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jueves, 29 de abril de 2010

Grandes problemáticas de nuestro tiempo, Parte III: Evolución de los instrumentos jurídicos de desarme


INTRODUCCIÓN

Las armas químicas adquirieron notoriedad a raíz de su empleo por las fuerzas iraquíes para contener una ofensiva iraní en la guerra que ambos países libraron entre 1980 y 1988. Pero el episodio no hizo más que actualizar un problema que es más antiguo de lo que generalmente se cree. Estas líneas no son más que una introducción a un problema muy complejo y por cierto multidisciplinario. Con la finalidad de presentar el material con mayor claridad para el lector, fue dividido en tres partes: a) las armas químicas a través de la historia; b) una visión general de los agentes químicos de guerra; c) evolución de los instrumentos jurídicos de desarme.

INTENTANDO HUMANIZAR LA GUERRA: LOS ACUERDOS INTERNACIONALES

El primer acuerdo internacional de la historia moderna, dirigido a prohibir el empleo de agentes quimicos en guerra, fue el Acuerdo de Estrasburgo celebrado entre Francia y Alemania en 1675, por el cual los firmantes se comprometían a no utilizar proyectiles venenosos.

El siglo XIX presenció los primeros esfuerzos importantes dirigidos a detener la proliferación y uso de agentes químicos en guerra. La Declaración de San Petersburgo (1868), que comprometía a las partes en caso de ir a la guerra, fue el primer acuerdo multilateral alcanzado en la materia, y lo firmaron más de 20 naciones.

La Conferencia de Bruselas de 1874, llegó a un acuerdo para prohibir el uso de venenos y armas venenosas. La Declaración de La Haya sobre gases de guerra (1899), fue ratificada por 20 países, aunque Estados Unidos no lo hizo y el Reino Unido recién accedió en 1907, el año de la Segunda Conferencia Internacional de La Haya, también de éxito relativo.

Sin embargo, estos esfuerzos no pudieron evitar que varias naciones recurrieran a las armas químicas durante la Primera Guerra Mundial, y finalizada la misma, se renovaron las expectativas de alcanzar un instrumento jurídico efectivo. Así se firmó en 1925 el Protocolo de Ginebra, que prohibía el uso de armas químicas, biológicas, y bacteriológicas, pero no prohibía ni su desarrollo, ni su almacenamiento, ni su posesión. Incluso se reconocía el derecho a emplear estas armas, como respuesta a un ataque sufrido con ellas. Potencias militares de la época, como Estados Unidos y Japón, no lo firmaron.

En 1968 por iniciativa sueca, el tema fue puesto en la agenda de la ONU, llegándose en 1972 a la firma de la Convención de Armas Bacteriológicas y Toxícas, ratificada 3 años después. En cuanto a las armas químicas, tras un aplazamiento inicial, fue constituido un grupo de trabajo en 1980, que operaba sobre la base de un borrador permanentemente actualizado.

Por su parte Estados Unidos y la Unión Soviética suscribieron en 1989 un acuerdo bilateral de no producción de agentes químicos, y destrucción gradual de sus arsenales. Este acuerdo aún está vigente, porque la Federación Rusa asumió los compromisos adquiridos en la materia, por la desaparecida Unión Soviética.

Finalmente, el 13 de enero de 1993, en París, se abrió para la firma la CONVENCIÓN SOBRE LA PROHIBICIÓN DEL DESARROLLO, LA PRODUCCIÓN, EL ALMACENAMIENTO Y EL EMPLEO DE ARMAS QUÍMICAS Y SOBRE SU DESTRUCCIÓN, comúnmente conocida como “Convención de Armas Químicas” (CAQ). Se trata del primer instrumento multilateral dirigido a la eliminación de toda una categoría de armas de destrucción masiva, bajo control internacional. Prohibe la producción, el desarrollo, el almacenamiento, y también el uso de las mismas; exige la destrucción de las armas químicas existentes y de las instalaciones asociadas con ellas.

Uruguay ratificó esta Convención a mediados de 1994, siendo el primer país sudamericano en depositar el intrumento de ratificación, y el segundo de toda América después de México. La CAQ entró en vigencia el 29 de abril de 1997.

La forma más efectiva de impedir la proliferación, consiste en controlar el intercambio internacional de productos químicos que pueden ser utilizados directamente como agentes de guerra, o pueden emplearse como precursores para su fabricación.

