ataque, revolvíanse en lucha defensiva.

Pero otros, de costumbres carnívoras, se alimentaban a costa del sacrificio de los que cazaban. Entre estos depredadores, el Ceratosaurio y el Alosaurio, fueron insaciables carniceros, dotados de una acometividad feroz e implacable.

Hacia esa época, ocurre también un sorprendente fenómeno. Algunos reptiles se convierten en animales voladores.

En realidad, los más antiguos ejemplares de esta especie nueva, como el Arqueoptérix, primer reptil con plumas en las alas, debieron ser más saltadores y planeadores, que voladores.

Acaso representan el tipo de transición hacia las aves.

Otra cosa es el tema de los pterosaurios, o dragones alados.

En el caso del Pterodáctilo, los miembros anteriores estaban unidos a los posteriores por medio de un repliegue de la piel, para formar el aparato volador, de modo parecido a como vemos hoy entre los murciélagos.

Un solo dedo, prolongado desmesuradamente, servía de armadura exterior a la membrana del ala.

Desde el Triásico, ya dominaba en los aires el Pterodáctilo, que volaba en bandadas, cerca de las costas marinas, cazando peces e insectos que destrozaba a dentelladas.

Era del tamaño de un estornino, y dormía en  las ramas de los árboles o en cuevas, colgado cabeza abajo, como los murciélagos

La cabeza del Pterodáctilo, larga y aplanada, con poco espacio para el cerebro, terminaba en un pico formidable, armado de sesenta dientes, con los que trituraba a los insectos que servían de base a su alimentación.

Mucho más perfeccionado, y en pleno dominio del vuelo, encontramos más tarde   ( en el Cretácico ) al Pteranodón, con ocho metros de envergadura entre las alas abiertas, y una osamenta ligera y ya plenamente adaptada a su peculiar función.

Ninguno de los saurios gigantes de aquella época sobrevivió a los fríos glaciales.

Eran reptiles, animales de sangre fría, que como las sabandijas y los lagartos, se aletargan si desciende la temperatura, y no se recuperan hasta que vuelve a iniciarse la estación cálida.

Los monstruos de la Era Secundaria, estaban adaptados perfectamente para vivir sólo en un clima canicular. Los grandes fríos les sumieron, sin duda, en un letargo eterno, del cual no volvieron a despertar jamás.

Bueno queridos lectores, en los párrafos anteriores hemos descrito monstruos de terror, lo que muestra que la realidad es mucho peor que las mejores y más espeluznantes películas de Boris Karloff o Alfred Hitchcock. Felices sueños, de parte de Brunetto, junto con un fuerte abrazo.


Galería de imágenes

Atlantosaurus, coloso africano que hace millón y medio de siglos, deambulaba por las cálidas tierras del continente de Gondwana
Moderna reconstrucción del Atlantosaurus

Un Alosaurus arrojándose sobre un Ceratosaurus

El Ceratosaurio era un carnívoro de seis metros de largo y tres metros de altura, feroz depredador del Jurásico

Antigua imagen del Iguanodón

Primera reconstrucción del Iguanodón, elaborada por el Doctor Gideon Mantell

Antigua ilustración del Megalosaurio, descrito por William Buckland

El Iguanodón, provisto de grandes espolones en sus manos, en la clásica posición tripode

Antiguo grabado del siglo XIX, representando la lucha entre un Megalosaurio y un Iguanodón

Antigua representación artística del Iguanodón, en el Palacio de Cristal de Londres


Agradecimiento y cierre: Agradezco sinceramente a invaluable colaboración de los ingenieros Juan Carlos ANSELMI ELISSALDE y Aulo Fernando GARCÍA TEXEIRA en el aporte de las valiosas ilustraciones que engalanan este artículo.

Como los consecuente lectores apreciarán, se procura brindar en esta serie, un panorama claro, completo, y entendible, acerca de los fantásticos seres que precedieron a la humanidad en el dominio del planeta.

Esperando que tanto el texto como las ilustraciones hayan resultado de interés y utilidad, y contando con la benevolencia de los amables cibernautas, Brunetto se despide de los mismos, prometiendo continuar con estas apasionantes temáticas.

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