viernes, 11 de julio de 2014

Historias de criminales seriales: Bela Kiss, el amante perverso


    ¿Cuántos son los maridos de tiempos antiguos o modernos que tras descubrir la infidelidad de su cónyuge toman venganza matando a terceras personas? Esto parecería que es llevar la ausencia de motivaciones lógicas a extremos demasiado absurdos.

    Pero toda regla tiene su excepción.

    Una de las muy escasas anécdotas que adquirieron truculenta resonancia en donde se adujo que el despecho de un esposo burlado fue la razón de una saga homicida se verificó en tierras de Hungría a principios del pasado siglo en el poblado de Czinkota, próximo a la capital Budapest, y tuvo por protagonista a un hojalatero de mediana edad llamado Bela Kiss.

    Dicho sujeto –de acuerdo se ha pretendido- fue un asesino enamorado a quien la ira producida por la infidelidad condujo al desquicio y lo transformó en un implacable segador de vidas. Además de matar a otras mujeres, este hombre no perdonó a su adúltera esposa, la cual se sumó a la lista de cadáveres femeninos que el cruel victimario fue dejando a su paso.

    Bela Kiss poseía una empresa metalúrgica que prosperó en el pequeño pueblo. Al afincarse en el mismo trajo consigo a su flamante esposa María, varios años menor que él. Muy rápidamente se ganó el aprecio de los habitantes por su carácter atento y servicial. En la amplia casa que arrendó empleó a dos criados que trabajaban durante el día y pernoctaban en sus propios domicilios por expreso pedido de su patrono.

    El comerciante solía pasar las tardes fuera de su hogar enfrascado en sus negocios, ausencias que eran aprovechadas por María quien recibía las visitas y atenciones de un apuesto artista itinerante de nombre Paul Bihari. Tanto los servidores como los vecinos detectaron la infidelidad –la muchacha al parecer era muy descuidada y dejaba las ventanas abiertas cuando practicaba sexo con su amante- y compadecidos por la situación decidieron poner al tanto al pobre esposo.

    Un grupo de notables del pueblo se dirigió hacia la mansión arrendada para comunicarle la triste noticia al marido engañado. Para su sorpresa, aquél los atendió con semblante sombrío. Invitó a los visitantes a sentarse en la sala de estar y les leyó una carta que su mujer le habría dejado. En ella la infiel le comunicaba su intención de abandonarlo para siempre y le pedía que no fuera a buscarla. Tras la lectura el anfitrión se derrumbó y prorrumpió en un llanto que dejó turbados a los visitantes, los cuales se pusieron a la tarea de darle ánimo.

    Bela Kiss pareció reponerse pronto de su desgracia. Contrató a una viuda de apellido Kalman como ama de llaves en sustitución de los anteriores criados. Con el dinero acumulado fabricó unos depósitos cilíndricos de gran porte que guardaba en su sótano. También comenzó a recibir visitas de jóvenes mujeres, en su mayoría atractivas. Las chicas pasaban la tarde recorriendo los jardines en compañía del maduro y caballeroso galán quien luego les mostraba las habitaciones y demás dependencias de la finca. En el momento oportuno, el ama de llaves servía el té, tras lo cual su patrono le solicitaba que se retirase y volviera días más tarde.

    Para desconsuelo de la viuda –la cual deseaba sinceramente que su amable empleador consiguiera al fin una nueva esposa- al retornar comprobaba que ninguna de aquellas jovencitas se había quedado a vivir con él.

    Estaba cercana la Primera Guerra Mundial, y el Condestable de Czinkota –cargo equivalente al de un Alcalde- se apersonó un día hasta el domicilio de Bela Kiss con quien había trabado amistad. Al aproximarse la inminente conflagración iban a ser necesarias ingentes cantidades de gasolina, y se rumoreaba que el hojalatero acumulaba muchos litros de aquel combustible dentro de unos barriles ocultos en su sótano.

    Con generosidad su amigo ofreció entregarle esos bidones con su valioso líquido para ser utilizados en beneficio de los pobladores cuando las circunstancias así lo exigieran. Acto seguido, destapó uno de los recipientes, y el jerarca pudo observar que rebozaba de gasolina. Antes de marcharse el Condestable agradeció efusivamente el gesto altruista y el sentido de previsión del cual Bela hiciera gala.

    Mientras el hombre proseguía con sus románticas citas, en los periódicos de Budapest se daba cuenta de la extraña desaparición de una serie de mujeres. La policía sospechó de un tal Hoffman aunque no pudieron echarle el guante.