Por ello, la CAQ agrupó una amplia gama de productos químicos en tres categorías, llamadas “listas”. En la Lista 1, figuran sustancias que sólo se emplean como agentes de guerra. La Lista 2 contiene productos químicos de uso dual, es decir, existe intercambio internacional con fines pacíficos, pero también pueden ser destinados a aplicaciones militares. La Lista 3 incluye productos utilizados casi exclusivamente con fines pacíficos, aunque podrían llegar a tener importancia en procesos de producción de agentes químicos de guerra. En la CAQ se establecen plazos para la prohibición del intercambio internacional de algunas sustancias de estas listas, y también los contralores a aplicar a otros productos listados, para permitir su comercialización a Estados no miembros.

Los países ratificantes de la CAQ, se obligan a declarar anualmente las cantidades producidas, procesadas, elaboradas, exportadas, importadas, etc, de cada una de las sustancias incluídas en las listas, y no pueden impedir inspecciones internacionales dirigidas a comprobar la veracidad de las declaraciones. En el contexto de la CAQ, estas inspecciones se denominan “rutinarias”, pero también están previstas inspecciones “por denuncia”. Los procedimientos de inspección son similares a los de la Organización Internacional de Energía Atómica, pero mucho más complejos, pues la industria química es mucho más numerosa y está más distribuída que las instalaciones relacionadas con la energía nuclear.

Esta problemática no sólo afecta a la industria química civil. Existen instalaciones militares de almacenamiento de munición química, y también laboratorios militares de investigación con fines de defensa; ambos deben ser declarados y quedan sujetos a inspección.

Por otra parte, en Europa se presentan problemas adicionales. Hay armas químicas abandonadas en un país por fuerzas extranjeras de ocupación desde hace varias décadas; por lo general se trata de depósitos subterráneos cuya localización no se conoce. Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, en el Mar Báltico y en el Mar del Norte, fueron hundidas miles de toneladas de munición química en recipientes que, con el paso del tiempo y por la acción del agua de mar, se han ido deteriorando, dejando escapar su temible contenido.


¿QUÉ IMPORTANCIA TIENE LA CAQ PARA URUGUAY?

Uruguay no posee armas químicas ni tiene planes de producirlas. Las sustancias que emplea la industria nacional no se prestan a uso directo como agentes de guerra y casi ninguna puede emplearse ni aún como precursores para su síntesis, por lo cual el problema del país en este terreno, no es militar sino industrial. Por lo tanto la industria nacional y particularmente la industria química, debe estar en conocimiento de los derechos y obligaciones que el país asumió como ratificante de la CAQ, ya que la afectan directamente.

El atentado perpetrado en el metro de Tokyo el 20 de marzo de 1995, por un grupo terrorista que empleó sarín, demostró que la tecnología y los materiales requeridos para poner a punto un arma de destrucción masiva, no eran ciertamente difíciles de obtener, y que aún con dispositivos artesanales, era posible infligir mayor daño que con armamento convencional.

Tan solo la cifra de afectados y el efecto psicológico que provoca el empleo de estas armas, puede sembrar el pánico, provocar caos, y hasta ocasionar la desestabilización de las instituciones de un país. Cualquier recinto cerrado en el que tenga lugar un acto político o un espectáculo artístico o deportivo, puede ser blanco de un atentado con estas amas, de impredecibles consecuencias.

Organizaciones delictivas internacionales con vastos recursos económicos, podrían llegar a proveerse de insumos para la fabricación de estas armas, en países donde las medidas de control de movimientos de ciertos productos, tengan un excesivo grado de laxitud. El tema puede tornarse particularmente grave, por las responsabilidades asociadas a la circulación internacional de dichas materias primas. En muchos casos es posible detectar por qué países circula la droga en su viaje desde el punto de origen hasta el destino final donde se consume. También es posible a veces, determinar en qué países y en qué sector de la economía se concentra el lavado de dinero procedente del narcotráfico.

Supongamos por un instante que en determinado lugar del mundo un grupo terrorista realiza un atentado con armas químicas que deja un saldo de miles de muertos. No es fantasía. El atentado de Tokyo causó sólo 12 muertos porque el sarin empleado era altamente impuro y el dispositivo de liberación era artesanal. Si se hubiera hecho un mejor trabajo, la cifra de víctimas sin duda hubiera tenido dos ceros más.

¿Y qué podría llegar a ocurrir en el caso planteado, si se comprobara que los terroristas se abastecieron en otro país, el cual no cumplió satisfactoriamente con las medidas de contralor previstas en un tratado internacional del que es miembro pleno?

miércoles, 21 de abril de 2010

Grandes problemáticas de nuestro tiempo, Parte II: Una visión general sobre las armas químicas

PALABRAS PRELIMINARES

Las armas químicas adquirieron notoriedad a raíz de su empleo por las fuerzas iraquíes, a efectos de contener el avance iraní en la guerra que ambos países libraron entre 1980 y 1988. Pero el episodio no hizo más que actualizar un problema que es más antiguo de lo que generalmente se cree. Estas líneas no son más que una introducción a un problema muy complejo y multidisciplinario, y el objetivo que nos anima es presentar material sobre este tópico de buena claridad. Para un mejor manejo de estas ideas por parte de los lectores, hemos dividido nuestro escrito en tres partes: (I) Las armas químicas a través de la historia; (II) Una visión general de los agentes químicos de guerra; (III) Evolución de los instrumentos jurídicos de desarme.

UNA VISIÓN GENERAL SOBRE LOS AGENTES QUÍMICOS DE GUERRA

Los agentes químicos de guerra pueden clasificarse de acuerdo a diferentes criterios. El más generalizado se basa en el uso y en los efectos fisiológicos. Hay tres grupos:

• Agentes letales
• Agentes incapacitantes
• Agentes irritantes

PRIMER GRUPO: AGENTES LETALES

Con las concentraciones alcanzadas en el terreno, pueden provocar incapacitación, daños severos, y aún la muerte. Se distinguen tres categorías de agentes letales: agentes de choque, agentes sanguíneos, y agentes nerviosos.

(a) AGENTES DE CHOQUE

Afectan principalmente el sistema respiratorio, pudiendo dar lugar a intoxicaciones severas, a edema pulmonar, y a muerte por asfixia. Uno de los miembros más conocidos es el fosgeno, sintetizado en 1812.

Fue empleado por primera vez el 19 diciembre 1915 por los alemanes contra fuerzas británicas, cerca de Ypres, causando entonces 120 muertes y más de 1000 afectados. Los primeros síntomas de intoxicación son: irritación ocular, irritación del tracto respiratorio, y tos. Tras un período de latencia de hasta 48 horas, aparecen signos severos como disnea, dolor de pecho, expectoración amarillenta, y cianosis. Sigue edema pulmonar y muerte. En los pacientes que han sobrevivido, quedan secuelas como bronquitis crónica y enfisema. Algunos autores señalan que el fosgeno fue responsable por el 85% de las muertes atribuídas a las armas químicas en la Primera Guerra Mundial.

(b) AGENTES SANGUÍNEOS

Estos productos inactivan un enzima llamado citocromo oxidasa, de primordial importancia en los procesos celulares de respiración. Los síntomas pueden instalarse rápidamente, y sus efectos dependen en gran medida de la concentración que alcanzan en el terreno, ya que son detoxificados naturalmente por el organismo con relativa rapidez. Desde el punto de vista militar su importancia es secundaria, debido a la extrema volatilidad. El más conocido es el cianuro de hidrógeno, empleado por los nazis para exterminio en masa en las cámaras de gas.

(c) AGENTES NERVIOSOS

También se les llama “agentes neurotóxicos” o “gases nerviosos”, pero no son gases, sino sólidos o líquidos muy volátiles; para uso militar se dispersan en forma de aerosoles.

Se trata de productos relacionados con los plaguicidas organofosforados, y son extremadamente tóxicos para los mamíferos, particularmente por vía percutánea.

La toxicidad aguda se debe a la inhibición del enzima acetil colinesterasa, responsable de la degradación del neurotransmisor acetil colina, cuya acumulación en el espacio sináptico, ocasiona la aparición de parálisis o sobre excitación, dependiendo del tipo de fibra nerviosa afectada. Los síntomas incluyen salivación excesiva, dificultad para respirar, abundante transpiración, vómitos, incontinencia, calambres y convulsiones.