    Al estallar la guerra fueron mermando los viajes que el comerciante emprendía a la capital, y las visitas femeninas que recibía. Promediando el año 1916, agotado ya el cupo para la conscripción de los ciudadanos más jóvenes, el ejército húngaro se vio forzado a enrolar a los más maduros y convocó a Kiss para alistarse.

    El hojalatero trató de eludir la leva pretextando que sufría del corazón, pero una revisión médica comprobó que mentía y lo reclutaron. A los pocos meses al poblado llegó la infausta noticia de que uno de sus más queridos y prominentes habitantes había perecido en el campo de batalla.

    El Condestable recordó la promesa de su amigo sobre poder disponer de la gasolina que guardaba en su casa. La situación era crítica y no había tiempo que perder. El principal del pueblo se encaminó hacia la mansión del presunto occiso acompañado por unos soldados y le pidió al ama de llaves que le franquease el ingreso. Los toneles pesaban extraordinariamente. Tanto era así que fue precisa la fuerza de dos milicianos para cargar a uno sólo de ellos. El jerarca local buscó una herramienta e hizo palanca para abrir la hermética tapa. Miró hacia dentro y le fue evidente que no contenía líquido alguno.

    ¿Por qué estaba tan pesado el tonel entonces? Observó con mayor detenimiento auxiliándose con la lumbre de una linterna. Entonces, mientras luchaba por controlar a su revuelto estómago, lo supo.

    Estaba viendo el desnudo cuerpo de una mujer relativamente bien conservado en alcohol. En torno a su cuello aún portaba enroscada la bufanda de seda mediante la cual la habían estrangulado. Los militares repitieron la operación de acarrear y destapar aquellos recipientes. De los siete toneles restantes únicamente uno de ellos contenía gasolina. Otros seis cadáveres en similar estado fueron extraídos de los respectivos barriles.

    Una vez que se dio parte a la policía de Budapest se comprobó que el supuesto Hoffman no era otro sino Bela Kiss, el cual se valía de dicho seudónimo. Se supo que el sujeto contactaba a las féminas a través de anuncios matrimoniales de los periódicos y que diecinueve de ellas respondieron sus mensajes. Después de averiguar la situación económica y familiar de las candidatas el seductor elegía a las presas más fáciles: aquellas que carecían de familiares o que él calculaba no serían echadas de menos.

    Aparte de los cuerpos hallados dentro de los bidones fueron localizados en el mismo recinto los cadáveres de María y de su amante. Los restos de otras seducidas aparecieron flotando en alcohol en el interior de sendos barriles ocultos en un almacén que el victimario arrendaba en un villorrio cercano a Czinkota.

    Durante ese período el verdugo de los toneles fue el prófugo más buscado por la policía, pues no se confiaba en el reporte de que había fallecido. La búsqueda pareció concluir cuando desde el frente de combate se avisó que el individuo efectivamente estaba muerto. Tiempo más adelante surgirían severas dudas porque el cuerpo que se creía era de Kiss pertenecía a un juvenil soldado de apenas veinte años, mientras que el matador rondaba los cincuenta. Se había tratado de un caso de usurpación de identidades. El criminal seguía desaparecido.

    Variados rumores llegaron pretendiendo develar el escondite del tránsfuga. El dato más firme procedió de la Legión Extranjera francesa donde un legionario aportó las señas de un compañero que había alardeado de haber hecho fortuna seduciendo y asesinando a mujeres ricas. Los rasgos coincidían, pero cuando la policía vino para aprehenderlo el sospechoso ya había puesto pies en polvorosa.

    También se alegó con insistencia que había escapado rumbo a Sudamérica donde su tono de piel moreno le permitía hacerse pasar por un oriundo. Pero lo cierto fue que jamás se supo nada más de él, y tan sólo quedó tras de sí el recuerdo de una leyenda que parece increíble.

    Bela Kiss fue un asesino que empezó su letal carrera pasados sus cuarenta años. Esa representó otra de sus rarezas, pues muy pocos casos se conocen en que un ultimador serial no consumase su crimen primerizo a una edad más temprana.

    ¿Se trató de un marido burlado al cual la infidelidad y la frustración amorosa transformaron en un perverso homicida en serie? O, por el contrario: ¿El engaño de su cónyuge fue sólo un suceso aislado que para nada incidió en sus asesinatos?

    Carecemos de información acerca de su vida antes de arribar al pueblo que fuera escenario de sus inauditas fechorías. El misterio en torno a su casi mítica figura lo envuelve todo.

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