El efecto más crítico es la parálisis de los músculos respiratorios y la acción sobre el centro respiratorio del sistema nervioso central. Usualmente la muerte sobreviene por parálisis respiratoria. Existen dos grandes grupos de productos: los agentes G (sarin, soman, tabún y sus derivados) y los agentes V (VX y sus derivados).

Si bien existen antídotos efectivos, su administración debe hacerse inmediatamente de instalados los primeros síntomas.

Los soldados preparados para la guerra química, disponen de jeringas conteniendo la dosis apropiada de antídoto y pueden autoinyectarse en el terreno.

Debido a diferencias en las estructuras químicas, algunos agentes bloquean irreversiblemente el enzima, tornando así muy dificultosa la recuperación.


El VX y sus derivados operan del mismo modo, pero son mucho menos volátiles, por lo cual poseen mayor persistencia en el ambiente. La muerte sobreviene pocos segundos después de manifestarse los primeros síntomas, por lo que brindan un pequeñísimo margen de acción para la aplicación de antídotos.

SEGUNDO GRUPO: AGENTES INCAPACITANTES

Estos agentes incapacitan a una persona, impidiéndole desarrollar normalmente las tareas, pero no causan la muerte, y solamente en casos excepcionales pueden ocasionar daño permanente. Por lo general poseen un alto rango de seguridad, es decir, una gran diferencia entre la dosis de incapacitación y la dosis letal. Los efectos no aparecen de inmediato. Se distinguen dos categorías: agentes incapacitantes físicos y agentes incapacitantes psíquicos.

(a) AGENTES INCAPACITANTES FÍSICOS

Causan ceguera o parálisis temporarias, vómitos y diarrea. Agentes vesicantes como el gas de mostaza o mustard así como las mostazas nitrogenadas, pueden ser considerados incapacitantes físicos, aunque su rango de seguridad es muy bajo, y en ciertas condiciones pueden fácilmente causar la muerte.

El desarrollo del mustard como agente químico de guerra, fue llevado a cabo por Fritz Haber en Alemania durante la Primera Guerra Mundial, y se empleó por primera vez en la noche del 12 de julio de 1917, cerca de Ypres, contra fuerzas británicas, las cuales, en los siguientes tres meses tuvieron más de 14000 afectados.

El mustard ha sido llamado "rey de los gases de guerra"; el 10% de los afectados por este producto en la Primera Guerra Mundial tuvieron consecuencias fatales, y aún hoy es considerado un agente de guerra peligroso y temible.

El mustard afecta ojos y pulmones, pero particularmente la piel, provocando ampollas muy dolorosas y difíciles de cicatrizar. Algunos síntomas comienzan a manifestarse varias varias horas después del contacto. El mustard se combina químicamente con las proteínas y con los ácidos nucleicos de la piel, interfiriendo en los procesos normales de reproducción celular.

Irak empleó mustard para contener una ofensiva de Irán en 1986, y a causa de ello, miles de soldados iraníes, no preparados para la guerra química, resultaron con gravísimas lesiones, fundamentalmente quemaduras. Varias decenas de los sobrevivientes fueron atendidos en hospitales europeos. El tratamiento fue exitoso y pudieron retornar a la vida normal, pero con terribles cicatrices y pronóstico reservado en el largo plazo. El costo del tratamiento era tan elevado, en términos humanos y materiales, que claramente estaba fuera de las posibildades de los países beligerantes.

(b) AGENTES INCAPACITANTES PSÍQUICOS

Estos productos afectan el estado mental de una persona. Sustancias de origen natural con propiedades alucinógenas como el LSD y la mescalina, pertenecen a esta categoría.

Uno de los productos más extensamente estudiados y que fue preparado como munición química, es el BZ, entre cuyos efectos pueden mencionarse: taquicardia, disminución de la actividad física y mental, alucinaciones, y disminución de la temperatura corporal. Los síntomas no aparecen de inmediato, y pueden durar desde pocas horas hasta varios días.

TERCER GRUPO: AGENTES IRRITANTES

Al igual que los incapacitantes, estos agentes poseen un amplio rango de seguridad, pero con efectos que se instalan de inmediato, y que desaparecen rápidamente cuando cesa la exposición a los mismos. Usualmente se les divide en dos categorías: (a) agentes lacrimógenos y (b) agentes vomitivos.

(a) AGENTES LACRIMÓGENOS

Estos productos no son considerados como armas químicas, ya que no provocan la muerte ni daños permanentes, sino sólo incapacitación temporaria, debido a irritación ocular y de las mucosas. Su valor militar es escaso porque pueden emplearse medidas de protección sencillas y eficaces. Las fuerzas policiales los utilizan para control de disturbios, y suelen ser empleados también con fines de entrenamiento militar. Entre los más conocidos se encuentran el CN y el CS. Un producto de este tipo fue empleado por primera vez para control de disturbios en Paris en 1912. Los efectos son inmediatos, duran varios minutos, y cesan cuando cesa la acción del agente, sin dejar secuelas. No obstante, empleados en ambientes cerrados, pueden ocasionar serios problemas y aún la muerte.

(b) AGENTES VOMITIVOS

Estos productos irritan las mucosas y provocan tos y vómitos.

Uno de los más conocidos es el adamsite, que además causa dolores de pecho y náuseas.

El malestar se instala en 1 a 2 minutos y puede durar de 30 minutos a 12 horas.

miércoles, 14 de abril de 2010

Grandes problemáticas de nuestro tiempo, Parte I: Las armas químicas a través de la historia

INTRODUCCIÓN

Las armas químicas adquirieron notoriedad reciente a raíz de su empleo por las fuerzas iraquíes para contener una ofensiva iraní en la guerra que ambos países libraron entre 1980 y 1988. Pero este episodio no hizo más que actualizar un problema que es más antiguo de lo que generalmente se cree.

Estas líneas no son más que una breve introducción y un recordatorio de un problema sumamente complejo y por cierto multidisciplinario. El objetivo que pretendemos alcanzar y que nos anima, es el de generar un material que sea accesible y extremadamente claro para el común de la gente.

Por razones de tipo práctico, dividiremos nuestras reflexiones en tres partes: (I) Las armas químicas a través de la historia; (II) Una visión general de los agentes químicos de guerra; y (III) Evolución de los instrumentos jurídicos de desarme.


LAS ARMAS QUÍMICAS A TRAVÉS DE LA HISTORIA, UNA VISIÓN GENERAL

Ya en el año 600 a.C., el legislador de Atenas Solón, ordenó contaminar las aguas del río Pleistenes, para provocar violentas diarreas a los defensores de Kirrha y forzar así su rendición. Durante la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), los espartanos emplearon productos arsenicales y dióxido de azufre en el sitio de Platea.

Dentro del mismo esquema de armas no convencionales, puede inscribirse la victoria naval de Aníbal en la batalla de Eurymedón sobre el rey Eumenes de Pergamon, donde se lanzó sobre los navíos recipientes de arcilla conteniendo serpientes venenosas.

También los romanos deben figurar en esta breve enumeración, ya que en el 187 a.C., sus efectivos fueron rechazados por humos tóxicos dispersados por los habitantes de la sitiada ciudad de Ambrasia y, a su vez, las legiones romanas emplearon humos tóxicos en España en el siglo I a.C., ocasionando al enemigo ceguera y problemas pulmonares.

Mucho tiempo después, en 673 d.C., los griegos de Bizancio emplearon el "fuego griego" en el sitio de Constantinopla. Se dice que fue inventado por Calinicus (o Calínico) de Heliópolis, que constituye el antecesor del lanzallamas; este medio permaneció en uso hasta el siglo XVI.

Y ya en la Edad Media los episodios se repiten. En 1155 el káiser Federico Barbarrosa conquistó la ciudad de Tortona (Italia), envenenando el suministro de agua de la misma. La ciudad de Acre fue destruida con "fuego griego" en 1289. Y hacia mediados del siglo XVII, fueron manufacturadas bombas incendiarias siguiendo diseños de Leonardo da Vinci, Gottfried Leibnitz, y Johann Rudolf Glauber.

En 1672 el obispo de Münster empleó productos arsenicales contra la ciudad de Gröningen, y en 1701 Carlos XII de Suecia utilizó una cortina de humo especialmente manufacturada ("niebla artificial"), para forzar el cruce del río Duma contra los rusos.

Por su parte Napoleón Bonaparte intentó provocar fiebre en los habitantes de Mantua durante su campaña italiana, a fines del siglo XVIII.

En 1812, el capitán británico Thomas Cochrane concibió la idea de emplear armas químicas en la Guerra Napoleónica, pero un comité encabezado por el duque de York la desechó por considerarla excesivamente novedosa. Sin embargo, el mismo Cochrane en 1846, presentó una nueva idea que involucraba el uso de recipientes conteniendo productos arsenicales mezclados con un líquido autoinflamable, pero el comité, encabezado ahora por el duque de Wellington, nuevamente se pronunció en forma negativa, esta vez porque "no estaba de acuerdo con los sentimientos y principios de la guerra civilizada".

Hacia 1822 fue sintetizado lo que podría denominarse primer arma química moderna: el "gas de mostaza". Se trataba de un agente vesicante cuya aplicación con fines bélicos se apreció de inmediato, pero la tecnología de la época no permitió producir ni almacenar el producto con mínimas condiciones de seguridad, en las cantidades requeridas para la acción militar.

Por otra parte, en la época desde hacía tiempo se sabía que gases como el cloro, el dióxido de azufre, y el cianuro de hidrógeno, perfectamente podrían ser empleados con fines bélicos, aunque en ese entonces existían limitaciones tecnológicas para su producción y almacenamiento, en gran escala y en condiciones adecuadas de seguriudad.

En agosto de 1914 y durante la Primera Guerra Mundial, tropas francesas utilizaron sulfato de orto-dianisidina, un agente lacrimógeno, contra efectivos alemanes. Los resultados no fueron significativos, pero los alemanes tomaron nota del hecho, y el 22 de abril de 1915, desencadenaron la primera ofensica en gran escala con armas químicas. En dicha oportunidad fuerzas alemanas liberaron sobre posiciones aliadas en la localidad belga de Ypres, más de 150 toneladas de cloro, con resultados devastadores.

Desde entonces, varios agentes químicos fueron usados ampliamente durante todo el conflicto y, únicamente como consecuencia de los efectos agudos de esos productos, la Primera Guerra Mundial cobró más de 100.000 vidas, y dejó más de un millón de afectados, cuyas secuelas se prolongaron por años.

Las crisis que precedieron al estallido de la Segunda Guerra Mundial, presenciaron el empleo de agentes químicos contra poblaciones civiles desprotegidas en Extremo Oriente y en Abisinia.

En la década de 1930, el conglomerado alemán IG Farbenindustrie, realizaba investigaciones en busca de nuevos insecticidas. Un grupo de químicos encabezados por Gerhard Schrader, centró su atención en unos compuestos organofosforados que parecían promisorios, pero sin embargo, su elevadísima toxicidad, no hacía posible el empleo como insecticidas. Así nació el primer “gas nervioso”, el tabún, en 1937.


Luego siguieron el sarín, así como el somán y sus derivados. Las autoridades nazis de la época inmediatamente apreciaron sus aplicaciones militares, y se construyó una planta piloto en Münster-Lager, y luego otra de gran capacidad en Dühernfurt o Dyhernfurth (actualmente Brzeg Dolny), cerca de Breslau (ahora territorio polaco).

Los nazis tuvieron el monopolio de los gases nerviosos durante la Segunda Guerra Mundial, pero nunca los emplearon, al parecer porque no estaban en condiciones de implementar medidas defensivas adecuadas, frente a una eventual réplica aliada.

Los nazis estimaban, erróneamente, que los aliados poseían capacidad de respuesta química, pero las investigaciones, si bien existían, aún no permitían alcanzar el punto de concreción.


En la década de 1950 se desarrolló el VX y las armas binarias, más seguras de almacenar, y que permitían eludir las cláusulas del Protocolo de Ginebra, único instrumento jurídico disponible por entonces.

Los agentes neurotóxicos fueron utilizados en muy raras ocasiones, entre las que pueden mencionarse, el empleo de tabún por parte del gobierno de Irak contra la población kurda del propio país, y los atentados terroristas con sarín perpetrados en Matsumoto y Tokyo en 1994 y 1995 respectivamente.


Durante la Guerra Fría fue denunciado el empleo de agentes químicos en diversas partes de Asia tales como Yemen, Vietnam, Laos, Camboya, y Afganistán. La Primera Guerra del Golfo (1980-1988) sólo fue la última expresión de un fenómeno que comenzó hace 2600 años.